Autor: Sergio Madrigal

  • El Daño Inevitable

    El Daño Inevitable

    Suele suceder que muchas veces, cuando nos enfrentamos ante una situación en la que alguien ha sido dañado emocionalmente, ya seamos nosotros mismos o alguien de nuestro entorno, repetimos alguna frase al estilo de “esto se podría haber evitado si…” “si las cosas hubieran sido de otra manera…”

    Tengo la sensación de que en nuestra búsqueda incansable de encontrar respuesta a todas las preguntas que la vida nos pone por delante tratamos de racionalizar las emociones. Y esto vendría a ser como intentar resolver la cuadratura del círculo con una rama de naranjo.

    Cuando involucramos emociones, sentimientos, en nuestras relaciones personales (lo cual, nos guste más o menos, sucede aproximadamente en el 100% de los casos), éstas tarde o temprano se escaparán a nuestro control racional.

    “No te preocupes, que yo sé lo que estoy haciendo”

    “A mí eso no me va a pasar”

    “Tengo claro lo que siento”

    Todo son frases que buscan convencernos de que mantenemos nuestra cuota de control racional sobre un ente tan sumamente ingobernable como son los sentimientos.

    Así, cuando la verdadera y poderosa fuerza emocional se desata y la amígdala pasa a tomar el control total de nuestro cuerpo, nuestra capacidad de raciocinio se reduce al mínimo.

    Es entonces cuando, inevitablemente, sufrimos. Y ese daño emocional, analizándolo con la medida calma del que observa desde fuera, es un daño inevitable. En cada una de las situaciones emocionales que a día de hoy os rodean. En todas aquellas relaciones donde hay sentimientos involucrados. Allí donde lo que llamamos “el corazón” tiene su cuota de responsabilidad en la interacción. Allí está el riesgo de salir dañado.

    Tenemos, pues, como seres humanos racionales, el deber y la necesidad de asumir el rol que los sentimientos juegan en nuestra vida, de reconocer que nos agrade más o menos (probablemente menos que más) en algún momento u otro resultaremos dañados y, por último, lo más importante, de aprender con cada fracaso, con cada desengaño, con cada error, a lidiar con el dolor que trae consigo. Aceptarlo como parte de nosotros. Terminar incluso amándolo.

    El daño no es más que otra muestra más de nuestra increíble capacidad de sentir emociones.

  • Crítica: Nightcrawler

    Crítica: Nightcrawler

    He de reconocer que me he hecho con el tiempo un auténtico fan de Jake Gyllenhaal. Culpa de ello tienen en su mayor parte tres películas: Zodiac y Prisioneros y, en menor medida, El Príncipe de Persia.

    No es que sea el mejor actor de la historia pero ese tipo tiene algo en la mirada, algo en el gesto, que me genera intranquilidad.

    Esta semana, tras venir recomendada por varios amigos, terminé por ver Nightcrawler, en la que Dan Gilroy se estrenaba como director y he de reconocer que la acabé con una sensación muy positiva.

    Apostando todo el peso de la narración sobre los hombros de un Gyllenhaal que brinda una de las mejores interpretaciones que le recuerdo, Nightcrawler es la historia de Lou Bloom, un ser un tanto extraño que malvive robando metal. Ocupa su tiempo libre navegando por internet y aprendiendo todo lo que la red le permite. Un buen día, por casualidad, es testigo de un accidente y observa como un reportero independiente toma unas imágenes del siniestro. A partir de ahí, la maquinaria de su cabeza se pone a funcionar.

    En realidad la película gira entorno a una interpretación de ese ideal americano, del hacerse a uno mismo y convertirse en dueño de su destino. Pero se aproxima desde un ángulo distinto, desde el que enfatiza que en el camino del éxito se produce, en algunos casos, un distanciamiento total de la condición humana. Todo vale si con ello alcanzamos nuestros objetivos. El fin por encima de todo.

    La historia es capaz de cautivarte y mantenerte pendiente, con una segunda parte que va ganando fuerza hasta que llega un final que te deja con la necesidad de reflexionar sobre lo que has visto.

    Nota: 7/10

  • Reseña: El Camino – Miguel Delibes

    Reseña: El Camino – Miguel Delibes

    Cuando consigues hacer de lo cotidiano una historia digna de ser relatada es, sin albergar ningún género de dudas, porque estás enamorado de lo que haces.

    El Camino de Miguel Delibes es sencilla y llanamente una historia de amor.

    Pero cuidado, nada de amor adolescente prefabricado y adornado con mundos imposibles.

    El Camino es una historia de amor a todas las cosas. A las pequeñas y nimias y a las grandiosas y eternas: a la vida, a los pájaros, a los vecinos cotillas, a los grandes amigos, a los amores incipientes y, también, por qué no, a la muerte.

    Daniel, el Mochuelo, es un jovencito de once años que en unas horas partirá hacia la gran ciudad a progresar porque su padre, el Quesero, quiere que estudie y se haga un hombre de provecho. Durante la noche previa a su marcha, Daniel rememora sus experiencias en su pequeño pueblo al lado de sus amigos, Roque, el Moñigo y Germán, el Tiñoso.

    Es una novela capaz de emocionarte en distintas direcciones, moviéndote entre la más grande de las carcajadas y la más contenida de las emociones. Viéndote reflejado en alguna de sus múltiples anécdotas. Percibiendo los olores de épocas pasadas y trasladándote a momentos en tu vida en el que las cosas que hoy son importante ni siquiera existían.

    Una gozada de principio a fin en la que Miguel Delibes ejecuta con precisión quirúrgica un acceso directo a los recuerdos y a las emociones con una maestría lingüística que no recordaba.

    Una oda a lo cotidiano, al contacto con la naturaleza, al calor de los más cercanos, al olor a amaneceres con el arrullo de los pájaros de fondo. Una novela que es un poema cantado a la vida y que te recuerda que las grandes cosas, las que de verdad importan, las tenemos todos los días al alcance de la mano.

    Nota 9/10

  • Crítica: Jupiter Ascending

    Crítica: Jupiter Ascending

    Para empezar un mensaje directo a los «traductores» de la película: habría sido una idea genial no tocar el nombre. «El destino de Júpiter» hace que pierda todo el sentido el título.

    Bien, vamos a la faena.

    La película es mala.

    Podría terminar la crítica con esta frase y habría conseguido condensar en 4 palabras la serie de catastróficas circunstancias que hacen de la nueva cinta de los hermanos Wachowski una experiencia prescindible.

    Viniendo dirigida por alguien en cuyo haber tenemos películas de la talla de V de Vendetta, El Atlas de las nubes o la trilogía de Matrix, entré al cine con esperanza. Asumía que no iba a olerle ni la suela de los zapatos a Interstellar (de temática supuestamente similar) pero albergaba la ilusión de que se tratase de una historia atrayente y, en definitiva, divertida.

    Empezamos mal si el peso de la historia recae sobre los hombros de una insípida Mila Kunis que es incapaz de despertar ningún tipo de emoción durante las más de dos horas de metraje y en un Channing Tatum que bueno, es Channing Tatum pero con perilla tintada de rubio: un despropósito.

    No digo ya nada del oscarizado Edward Redmayne, que todo lo que parece tener de buen intérprete lo gastó en La Teoría del todo: su papel aquí roza el ridículo más espantoso.

    El argumento lo destripa prácticamente el trailer: estamos en una Tierra actual en la que Mila Kunis sobrevive limpiando lavabos y se da la casualidad de que es alguien de suma importancia para una lucha de fuerzas de una dinastía de poderosos nobles que rigen los designios de un universo tan vasto como desconocido para los terrícolas.

    En sí el fondo que subyace a la historia resulta tremendamente atractivo y con una dirección más adecuada (y un guión en condiciones) podríamos estar hablando del inicio de una nueva franquicia de cine de ciencia ficción.

    Me imagino que a los Wachowski les surgiría un dilema parecido cuando estaban trabajando en el guión: ¿Qué hacer para que con una idea tan estupenda el resultado guste a todos?

    Intuyo que Andy le diría a Lana: ¿Ey Lana, y si metemos una historia de amor a lo teenage movies? Ahora lo de los Juegos del Hambre lo está petando y ya sabes lo fan que soy de Edward el de Crepúsculo.

    Lana iría más allá y le diría: «Genial Andy, pero añadamos un poco del rollo este de Matrix que tanto nos funcionó: vivimos en un mundo engañados y servimos como ganado».

    Suena surrealista pero no es nada comparado con la cantidad de referencias a otras películas que uno puede encontrar mezcladas y desordenadas en Jupiter Ascending. Hasta la banda sonora recuerda en momentos a la maravillosa Asato Ma Sadmagaya

    En definitiva que uno sale del cine mareado entre la confusión de no saber muy bien qué película ha visto y el estupor de constatar las incapacidades interpretativas de los protagonistas de esta poca afortunada vuelta de los hermanos Wachowski al celuloide.

    Poco recomendable

    Nota: 4/10

  • El salto para la historia

    El salto para la historia

    Hoy muchos telediarios y la gran mayoría de prensa deportiva cambiarán el foco constante que tienen sobre el fútbol español. Anoche, o más bien esta madrugada, en Nueva York se produjo un hecho histórico no sólo para el baloncesto español, que ya es decir, sino también para la propia NBA, lo que son palabras mayores.

    Esta madrugada dos hermanos por primera vez llegaban a jugar el All Star Game: el partido de las estrellas de la mejor liga de baloncesto del mundo.

    Un hecho sin precedentes.

    Esto supone un reconocimiento a nivel internacional de dos de las carreras más brillantes que nuestro deporte patrio ha dado.

    Pau Gasol fue el primero en aterrizar, siguiendo los pasos del ya mítico Fernando Martín,  y años más tarde le tocó el turno a su hermano.

    Ambos llevan ya años militando en la liga más competitiva del mundo y haciéndolo a un grandísimo nivel.

    Son un claro ejemplo de que los límites nos los marcamos nosotros. Seguramente ellos soñaron un día en jugar en la mejor liga del mundo, anoche los dos saltaron más alto de lo que jamás nadie había hecho. Anoche tocaron el cielo.

  • Propósitos para 2015

    Propósitos para 2015

    Tratar de resumir en unas pocas líneas un año de la intensidad de este 2014 se me antoja una empresa tan compleja como inútil: al fin y al cabo esto que aquí escribo son sólo palabras y si por algo habría de recordar este año que se escurre en estos últimos días de Diciembre es por las emociones.

    Dejo pues que sea la memoria, optimista y selectiva, la que atesore estos momentos.

    Sí que me gustaría, a modo de resumen, recordar lo que me propuse hace ya un año para este 2014, analizar con la perspectiva necesaria si puedo catalogar este año como un buen año y así mirar con la óptica correcta lo que espero del 2015.

    •  Decisión.
      • Sin lugar a dudas podría decir que este ha sido mi gran logro para este 2014. A pesar de todo, de lo bueno y de lo menos bueno, este año he trabajado mucho y muy duro esa indecisión congénita que me venía marcando durante años y he logrado tomar decisiones: algunas de gran importancia y otras triviales, pero en todos los casos, decisiones.
    • Reflexión
      • Otro año se me escapa sin haber conseguido alcanzar un punto de inflexión en cuanto a la dura y compleja tarea de meditar. Resulta paradójico que algo que a priori parece tan sencillo y requiera tan poco nos cueste tanto hacer
    • Cuerpo
      • Y sin embargo si he tenido el compromiso necesario para permanecer fiel al gimnasio, y tal vez incluso más que el pasado 2013, mantienéndome en forma aún a pesar del esguince en Verano.

    Así que analizando un poco en retrospectiva, los objetivos que me propuse en 2014, aunque ambiguos, han ido en líneas generales bastante bien.

    ¿Qué espero para este 2015?

    Si algo me ha enseñado este último año es que tratar de prever lo que te va a suceder es tan vano como dejar que sean la suerte y el tiempo los que gobiernen tu vida. Al final lo que de verdad suele funcionar es tener claro quién quieres ser, disponer de una idea nítida de cuál es tu imagen final y, sencillamente, ponerse a caminar hacia allí. Algunos días caminarás más trozo, otros menos, y algunos incluso te perderás y darás vueltas. Lo importante es no dejar de caminar ni perderse demasiado.

    Así que  mi objetivo global para este 2015 es sencillamente disfrutar del camino: de lo que está por venir, bueno y no tan bueno, de las personas que comenzarán a acompañarme y de las que decidirán dejar de hacerlo, de los momentos que mi memoria decida grabar para el recuerdo. Aprender de los fracasos, que los habrá, y compartir los éxitos y la felicidad con aquellos que quieran compartirlos conmigo.

    Tal vez el sentido de la vida no sea más que ese.

    Y para que el Sergio de finales de 2015 pueda volver aquí y reírse a gusto de aquello que pensé que podría hacer durante todo un año, aquí van mis 10 objetivos:

    1. Sacarme el curso de la Universidad limpio.
    2. Obtener el CCDA y el CCDP (Esto ya lo dije para 2013, imagina…)
    3. Escribir un post al día.
    4. Leer 30 libros.
    5. Meditar 1 vez al día
    6. Obtener el Practitioner de PRINCE2
    7. Practicar piano al menos 3 veces por semana.
    8. Aprender a dibujar
    9. Dar forma a los tres proyectos que rondan mi cabecita loca.
    10. Plantar una flor, que florezca y se mantenga radiante.

    Lo más importante eso sí, para el final: Os deseo lo mejor para este 2015 y que los éxitos y los fracasos, las buenas y las malas noticias, sean ingredientes todos de un único plato: El de vuestra felicidad. 

  • Top 10 Libros leídos en 2014

    Top 10 Libros leídos en 2014

    Al igual que hice hace unos días con la lista de las que considero han sido las mejores películas estrenadas en 2014, es ahora el turno para los libros que he conseguido leer este año. Aunque me he quedado lejos de la cifra que en su momento me propuse como reto, 2014 tampoco ha sido un mal año en cuanto a lectura se refiere aún a pesar de las circunstancias.

    Estos son los diez mejores libros que me he leído este 2014.

    1. Robots e Imperio (Isaac Asimov), último de los libros de una saga que enlaza de una forma sublime con la otra gran serie de Asimov: La Fundación. Broche perfecto a las aventuras de Elijah Bailey y R. Daneel Olivaw junto con R. Giskard Reventlov. Personajes llenos de carisma, emocionantes aventuras en un entorno futurista cuidado hasta el más mínimo detalle. Toda una auténtica gozada. [ Reseña ] [ Comprar ]
    2. Flores para Algernón  (Daniel Keyes), pese a que muchos encuadran este libro en el género de la ciencia ficción para mi es mucho más un ensayo psicológico encubierto. Increíble forma de contar la historia del ratón Algernón y de Charlie Gordon y como la ciencia los une hasta las últimas consecuencias. Un verdadero viaje a las emociones y el intelecto con un final acorde a la aventura y a las expectativas y con un estilo de narración único. [ Reseña ] [ Comprar ]
    3. Los robots del amanecer (Isaac Asimov), tercer libro de la saga de los robots en el que Asimov comienza a preparar el terreno hacia el impresionante final de Robots e Imperio. Además de eso presenta una intrigante historia en la que los asesinatos, las traiciones y la intriga por el control de un espacio en expansión son el núcleo del argumento. [ Reseña ] [ Comprar ]
    4. 2001: Una odisea en el espacio (Arthur C. Clarke). Tras ver Interstellar me obligué a ver la película de Kubrick 2001: Una odisea en el espacio. He de reconocer que la película no me gustó nada y, tal vez por ese mal sabor de boca, decidí leerme la novela homónima que, según he leído, la escribió Clarke simultáneamente a la película. Nada que ver. Noche y día. Ciencia ficción en estado puro de la que disfrutas de verdad. [ Comprar ]
    5. Hyperion (Dan Simmons). Más ciencia ficción. Parece que este año los grandes ganadores en mi lista han sido todos de este género. Con Hyperion disfruté de una lectura organizada en relatos cortos, diferentes cada uno, aunque relacionados todos con el misterioso planeta Hyperion. Esa estructura le permite a Simmons plantear historias completamente distintas, con fondos diversos y que van desde la religión hasta la física de los viajes interestelares. [ Reseña ] [ Comprar ]
    6. Inteligencia Emocional (Daniel Goleman). Tal vez fue por el momento personal en el que me lo leí pero con Inteligencia Emocional tengo una relación especial. Disfruté muchísimo de su lectura hasta el punto de que era capaz de abstraerme de todo una vez que me sumergía en sus páginas. Quizá su lectura propició que tomase la decisión de volver a empezar a estudiar. [ Comprar ]
    7. La Ladrona de Libros (Markus Zusak). No hace falta hablar mucho de este estupendo libro que me leí a principios de año. Los que no lo hayan leído seguramente habrán visto la película. Una forma diferente de abordar el drama de la 2ª Guerra Mundial y el Holocausto nazi, con una óptica similar a La Vida es Bella pero desde una perspectiva opuesta. [ Reseña ] [ Comprar ]
    8. Ramsés, hijo de la Luz (Christian Jacq). Primero de los libros de la serie de Jacq sobre el gran faraón egipcio Ramsés III. Interesante visión sobre los momentos previos a su elección como heredero de su padre Seti, de las intrigas por arrebatarle el poder, de su paso por la adolescencia y su posterior maduración hacia una edad adulta compleja y llena de peligros. [ Reseña ] [ Comprar ]
    9. Un dulce sabor a muerte (Ellis Peters). Sin ser un libro extraordinario cumple con creces el objetivo de entretener. Me recuerda, salvando mucho las distancias, a El Nombre de la Rosa de Umberto Eco. Lectura ligera, divertida, fresca y atrapante. [ Comprar ]
    10. El Teorema Katherine (John Green). Si con Bajo la misma Estrella Green fue capaz de sacarme las lágrimas, con el Teorema Katherine ha sido capaz de arrancarme algunas sonrisas. Lejos, sin embargo del primero, con éste puedes pasar un rato entretenido. [ Comprar ]
  • Top 10 películas estrenadas en 2014

    Top 10 películas estrenadas en 2014

    El final de este 2014 se acerca peligrosamente y, como viene siendo habitual, va siendo hora de recapitular un poco qué nos ha dado este año.

    Por lo que respecta al cine, desde mi punto de vista, este año ha sido el de las sorpresas (algunas más que otras) y el de algunos descubrimientos notables.

    No lo alargo más, aquí tenéis las que para mí han sido las mejores películas estrenadas en 2014:

    1. Interstellar (Christopher Nolan). Poner en duda a estas alturas de que la considero la mejor película de este año y en seria disputa del trono eterno del celuloide no tiene mucho sentido. Ha sido la puesta en escena de proporciones inconmensurables de la ciencia y la ficción. Un punto y aparte en el imaginario del cinéfilo amante del espacio. Una obra que perdurará en mi memoria.
    2. La Isla Mínima (Alberto Rodríguez). La sorpresa más grande y sobretodo más grata. Cine español. Pero cine del buenísimo. Del de agarrarse a la butaca y tragar saliva mientras disfrutas de un metraje pluscuamperfecto. Actuaciones a la altura de una realización inimaginable hace unos años de manos de un conciudadano.
    3. Los Guardianes de la Galaxia (James Gunn). Vuelta al cine de aventuras de verdad, en el que la socarronería se mezcla con la acción y los personajes, todos y cada uno de ellos, derrochan un carisma que no les ha sido otorgado por nombre ni por herencia: lo son por ellos mismos. El inicio (espero) de una saga que nos ofrezca cine de superhéroes de calidad.
    4. El Lobo del Wall Street (Martin Scorsese). Hablar de Di Caprio a estas alturas es hablar de cine de muchísima calidad. Junto con Scorsese nos muestra la cara oculta del éxito de una forma tan desinhibida y cruda que las 3 horas que dura la película casi ni se notan.
    5. The Equalizer (Antoine Fuqua). Cuando uno pensaba que el cine de acción puro se había perdido, más si cabe viendo truños del tamaño de Los Mercenarios 3, va y le vuelven a dar la oportunidad a Denzel Washington para comerse la pantalla. Y vaya que si lo hace. Cine de palomitas del de antes. Impagable.
    6. Boyhood (Richard Linklater). Tal vez, lo comentaba hace unos días con un amigo, la película se esconde detrás del escudo del extraordinario hecho de rodarla durante 14 años. Tal vez esa sea la maravillosa clave de esta historia que, sin llegar a contar nada más que un relato común, consigue adentrarse en el siempre complejo mundo de las emociones para con soltura mostrarnos la vida, tal y como es.
    7. Maléfica (Robert Stromberg). Cuando los años pasan (y no pasan en balde), los cuentos de hadas pasan a ser menos cuentos y llegas a pensar que te hubiera gustado que te contaran otras historias. Maléfica consigue mostrarnos el mismo cuento de hadas, pero desde el punto de vista diametralmente opuesto. Bellísima factura, genial interpretación de una radiante Angelina Jolie y un dulce sabor final  
    8. Begin Again (John Carney). Cuando mezclas música indie con una historia de amor y la redondeas con un final que no es la típica americanada de pétalos de rosas entonces tienes una buena película. Si encima la protagoniza Keira Knightley, no le puedes pedir mucho más.
    9. Al filo del mañana (Doug Liman). Tom Cruise me despista. Igual te hace un truño infumable como que te saca algo como Al Filo del Mañana. Ésta última tiene todos los ingredientes para ser una buena película y, además, lo es. Acción y ciencia ficción a partes iguales en estos viajes sin cesar en el tiempo.
    10. Gone Girl (David Fincher). Tal vez por el cierto desencanto que supuso que no colmase las expectativas que había puesto en ella viniendo de Fincher no está más arriba en esta lista. Sin lugar a dudas un atrapante thriller con una interpretación genial de Rosamund Pike que, sin embargo, se diluye en una trama que nunca termina de cerrarse y en la que siempre estás esperando un final que te destroce los sesos y que nunca llega.

    Mencion Especial

    Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro). Genialidad española a la española. Con un Dani Rovira sorprendentemente bueno y con una historia desternillante.

    Bajo la misma estrella (Josh Boone). Tal vez me gustan demasiado los melodramas, pero esta adaptación del libro homónimo de John Green me pareció una pequeña joyita que atesorar.

    Sé que me dejo en el tintero cintas de la talla de La Ladrona de Libros, Her, etc., pero creo que con estas 10+2 hago justicia a lo que considero ha sido lo mejor que he podido ver sentado en una butaca este 2014.

    Y el 2015 pinta todavía mejor.

  • El arte de hacer las cosas despacio

    El arte de hacer las cosas despacio

    De un tiempo a esta parte estoy intentando, que no significa que esté logrando siempre, aplicar una especie de principio: hacer las cosas despacio.

    En un mundo en el que nos movemos frenéticamente con la multitarea como abanderada (por error) de la productividad personal, he descubierto en el placer de hacer las cosas con calma, con la medida paciencia que nos permita saborear el momento y disfrutar ya no sólo de los resultados sino del camino que lleva a ellos, una nueva forma de vida.

    Imagina por un momento aquello que estás haciendo: estudiando, trabajando, incluso viendo la tele. Analiza (y se honesto) cuánta atención estás poniendo en la tarea que realizas, cuánto cuidado y dedicación le estás dando, y cuántas tareas más estás haciendo “simultáneamente”.

    Y pongo esa palabra entre comillas porque tienes que asumir algo: no podemos mantener el foco en dos cosas a la vez. No digo los hombres, que os veo venir guapas, digo en general, el ser humano.

    Nuestro cerebro puede hacer simultáneamente muchísimas cosas: respira, el corazón bombea, el estómago digiere, los sentidos envían la información exterior a nuestro cerebro, el cerebro procesa todo esto… Pero conscientemente sólo podemos poner atención a una.

    El falso concepto de la multitarea

    Así que cuando alguien te dice que le encanta la multitarea y que se siente super productivo cada vez que se sumerge en hacer 4 o 5 cosas a la vez, habrías de ser buena persona y enseñarle dos importantes lecciones: no hace ninguna de esas cosas a la vez y es altamente probable que el resultado de ellas sea mucho peor (en términos de eficiencia) que si las hiciera por separado, cuidadosamente y con mimo.

    El cerebro requiere de un tiempo para enfocarse, como si de una lente de una cámara fotográfica se tratase. Cada vez que conmutamos de tarea obligamos al cerebro a realizar este enfoque con el consumo de tiempo y de recursos que esto conlleva.

    Haz una cosa, hazla despacio, disfrútala.

    Muchas veces me he visto en medio de la vorágine de la multitarea y en algunos casos he intentado encontrar el motivo. Además de la ya conocida percepción de que estamos haciendo más que si nos dedicásemos a una sola tarea, hay otro elemento importante: no disfrutamos de la tarea y por eso conmutamos constantemente, buscando en el resto de las tareas una forma de liberación del estrés que genera la tarea desagradable.

    Tal vez la perspectiva con la que afrontamos las actividades sea la que no es correcta y un pequeño cambio en la óptica a la hora de ponernos manos a la obra pueda suponer un cambio sustancial.

    Así que en esas ando: cada tarea que tengo que realizar comienza con un proceso de eliminación de cualquier tipo de distractor, una evaluación de aquellas cosas que me gustan de la tarea y de por qué voy a disfrutar haciéndola y, durante el tiempo que la estoy realizando, un estado de sensación de inmersión total en ella: somos la tarea y yo y el resto del mundo ha dejado de existir.

    Ya digo que no siempre funciona, pero puedes probar con cosas tan simples como comer. Yo como a una velocidad que pone en entredicho la Teoría de la Relatividad de Einstein, pero estoy empezando a intentar saborear cada bocado, de verdad, intentando descubrir sabores, texturas…

    En definitiva se trata sencillamente de sentir el momento presente como el que de verdad importa, aprender a disfrutarlo sin pensar en nada más y dejar el futuro para cuando llegue.

  • La importancia de los títulos universitarios

    La importancia de los títulos universitarios

    Hace ya un tiempo vengo escuchando en diversos ambientes una especie de sonido de fondo en el que veladamente, nunca directamente, se menosprecia el valor de un título universitario.

    Curiosamente ese menosprecio viene, en la mayoría de los casos, desde la tribuna de aquellos que no disponen de ningún tipo de título.

    Los que me conocen bien saben que no soy de los que defienden el valor de un papel en el que se dice que sabes hacer algo frente a la experiencia de haberlo hecho. Soy un ferviente defensor del empirismo laboral: el que sabe realmente cómo funcionan las cosas es aquel que ha tenido que lidiar con la realidad de las mismas y la problemática que las rodea y esto muchas veces no aparece escrito en los libros teóricos.

    No busco por tanto entrar en el debate del enfrentamiento directo entre el nivel de estudios y la experiencia, aunque sí que diré que, como todo en esta vida, la perfección se alcanza con el equilibrio: un buen nivel de estudios y una buena experiencia.

    Pero volviendo al tema que nos atañe hoy, cuando leo o escucho esos ataques encubiertos contra los títulos trato de contenerme, pero una carrera universitaria es harina de otro costal. Una carrera universtaria para empezar implica un elemento crítico que aquellos empeñados en devaluarla obvian (mal)intencionadamente: el increíble sacrificio que lleva obtenerla.

    Sacar adelante un proyecto como una Ingeniería, una Licenciatura o una Diplomatura es algo que acarrea horas y horas de concienzudo trabajo y esfuerzo. Y no sólo eso. Además del esfuerzo se requieren una serie de habilidades fundamentales en la futura vida laboral: capacidad de síntesis, desarrollo de soluciones a problemas, planteamiento de alternativas, etc., sumado a conocimientos fundamentales de los que mucho de esos «críticos» carecen.

    Todo esto lo proporciona una carrera universitaria. Y a partir de ahí, todo lo demás: la de Matemáticas, la de Física o la de Química, las herramientas para cambiar cómo comprendemos el mundo, las Ingenierías, la capacidad de reinventar la rueda, de hacer realidad los sueños de miles de bombillas esperando a encenders; las ciencias sociales, la economía, la psicología, el conocimiento acerca del comportamiento del ser humano y de aquello que le rodea para predecir y prever futuras situaciones y actuar ante ellas y, por supuesto, las ciencias naturales, la biología y la medicina, para entender de qué estamos hechos como especie, para arreglarnos e incluso mejorarnos.

    Así que no, para triunfar en esta vida y ser un buen profesional, no hace falta tener un título universitario. Pero el poseedor del mismo no tiene un trozo de papel sin más. Tiene el resultado de años de sudor y duro esfuerzo y la prueba física de que tiene las capacidades y los conocimientos básicos para convertirse en un gran profesional de su sector.

    La próxima vez que lea o escuche una de esas frases lapidarias haré como hace mi padre cuando menosprecian el valor de haber obtenido una plaza de funcionario tras una oposición, les diré a esos gurús del siglo XXI, vendedores de humo y genios del nadismo vestido de frases motivacionales de restaurante chino de barrio: cuando queráis, os sacáis una y me venís y me contáis qué tal.