Autor: Sergio Madrigal

  • Crítica: Coherence (2013)

    Crítica: Coherence (2013)

    Cuando ves una peli o lees un libro que realmente te gusta de una determinada temática tiendes a buscar nuevas obras de temática similar. Y así, después de disfrutar Interstellar, empecé a buscar cosas parecidas.

    Se trata de un arma de doble filo que, por lo general, suele terminar bastante mal. Básicamente porque la película/libro nuevo que vas a ver tiene que ver, normalmente, con lo que ya viste o leíste. Vas condicionado y con las expectativas de obtener algo similar. Es un poco lo que le pasa a mucha gente con la horchata valenciana: ven que el color y la textura son muy similares a la leche convencional y, esperando un sabor parecido, no disfrutan de su sabor por considerarlo extraño.

    Bueno, volviendo al tema que nos atañe hoy, ayer pude ver Coherence (2013) de James Ward Byrkit, y para empezar lo haré diciendo que me gustó.

    Partamos de dos ideas fundamentales a tener en cuenta sobre la película: La primera es que se trata de una cinta de bajo presupuesto. Esta premisa es esencial para poder saborear la historia sin pararse a criticar las posibles lagunas que la realización pueda tener. Nada que objetar.

    La segunda es que, al menos a mi, me la vendieron como Ciencia Ficción. Tal vez me esté volviendo un talibán de la SciFi pero parece que ahora todo lo que tenga que ver con algún suceso paranormal en el que se involucre mínimamente alguna disciplina científica ya es ciencia ficción, y tampoco es eso oigan.

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    Para mi Coherence no es ciencia ficción. Para mí Coherence es ficción pura y dura con una base relacionada con un cometa, unas pequeñas pinceladas de Física Cuántica y el gato de Schrodinger.

    Más allá de algunos momentos en los que el director sufre alguna clase de apoplejía y hace que la cámara se mueva sin lógica (ni acierto), la película se hace interesante con el paso del tiempo. Sufre, eso sí, algún que otro bajón de intensidad en sus 90 minutos, pero no pierde del todo el ritmo.

    Las actuaciones están por encima de lo que me esperaba, con especial mención a Emily Baldoni, que hace un papel realmente interesante.

    Lo más flojo, sin lugar a dudas, el final. Más allá de algunas explicaciones cogidas con pinzas, el final es previsible y más propio de un corto amateur (o incluso de una película de Antena 3 un domingo por la tarde) que del nivel que parecía mostrar la historia.

    Por lo demás, una interesante propuesta.

     

    Historia: 7

    Actuación: 8

    Música: 7

    Efectos Especiales: ND

    Final: 4

    ——————————–

    Nota: 6.5

  • Crítica: Interstellar (2014)

    Crítica: Interstellar (2014)

    Cuando uno está sentado disfrutando de lo que parece ser una obra maestra sucede algo especial. Al menos a mi me pasa. Ocurre que en medio de la vorágine de sentimientos en los que andas inmerso tu cerebro para por un instante y te dice: disfruta, porque lo que estás presenciando te va a marcar.

    Si a una obra maestra le añades un ingrediente más, que es, una temática que idolatras desde que tenías uso de razón y la capacidad para imaginar a través de las palabras escritas en papel, entonces lo que sucede trasciende lo meramente visual para convertirse en algo puramente metafísico.

    Interstellar (2014, Christopher Nolan) es la culminación rayana a la perfección de eso. Leía ayer en un comentario que es la película que todo amante de la Ciencia Ficción lleva años soñando con ver. No podría estar más de acuerdo con esa afirmación.

    Descubriendo Interstellar

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    El argumento no es desconocido pero lo que caracteriza a los primeros momentos de la historia es su dosis de realidad. Estamos en una Tierra que sufre el azote de plagas y de unas tormentas de polvo a causa del cambio climático que hacen que la vida en el planeta sea cada vez más complicada. Lejos de mostrarnos un mundo post-apocaliptico distópico como últimamente nos presentan las denominadas teen-movies, la Tierra sigue funcionado y la Humanidad sigue viviendo a pesar de las circunstancias.

    La vida sigue y hemos tenido que adaptar nuestra sociedad a las nuevas características de nuestro entorno.

    Aquí Nolan ya me convence porque se aleja de topicazos manidos de una sociedad donde impera el ley del más fuerte y donde nos vestimos con trozos de uralita a modo de armadura medieval.

    En estas circunstancias la actual sociedad ha renegado de la ciencia, sobretodo la aeroespacial, por considerarla un despilfarro de dinero cuando lo más acuciante es ser capaz de dar de comer a los millones de habitantes del planeta. Tal es el grado de apatía científica que se empieza a educar a los niños para que su futuro sea ser granjeros y se olviden de conquistar el espacio: genial la escena donde se dice que en las escuelas se va a empezar a decir que el hombre jamás llegó a la Luna.

    Uno de esos granjeros, que en su día fue ingeniero y piloto espacial, dedica su día a día a intentar sobrevivir aplicando sus conocimientos de ingeniería en su nuevo trabajo. Hasta que algo cambia.

    Un envoltorio perfectamente científico.

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    Durante toda la película hay algo que impera por encima del resto de cosas y que dota a la historia de la fuerza y la solidez necesarias: la ciencia como ley sobre todas las cosas.

    Uno de los mayores problemas de los que adolecen las películas de ciencia ficción es su escaso rigor científico. Giros inverosímiles de un guión que carece de base científica restan mucha credibilidad a esas historias.

    Con Insterstellar disfrutamos de una increíble historia con una robusta base científica.

    Está claro que a lo largo de la cinta hay algunas licencias cinematográficas pero en líneas generales se trata de una película científicamente muy sólida. (Si queréis una visión mucho más científica de la misma leed este interesantísimo artículo: http://danielmarin.naukas.com/2014/11/09/los-aciertos-y-errores-de-insterstellar/)

    La verdadera razón de la historia: el amor.

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    Si a la mencionada fortaleza argumental en relación a los conceptos puramente científicos le añadimos una dosis medida de emociones, lo que sale de ahí es algo maravilloso.

    Porque en Interstellar lo que importa es el amor. El amor como vehículo y como motor. El amor como esencia inagotable de una de las mayores virtudes del Homo Sapiens: la esperanza. La mirada hacia las estrellas de aquellos que algún día las conquistarán. Y la lucha constante, día a día, fracaso tras fracaso, para que un buen día lleguemos al Sol.

    Nolan, gracias.

    Si a alguien le debemos agradecer esta estupenda epopeya es a los hermanos Nolan. Christopher como director y coguionista junto con su hermano Jonathan tejen una auténtica obra maestra donde son capaces de mezclar con buen criterio conceptos tan dispares como los agujeros negros y la relación paterno-filial.

    La mano de Nolan (Christopher) se ve en muchos pequeños detalles, en esos giros a veces imperceptibles y otras veces notables de la historia que por momentos nos recuerda a Origen o a El Caballero Oscuro.

    Siempre estarán aquellos que no les haya gustado.

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    Mucha gente, no obstante, como suele ser habitual cuando hablamos de Nolan, ha criticado hasta la saciedad la película. De esa gran cantidad de críticos he decidido hacer dos grandes grupos.

    El primero engloba a todos aquellos que por ignorancia, desconocimiento, o porque el día que visionaron la película estaban pensando en el partido de Champions del Madrid, no han entendido la película. Criticas que se centran en algunos detalles de la película que ya han sido explicados por parte de físicos, o que no alcanzan a entender lo que subyace a la trama de los viajes interestelares.

    El segundo es para los que han tratado de enfocar sus críticas en aquello que no está en lugar de centrarse en lo que sí que está. De esta forma han buscado concienzudamente debilidades en el guión (que las tiene) o se quejan de cosas tan terriblemente importantes como que la banda sonora, que a mi me parece acertadísima, tenga un tema principal que se repite mucho (igual, digo yo, por algo se le conoce como tema principal).

    Aunque, como en todo, para gustos siempre tendremos una infinidad de colores y tal vez yo esté muy condicionado por mi lado tan puramente científico.

    McConaughey lo vuelve a hacer.

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    Pero volvamos a las bondades que son incontables. Más allá de una historia alucinante y una forma de relatarla fantástica, la película se sostiene sobre un pilar del que pocos se han atrevido a poner en duda: Matthew McConaughey. Incontestable. Superior. Capaz de llevar todo el peso de la historia y dotar a los momentos emocionalmente críticos de un realismo desmedido. Sin lugar a dudas debería ser un candidato a estatuilla dorada.

    Junto a él, Nolan ha vuelto a usar a Anne Hathaway. No es mi favorita. Cambié ligeramente de opinión con su inigualable Fantine en Les Misérables y me gustó mucho como Cat Woman en The Dark Knight Rises. En esta mantiene el tipo. En algunos momentos incluso supera las expectativas. Pero, al menos para mí, sigue a la sombra de McConaughey.

    El resto del reparto, Caine a la cabeza, están muy bien. Mención especial, todo sea dicho, para ella, Jessica Chastain, con un papelón que complementa y completa a Matthew McConaughey de una forma sublime convirtiéndose en el centro gravitacional alrededor del cual orbita toda la película.

    La música es otra obra maestra

    Os comentaba antes las quejas sobre la banda sonora, obra del genio Hans Zimmer. Para empezar criticar a Zimmer es como para hacérselo ver. A mi entender la comunión entre la música y la historia roza la perfección.

    Consigue sumar en las escenas que se necesita y desaparece en aquellas cuya carga emocional es suficientemente elevada como para no necesitarla.

    Un final tan bueno como redondo

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    Os escribo con Zimmer de fondo, recordando la emoción que despertó en mi la película, el sabor que dejó impreso cuando la terminé. El ser humano como fuente inagotable de desafíos hacia un mañana por descubrir, las paradojas temporales, la música, la inmensidad de un destino que nos pertenece. La mirada hacia arriba, hacia las estrellas, hacia la conquista de un imposible.

    Impagable.

    Historia: 10

    Actuación: 10

    Música: 10

    Efectos Especiales: 10

    Final: 10

    ————————

    Nota: 10

  • Reseña: Hyperion

    Reseña: Hyperion

    Ven, acompáñame, déjame te muestre un nuevo universo, un universo donde todo parece ser posible. Es la ciencia ficción y es Hyperion, el último de los mundos conocidos y que esconde un terrible secreto para la Humanidad.

    Vamos, no podemos tardar, el tiempo apremia y las horas pasan en contra de nuestra especie. En el camino me permitirás la licencia de contarte unas historias, algunas antiguas, que tienen que ver con Vieja Tierra, aquel planeta de donde vinimo todos; otras serán más actuales, entenderás de la importancia de Hyperion.

    Dan Simmons consigue con su primera novela sumergirte de lleno en su universo futurista y lo hace de la mejor forma que un fanático de la ciencia ficción puede esperar: con ciencia y con ficción a partes iguales. En este viaje hacia los confines del Universo Conocido, donde se encuentra el misterioso mundo de Hyperion, Simmons se encargará de desgranar su especial concepción del futuro de la humanidad con una serie de relatos entrelazados donde se profundiza en temas tan y dispares y tan importantes para una sociedad como son la tecnología, la religión, la ética o las relaciones sociales. En todas estas historias el nexo de unión, el mínimo común, será ese extraño planeta descubierto hace años sobre el que corren misteriosas leyendas acerca de un dios viviente: el Alcaudón. 

    Esa forma distinta de narrar la historia mediante relatos cortos es un arma de doble filo que Simmons maneja con notable soltura: le proporciona frescura a la trama y se aleja con éxito de cambios excesivamente bruscos que puedan distanciar al lector de la historia.

    Porque el objetivo es sentir un interés creciente por lo que en aquel planeta sucede e intentar entender qué hacen 7 tripulantes en una nave rumbo a ese planeta cuando todos tratan de huir de él. Y en esa tarea Simmons se muestra muy capaz.

    Muy interesante.

    7.5/10

  • La importancia de un buen final: Perdida (2014) y La Isla Mínima (2014)

    La importancia de un buen final: Perdida (2014) y La Isla Mínima (2014)

    Una de las cosas más críticas en una historia contada, ya sea en literatura, teatro o en cine es su final.

    Es como el postre de una buena comida, que no necesariamente debe ser tan elaborado como el primer plato pero cuya importancia es crucial para el desenlace de la experiencia.

    Esta semana he tenido el placer de ver dos películas en las que el final no ha supuesto un verdadero final sino más bien la pasarela a una degustación más pausada de la historia.

    Con Perdida, David Fincher nos presenta una historia que gira entorno a dos elementos claves en la sociedad norteamericana y, en muchos casos, en la nuestra: la importancia de los medios en el juicio de la gente y la distorsionada imagen que muchos matrimonios (o parejas) proyectan a su entorno.

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    Con esos dos pilares, Fincher desarrolla un atrapante thriller donde las capacidad de sorprender al espectador está íntimamente ligada con la capacidad del ser humano de hacer el mal. Durante sus más de dos horas y media de metraje el ambiente de tensión se torna por momentos opresivo, convirtiendo a la película en un oscuro relato sobre la maldad al mismo tiempo que sutilmente pone de relieve las dos mencionadas ideas.

    Y el final.

    No os desvelaré nada de él pero sí que os diré la sensación con la que salí del cine: ansiedad. Es sencillamente el resultado de 180 minutos de elaborada e intrincada historia de amagos y engaños que terminan de una forma abierta, como dejando al espectador que intuya cuál será el verdadero desenlace aunque para ello tenga que hacer uso de sus propios principios éticos. O incluso que los tenga que poner en entredicho.

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    La otra grata sorpresa, y esta lo ha sido especialmente, ha sido La Isla Mínima de Alberto Rodríguez.

    La historia es más que conocida: desaparición de dos niñas, dos policías bastante antagónicos acuden a investigar el caso, etc.

    Pero aun tratándose de una historia mil veces contada, lo realmente interesante es la fantástica forma de relatarnos esta historia.

    Se trata de una película elaboradísima, con una conjunción entre las escenas, la fotografía, la música y las actuaciones rozando la perfección.

    Algunos critican la simpleza del guion, que tal vez podría haber estado en algunos momentos ligeramente más elaborado (o tal vez definitorio), pero en esta nueva corriente de largometrajes en los que ahora ya no basta con entender lo que se ve sino que hay que elucubrar lo que no, La Isla Mínima se doctora.

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    Mención especial a la perfecta consonancia de los dos actores protagonistas que nos regalan una actuación que espero que termine, cuanto poco, en algún merecido Goya.

    Y el final.

    De nuevo ese final que cuenta y no cuenta, que deja que el espectador desarrolle mil y una teorías, algunas descabelladas, algunas que parecen encajar a la perfección. De nuevo el chef deja de masticar la comida y explicarle al comensal los distintos sabores que éste debe percibir para dejarle a éste que sea el que use sus sentidos para interpretar la obra.

    Y lo dicho, aún días después, al recordar estas dos películas, vuelven las esencias, los pensamientos que las hacen afianzarse en nuestra memoria, que harán que las podamos recordar dentro de un tiempo, como aquellas películas que nos obligaron a reflexionar más allá de haberlas visto.

  • La nueva estrategia de Apple

    La nueva estrategia de Apple

    Hace unos días finalmente Apple desvelaba el secreto que cada vez es menos secreto: su última revisión de su Smartphone, iPhone.

    Quien haya seguido de cerca la evolución de la empresa de Cupertino habrá podido observar que parece existir un antes y un después del empeoramiento y posterior muerte de su gurú tecnológico, Steve Jobs.

    Una idea clara: tecnología, diseño y calidad.

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    Este antes era el que se enfocaba en convertir a cada uno de los dispositivos que presentaba la marca de la Manzana en un elemento tecnológicamente disruptor que hacía que las masas de los conocidos como “nerds” tecnológicos se lanzaran en tromba a conseguir uno de esos dispositivos.

    De esta forma las primeras 4 revisiones de su teléfono fueron un rotundo éxito: el iPhone 3, el iPhone 3GS, el iPhone 4 y el iPhone 4S.

    Mención especial para dos de esos modelos: el 3G y el 4 que se convirtieron en verdaderas maravillas tecnológicas con prestaciones y rendimientos muy por encima de sus más directos competidores.

    Estos dispositivos aunaban dos conceptos que colocaron a Apple en el número uno del Nasdaq: tecnología y diseño.

    Y lo hacían esmerándose en un control de calidad de su hardware y su software desconocido hasta la fecha. De esta forma, adaptaban sus soluciones tecnológicas al gran público y fue, en gran parte, lo que les permitió despegar y colocarse en la primera posición en el mundo de los teléfonos inteligentes.

    La decadencia de una estrategia.

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    En el mundo de las nuevas tecnologías lo que hoy es novedad, mañana está anticuado y pasado obsoleto. Es una realidad con la que muchas compañías no han sido capaces de lidiar y que les ha llevado a la práctica desaparición.

    La estrategia que siguió Apple a finales de los años 2000 está sufriendo cambios: la llegada del iPhone 5 y del 5S supuso el primer viraje obvio en la estrategia comercial de Apple: mientras otras compañías, como Samsung, abrían su catálogo de terminales hasta ofrecer, quizá con cierto exceso, una amalgama interminable de soluciones, Apple decidía apostar por un terminal de 5 pulgadas que mantenía el ancho y que daba como resultado un dispositivo con una resolución extraña.

    Aún así, y gracias a esa inercia de márketing que arrastra, el iPhone 5 volvió a ser un éxito pese a las críticas.

    La tremenda decepción del iPhone 6.

    En parte, ciertos sectores muy cercanos a Apple repetían incesantemente que el iPhone 5 se había concebido como terminal transitiorio hacia lo que sería una nueva disrupción tecnológica en forma de versión 6.

    Cuando a principios de 2014 se empezó a oír hablar del iWatch para muchos saltaron las alarmas. Por un lado, habría que ver si los esfuerzos de la manzana habían ido dirigidos más hacia ese nuevo dispositivo que hacia un renovado teléfono y por otro, se percibía cierta cortina de humo que parecía querer pretender que la atención de la opinión pública se fijase más en el reloj que en otra cosa.

    Y así sucedió. El iPhone 6 llegó. Junto con él, el 6 Plus. Y también el reloj. En esos tres elementos no se atisba ni por asomo un ápice de revolución tecnológica. Ni los dos terminales móviles ni el iWatch aportan nada que no exista ya, ni lo hacen de una forma que nos sorprenda especialmente.

    Pero, no obstante, sí que hubo sorpresas: su precio. Su descomunal coste. El terminal grande, esa phablet de 6 pulgadas ronda los 1.000 euros de coste.

    Y los problemas

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    Y a todo esto hay que añadir los problemas de control de calidad que están sufriendo sus dispositivos, con fallos constantes en el software y un problema estructural en el caso del iPhone 6 Plus.

    Problemas que antaño ni siquiera nos hubieran pasado por la cabeza y que, ahora mismo, tienen muy difícil explicación más allá de ese cambio de rumbo que parece estar sufriendo la compañía.

    El futuro.

    Parece que ese viraje de estrategia trata de convertir, de nuevo, al iPhone en un terminal exclusivo y diferenciador. El problema es que, lejos de intentar hacerlo poniéndolo a la cabeza de la revolución tecnológica, uno tiene la sensación de que desde Apple están intentando diferenciarse poniendo sus dispositivos muy arriba en la clasificación de precios.

    Como si pretendieran convertirse en un elemento exclusivo por su excluyente precio.

    Sea cual sea en realidad la nueva estrategia de Apple deben cuidar muy mucho sus próximos pasos pues en la corta historia de las nuevas tecnologías ya hay miles de casos de compañías que creyeron que sólo con la marea que habían generado tiempo atrás podrían navegar sin problemas: y terminaron siendo el Titanic.

  • Crítica: Boyhood (Momentos de una vida)

    Crítica: Boyhood (Momentos de una vida)

    Cuando una película viene precedida por una gran valoración por parte de la crítica y del público suelen ocurrir dos cosas: en la mayoría de los casos la película se queda muy lejos de cumplir las expectativas generadas y termina siendo un bodrio, o bien, en pocas, muy pocas ocasiones, la película no sólo cumple sino que las supera.

    Con Boyhood, (Momentos de una vida) resulta sorprendente descubrir que no encaja en ninguno de esos dos grupos.

    No es una mala película pero tampoco la obra maestra que muchos se están dedicando a pregonar. Se trata de una experiencia cinematográfica extraña. Y cuando digo extraña me refiero a distinta.

    Rodada por Richard Linklater durante 12 años, Boyhood nos cuenta el crecimiento de Mason (Ellar Coltrane) y su entorno durante 10 años de su vida. Y ya está. Alrededor de él, grandes artistas de la talla de Ethan Hawke o Patricia Arquette suman la sobriedad interpretativa necesaria para dotar de credibilidad a la historia.

    Tal vez en esa sencillez de contarnos la vida de alguien común radica su más intensa belleza. No es una historia épica, con un final dramático. No te hace llorar ni reír en exceso. Sencillamente Linklater decide abrir una ventana y mostrarte la realidad para que tú, espectador, sentado en tu butaca, asistas entre atónito y extrañado al devenir de los años de la vida de una persona igual que tú.

    Lo interesante de esta película es lo que no cuenta, lo que tu cabeza intuye y de lo que te vas empapando.

    Es una obra que masticas después, que digieres con el tiempo.

    Porque es después cuando descubres escondida entre los pliegues de diálogos comunes una pequeña esencia de tu propia realidad. Esa realidad que en el día a día te pasa desapercibida pero que está ahí. Una especie de hilo conductor de tu vida que une etapas tan dispares como la infancia, la adolescencia, el paso por la juventud o la llegada a la adultez, pero que se esconde con el lento paso del tiempo. Con Boyhood coges la perspectiva necesaria para darte cuenta del vertiginoso salto temporal en el que se ha convertido tu vida.

    No hay que interpretar la película como una historia que te están contando, sino que esta vez la dirección es la opuesta. Lo interesante está en el reflejo que tú proyectas sobre esa película.

    Recomendada

    7.5/10

  • Crítica: Begin Again

    Crítica: Begin Again

    Vaya regalito este Begin Again en medio de este agobiante Agosto en Valencia.

    Por fin una historia fresca, divertida y diferente.

    Dirigida por John Carney e interpretada por una magistral Keira Knightley y un asombrosamente interesante Mark Ruffalo, Begin Again es una historia sobre música y sobre personas. Y eso es lo que la hace realmente distinta.

    Nos cuenta la historia de cómo las vidas de Greta (Keira) y Dan (Mark) se cruzan por casualidad una noche en un bar de Nueva York. Ella despechada por la reciente ruptura con su pareja estrella del rock y él acabado como productor musical de un sello que él mismo creó. Y a partir de ahí la magia y la música. 

    La química entre ambos personajes se da desde el minuto uno y ayuda y de qué manera a que la historia se mantenga y crezca. De eso se trata, de contar una historia de fracasos y de fracasados que deciden enfrentarse a la vida e intentarlo una vez más, tal vez de una forma diferente, y probar suerte de nuevo.

    Sin lugar a dudas me quedo con el sabor dulce de la genial interpretación de Knightley y su desconocida y sorprendente calidad musical. Pero también con ese poso que la rodea: si eres bueno (no sólo bueno en lo que haces sino que además tratas de ser buena persona) el camino al final termina por aparecer. 

    Tal vez es un mensaje excesivamente optimista y más viendo los tiempos que corren. Pero estamos en Agosto, y hace demasiado calor en Valencia. No es plan de ponerse a pensar más.

    Muy recomendada. 

    Nota: 7/10

  • Toni Kroos: el centrocampista

    Toni Kroos: el centrocampista

    Las Supercopas, tanto la europea como la patria, son ese típico trofeo ambiguo: importante para el que los gana, poco relevante para el que los pierde.

    En realidad son ese término medio entre trofeo de verano y título oficial que sólo aporta cantidad, que no calidad, a las vitrinas de un equipo.

    Total que en estas que estamos a medidados de Agosto y la UEFA (magnánima en su preocupación por el aficionado que se mantiene trabajando al pie del cañón) decide adelantar la Supercopa de Europa.

    Cuatro pobres partidillos y seis días de entrenamiento es lo que llevan los jugadores, así que pedir, se puede pedir poco de un partido así.

    Pero ayer hubo un pequeño detalle interesante. Más allá del vencedor del trofeo y de que Cristiano iniciara con premura su cuenta anotadora e incluso más importante que las dos o tres paradas antológicas de Iker que según la prensa deportiva salvaron al Madrid del desastre, fue la aparición de un medio centro alemán recién fichado este año: Toni Kroos.

    He de reconocerlo, siento especial debilidad por el medio campo: por la creación. Y en estas lides el germano parece desenvolverse con una soltura que hacía tiempo no se veía en las filas merengues. Junto con Modric ayer hicieron un partido redondo. Criterio, pausa, técnica, visión. Todo. Un auténtico desborde de calidad y un placer para el que disfruta viendo buen fútbol.

    Si a este chaval le dejan jugar y se asienta en la medular madridista, ojo que este año nos podemos poner las botas. Con una delantera de vértigo (el estado de forma de Bale es algo que roza lo marciano) y con una defensa de garantías (si nos deshacemos a tiempo del «espartano» y Coentrao sigue al nivel hercúleo actual), este Real Madrid pinta francamente bien.

    Pero en el fútbol, ya se sabe…

  • Reseña: Robots e Imperio – Isaac Asimov

    Reseña: Robots e Imperio – Isaac Asimov

    Cuando escuchas tantas y tantas veces que Isaac Asimov (Petrovichi , 1920 – Nueva York, 1992) es uno de los grandes padres de la ciencia ficción tal vez sea por alguna razón de peso.

    Ayer pude por fin dar por concluidas las dos grandes sagas que han caracterizado la obra de Asimov: La saga de la Fundación y la saga de los Robots.

    Con Robots e Imperio, cuarto libro de esta genial tetralogía robótica, Isaac Asimov termina de tejer ese inmenso telar en el que conecta a las dos sagas de una forma tan sencillamente genial que al leer la última de las palabras de este último libro uno no puede evitar suspirar un íntimo: ¡Pero qué jodido genio!

    Porque te das cuenta de que estás ante una obra de proporciones descomunales.

    Lo he dicho mil veces y lo repetiré otras tantas mientras pueda: El ciclo de Trantor (los primeros tres libros de la saga de la Fundación) son, a mi parecer, Ciencia Ficción en estado puro directamente en vena: ritmo trepidante, conceptos que te hacen reflexionar y que a priori no chirrían con la ciencia actual y una historia digna de ser contada.

    Los dos siguientes, que concluyen la saga, mantienen el nivel pero lo elevan a un concepto más metafísico.

    Eso, exactamente eso, ocurre en Robots e Imperio. Mientras que en los tres primeros libros de la saga el lector es introducido en un mundo donde las leyes de la robótica rigen a unos seres que apoyan a la raza humana en su expansión y las tensiones que hay entre los defensores y detractores de esta estrategia, en este último son los conceptos más filosóficos los que entran en lidia.

    Las tres primeras novelas de la saga son protagonizadas por Elijah Bailey, un terrícola reacio a tener contacto con robots pero que terminará siendo muy amigo del robot humanoide R. Daniel Olivaw. Ambientadas en distintos mundos en expansión, o en la propia Tierra, el núcleo de la historia gira entorno a algún caso policíaco a resolver.

    En Robots e Imperio han pasado ya unos cuantos años y nuestro querido Elijah ha pasado a mejor vida (impagable la escena que representa la despedida entre Daniel y Elijah, digna de ser rodada) y ahora los grandes protagonistas de la historia son dos robots: R. Daniel Olivaw y R. Giskard Reventlov.

    Esto supone un gran desafío para Asimov desde mi punto de vista: hacer que la historia gire entorno a dos robots con las limitaciones que ambos tienen resulta peligroso para mantener la credibilidad científica de la historia. Sin embargo las conversaciones entre éstos superan este obstáculo con solvencia: son creíbles y tremendamente reveladoras.

    Análisis acerca de la utilidad de los robots en una sociedad como la humana y los peligros que ellos representan. La problemática de una Tierra como santuario plagado de supersticiones que ralentiza la expansión humana en la Galaxia. El peligro de la aparición de otras razas inteligentes que pongan en serio compromiso esta expansión. La misteriosa creación de la Ley Cero, una ley que gobernaría al resto.

    Todos estos temas, y otros tantos más son debatidos a lo largo de la novela mientras que sutilmente el escritor nos dirige al punto donde el círculo se cuadra: ambas sagas por fin tienen un nexo de unión donde todo trasciende. Así, miles y miles de años más tarde, cuando el intrépido Golan Trevize abordo de su nave antigravítica alunice y se encuentre con el robot Daneel Olivaw, toda aquella conversación, todos sus matices, todos los enigmas que se fueron creando en ambas sagas, por fin, tendrán su debida respuesta.

    Amigo Daneel, ya he dejado de maravillarme ante la capacidad de la mente humana de mantener dos emociones opuestas simultáneamente. Me limito a aceptarlo.

    R. Giskaard Reventlov.

    Indispensable. 

  • La caída de los héroes

    La caída de los héroes

    Lo que sucedió ayer en el estadio de Maracaná en Brasil fue la crónica exacta de una muerte que lleva mucho tiempo anunciándose.

    Anoche, ante los ojos de millones de seguidores, de aficionados e incluso de aquellos que se subieron al carro del fútbol español sólo por sus éxitos, el combinado nacional hizo el ridículo.

    Hay que ser sincero y decir las cosas tal y como son: ridículo. Pero más allá de analizar lo que va a pasar a partir de ahora es conveniente pararse a pensar en cómo hemos llegado hasta aquí.

    El repetido fin de ciclo

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    Lo que surgió hace unos años como una especie de broma ante cualquier minicrisis del F.C. Barcelona se ha convertido con el paso de los meses en una triste realidad para el fútbol nacional.

    En la Eurocopa de 2008 Luis Aragonés lo cambió todo. Decidió apostar por un núcleo de jugadores con un potencial inimaginable que venían gestando los mimbres de lo que sería el mejor Barça de la historia. Y lo hizo con la firmeza suficiente como para no temblar al dejar fuera de las convocatorias a algunas de las «vacas sagradas» de por aquel entonces.

    Esta firmeza, esta visión es la que le hemos echado en falta a Vicente del Bosque.

    Una convocatoria, decían algunos, para rendir homenaje a los grandes campeones del Mundo y dos veces de Europa. Pero es que a un Mundial de Fútbol no se va a rendir homenajes: se va a hacer un buen papel y, en el caso de los actuales campeones, a intentar revalidar el título.

    Pero volviendo a 2008, si repasamos la alineación: Casillas; Sergio Ramos, Puyol, Marchena, Capdevila; Senna, Iniesta, Xavi, Cesc, Silva; Torres vemos que no difiere demasiado a la que trajo Del Bosque escrita desde España. Y ese es el mayor de los problemas: Que no se ha producido la conveniente renovación y han pasado desde entonces 6 largos años.

    El ciclo empezó y terminó con él

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    Don Xavi Hernández.

    Principio y fin.

    Lo llevo diciendo durante muchísimo tiempo. Cuando muchos entendidos del fútbol no se explicaban cómo Leo Messi, uno de los mejores jugadores de la historia, no era capaz de rendir al mismo nivel en el Barça y en la selección argentina, yo lo repetía: Xavi, Xavi y mil veces Xavi.

    La injusticia futbolística para con él al no haberle brindado uno de los muchos Balones de Oro que se merecía quedará como una mancha imborrable en el ya sospechoso currículum de la FIFA.

    Cuando a Xavi se le agotó el fútbol (o dio muestras claras de ello) las alarmas debieron saltar: tanto en el Nou Camp como en la Selección. Nadie hizo nada. El Barça se ha desprendido de quienes se suponían sus herederos (Thiago el año pasado y Cesc éste) y en la selección nunca se ha colocado a nadie de sus características tras él: el experimiento con pepsi-cola de Iniesta-Alonso-Busquets ayer no sirvió de nada.

    La complacencia con la que nos hemos ido paseando a lo largo y ancho del mundo asumiendo que sentábamos cátedra con un nuevo modelo de fútbol nos cegó de una realidad que durante este mundial se ha hecho dramáticamente palpable: sin Xavi España ya no es España. O en realidad sí. En realidad vuelve a ser ese conjunto de grandísimos jugadores que juegan en grandes equipos pero que cuando juegan juntos no saben a qué están jugando. Xavi fue el pegamento, fue el catalizador que unió el talento y lo convirtió en la máxima expresión del arte del fútbol.

    Pero como todo en esta vida, el tiempo no se puede detener y cada año que pasaba algunos observábamos cómo los pases de Xavi cada vez eran más cortos, más lentos y con más metros de distancia con respecto al área rival.

    Una renovación necesaria

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    Sería injusto, eso sí, hacer reposar sobre los hombros de Xavi toda la responsabilidad de este ridículo y, así mismo, otorgarle a él todo el mérito de los éxitos logrados en los últimos 6 años.

    Al lado de él también estuvieron cuatro jugadores de los que tardaremos mucho tiempo en volver a ver sobre un terreno de juego: Iker Casillas, Carles Puyol, Andrés Iniesta y David Villa.

    A ellos se les unirían posteriormente los Ramos, Piqué, Alonso y Busquets para convertir a la Selección Española en la diosa del balón controlado.

    Las circunstancias así lo quisieron, una generación dorada nos ha dado a los seguidores al fútbol la oportunidad de poder decir dentro de 20 años que nosotros cantamos en directo el gol de Iniesta, que nosotros vimos como el mundo se asombraba ante un juego jamás visto.

    Pero las etapas tarde o temprano terminan y ahora es el momento ideal, después de un fracaso de estas proporciones, para que se realicen cambios de calado. Es el tiempo de los valientes, de un nuevo Luis Aragonés al que no le tiemble la mano y despida con un apretón de manos a aquellos que ya no podrán darnos más noches de éxito.

    El tiempo de Iker, de David, de Xavi, de Carles y tal vez de algunos más ha pasado.

    Pero ante todo: Gracias

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    Gracias David por convertirte en el verdadero 7 de España, por tu olfato, por tus ganas, por llevarnos en volandas con tus goles a la cima del éxito y por sacar de lo más hondo ese hambre por seguir ganando, seguir marcando.

    Gracias Carles por tu entrega, por demostrarle al mundo que la ecuación que une esfuerzo y éxito es correcta en todas las facetas de la vida. Cada gota de sudor que derramaste nos hizo creer en imposibles. Jamás borraremos de nuestra memoria el momento en el que te alzaste al cielo de Puerto Elizabeth en Sudáfrica y asistimos maravillados a la máxima expresión de tu fútbol: corazón, garra y fe ciega. Estás hecho de la pasta de aquellos que graban su nombre en la eternidad.

    Gracias Iker por tus milagros. Por dejarnos con la boca abierta cada partido. Por las alas que te han salido mil y una veces para hacer que la balanza siempre se decantase a nuestro favor. Por tu cercanía. Por la sensación de que si te encontrábamos algún día en un bar de pueblo nos tomaríamos unas cañas contigo hablando de lo bien que jugabais a fútbol. Tuyo es el momento en el que paraste nuestros corazones ante Robben en el mano a mano de todos los tiempos, en esa parada imposible. Gracias, capitán, por alzar al cielo de Johanesburgo la dorada copa que colocaba a España, al fin, en el lugar que le correspondía en el Olimpo futbolístico.

    Y gracias Xavi. Gracias por sacar de tus botas la revolución que llevó a los equipos donde jugaste a la cima histórica de su juego. Tu has sido el constructor, el cerebro, el creador de un paradigma de este deporte que nos has dejado como legado eterno. Y yo personalmente he podido disfrutarte en la selección y sufrirte en el Barça. Ying y yang. Ese claroscuro que caracterizaba tu juego: jugando en la sombra para dar luz al resto. Tu herencia al fútbol mundial es de un valor inconmensurable y, pese a que los focos hayan estado más pendientes de argentinos o de portugueses en una batalla más comercial que futbolística, nosotros, los que disfrutamos del verdadero fútbol más allá de los colores, te lo agradecemos. Quizá no sea un balón oro, pero creo que hablo en voz de muchos cuando te digo que tal vez sea mejor premio el reconocimiento, el respeto y la admiración que has logrado de todos: hasta de un madridista de cuna como yo.

    Lo intentamos. Fracasamos.En Francia 2016 volveremos a intentarlo. Ese es nuestro espíritu.