Categoría: Ciencia

Explica el mundo

  • La importancia de los títulos universitarios

    La importancia de los títulos universitarios

    Hace ya un tiempo vengo escuchando en diversos ambientes una especie de sonido de fondo en el que veladamente, nunca directamente, se menosprecia el valor de un título universitario.

    Curiosamente ese menosprecio viene, en la mayoría de los casos, desde la tribuna de aquellos que no disponen de ningún tipo de título.

    Los que me conocen bien saben que no soy de los que defienden el valor de un papel en el que se dice que sabes hacer algo frente a la experiencia de haberlo hecho. Soy un ferviente defensor del empirismo laboral: el que sabe realmente cómo funcionan las cosas es aquel que ha tenido que lidiar con la realidad de las mismas y la problemática que las rodea y esto muchas veces no aparece escrito en los libros teóricos.

    No busco por tanto entrar en el debate del enfrentamiento directo entre el nivel de estudios y la experiencia, aunque sí que diré que, como todo en esta vida, la perfección se alcanza con el equilibrio: un buen nivel de estudios y una buena experiencia.

    Pero volviendo al tema que nos atañe hoy, cuando leo o escucho esos ataques encubiertos contra los títulos trato de contenerme, pero una carrera universitaria es harina de otro costal. Una carrera universtaria para empezar implica un elemento crítico que aquellos empeñados en devaluarla obvian (mal)intencionadamente: el increíble sacrificio que lleva obtenerla.

    Sacar adelante un proyecto como una Ingeniería, una Licenciatura o una Diplomatura es algo que acarrea horas y horas de concienzudo trabajo y esfuerzo. Y no sólo eso. Además del esfuerzo se requieren una serie de habilidades fundamentales en la futura vida laboral: capacidad de síntesis, desarrollo de soluciones a problemas, planteamiento de alternativas, etc., sumado a conocimientos fundamentales de los que mucho de esos «críticos» carecen.

    Todo esto lo proporciona una carrera universitaria. Y a partir de ahí, todo lo demás: la de Matemáticas, la de Física o la de Química, las herramientas para cambiar cómo comprendemos el mundo, las Ingenierías, la capacidad de reinventar la rueda, de hacer realidad los sueños de miles de bombillas esperando a encenders; las ciencias sociales, la economía, la psicología, el conocimiento acerca del comportamiento del ser humano y de aquello que le rodea para predecir y prever futuras situaciones y actuar ante ellas y, por supuesto, las ciencias naturales, la biología y la medicina, para entender de qué estamos hechos como especie, para arreglarnos e incluso mejorarnos.

    Así que no, para triunfar en esta vida y ser un buen profesional, no hace falta tener un título universitario. Pero el poseedor del mismo no tiene un trozo de papel sin más. Tiene el resultado de años de sudor y duro esfuerzo y la prueba física de que tiene las capacidades y los conocimientos básicos para convertirse en un gran profesional de su sector.

    La próxima vez que lea o escuche una de esas frases lapidarias haré como hace mi padre cuando menosprecian el valor de haber obtenido una plaza de funcionario tras una oposición, les diré a esos gurús del siglo XXI, vendedores de humo y genios del nadismo vestido de frases motivacionales de restaurante chino de barrio: cuando queráis, os sacáis una y me venís y me contáis qué tal.

  • Crítica: Interstellar (2014)

    Crítica: Interstellar (2014)

    Cuando uno está sentado disfrutando de lo que parece ser una obra maestra sucede algo especial. Al menos a mi me pasa. Ocurre que en medio de la vorágine de sentimientos en los que andas inmerso tu cerebro para por un instante y te dice: disfruta, porque lo que estás presenciando te va a marcar.

    Si a una obra maestra le añades un ingrediente más, que es, una temática que idolatras desde que tenías uso de razón y la capacidad para imaginar a través de las palabras escritas en papel, entonces lo que sucede trasciende lo meramente visual para convertirse en algo puramente metafísico.

    Interstellar (2014, Christopher Nolan) es la culminación rayana a la perfección de eso. Leía ayer en un comentario que es la película que todo amante de la Ciencia Ficción lleva años soñando con ver. No podría estar más de acuerdo con esa afirmación.

    Descubriendo Interstellar

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    El argumento no es desconocido pero lo que caracteriza a los primeros momentos de la historia es su dosis de realidad. Estamos en una Tierra que sufre el azote de plagas y de unas tormentas de polvo a causa del cambio climático que hacen que la vida en el planeta sea cada vez más complicada. Lejos de mostrarnos un mundo post-apocaliptico distópico como últimamente nos presentan las denominadas teen-movies, la Tierra sigue funcionado y la Humanidad sigue viviendo a pesar de las circunstancias.

    La vida sigue y hemos tenido que adaptar nuestra sociedad a las nuevas características de nuestro entorno.

    Aquí Nolan ya me convence porque se aleja de topicazos manidos de una sociedad donde impera el ley del más fuerte y donde nos vestimos con trozos de uralita a modo de armadura medieval.

    En estas circunstancias la actual sociedad ha renegado de la ciencia, sobretodo la aeroespacial, por considerarla un despilfarro de dinero cuando lo más acuciante es ser capaz de dar de comer a los millones de habitantes del planeta. Tal es el grado de apatía científica que se empieza a educar a los niños para que su futuro sea ser granjeros y se olviden de conquistar el espacio: genial la escena donde se dice que en las escuelas se va a empezar a decir que el hombre jamás llegó a la Luna.

    Uno de esos granjeros, que en su día fue ingeniero y piloto espacial, dedica su día a día a intentar sobrevivir aplicando sus conocimientos de ingeniería en su nuevo trabajo. Hasta que algo cambia.

    Un envoltorio perfectamente científico.

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    Durante toda la película hay algo que impera por encima del resto de cosas y que dota a la historia de la fuerza y la solidez necesarias: la ciencia como ley sobre todas las cosas.

    Uno de los mayores problemas de los que adolecen las películas de ciencia ficción es su escaso rigor científico. Giros inverosímiles de un guión que carece de base científica restan mucha credibilidad a esas historias.

    Con Insterstellar disfrutamos de una increíble historia con una robusta base científica.

    Está claro que a lo largo de la cinta hay algunas licencias cinematográficas pero en líneas generales se trata de una película científicamente muy sólida. (Si queréis una visión mucho más científica de la misma leed este interesantísimo artículo: http://danielmarin.naukas.com/2014/11/09/los-aciertos-y-errores-de-insterstellar/)

    La verdadera razón de la historia: el amor.

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    Si a la mencionada fortaleza argumental en relación a los conceptos puramente científicos le añadimos una dosis medida de emociones, lo que sale de ahí es algo maravilloso.

    Porque en Interstellar lo que importa es el amor. El amor como vehículo y como motor. El amor como esencia inagotable de una de las mayores virtudes del Homo Sapiens: la esperanza. La mirada hacia las estrellas de aquellos que algún día las conquistarán. Y la lucha constante, día a día, fracaso tras fracaso, para que un buen día lleguemos al Sol.

    Nolan, gracias.

    Si a alguien le debemos agradecer esta estupenda epopeya es a los hermanos Nolan. Christopher como director y coguionista junto con su hermano Jonathan tejen una auténtica obra maestra donde son capaces de mezclar con buen criterio conceptos tan dispares como los agujeros negros y la relación paterno-filial.

    La mano de Nolan (Christopher) se ve en muchos pequeños detalles, en esos giros a veces imperceptibles y otras veces notables de la historia que por momentos nos recuerda a Origen o a El Caballero Oscuro.

    Siempre estarán aquellos que no les haya gustado.

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    Mucha gente, no obstante, como suele ser habitual cuando hablamos de Nolan, ha criticado hasta la saciedad la película. De esa gran cantidad de críticos he decidido hacer dos grandes grupos.

    El primero engloba a todos aquellos que por ignorancia, desconocimiento, o porque el día que visionaron la película estaban pensando en el partido de Champions del Madrid, no han entendido la película. Criticas que se centran en algunos detalles de la película que ya han sido explicados por parte de físicos, o que no alcanzan a entender lo que subyace a la trama de los viajes interestelares.

    El segundo es para los que han tratado de enfocar sus críticas en aquello que no está en lugar de centrarse en lo que sí que está. De esta forma han buscado concienzudamente debilidades en el guión (que las tiene) o se quejan de cosas tan terriblemente importantes como que la banda sonora, que a mi me parece acertadísima, tenga un tema principal que se repite mucho (igual, digo yo, por algo se le conoce como tema principal).

    Aunque, como en todo, para gustos siempre tendremos una infinidad de colores y tal vez yo esté muy condicionado por mi lado tan puramente científico.

    McConaughey lo vuelve a hacer.

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    Pero volvamos a las bondades que son incontables. Más allá de una historia alucinante y una forma de relatarla fantástica, la película se sostiene sobre un pilar del que pocos se han atrevido a poner en duda: Matthew McConaughey. Incontestable. Superior. Capaz de llevar todo el peso de la historia y dotar a los momentos emocionalmente críticos de un realismo desmedido. Sin lugar a dudas debería ser un candidato a estatuilla dorada.

    Junto a él, Nolan ha vuelto a usar a Anne Hathaway. No es mi favorita. Cambié ligeramente de opinión con su inigualable Fantine en Les Misérables y me gustó mucho como Cat Woman en The Dark Knight Rises. En esta mantiene el tipo. En algunos momentos incluso supera las expectativas. Pero, al menos para mí, sigue a la sombra de McConaughey.

    El resto del reparto, Caine a la cabeza, están muy bien. Mención especial, todo sea dicho, para ella, Jessica Chastain, con un papelón que complementa y completa a Matthew McConaughey de una forma sublime convirtiéndose en el centro gravitacional alrededor del cual orbita toda la película.

    La música es otra obra maestra

    Os comentaba antes las quejas sobre la banda sonora, obra del genio Hans Zimmer. Para empezar criticar a Zimmer es como para hacérselo ver. A mi entender la comunión entre la música y la historia roza la perfección.

    Consigue sumar en las escenas que se necesita y desaparece en aquellas cuya carga emocional es suficientemente elevada como para no necesitarla.

    Un final tan bueno como redondo

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    Os escribo con Zimmer de fondo, recordando la emoción que despertó en mi la película, el sabor que dejó impreso cuando la terminé. El ser humano como fuente inagotable de desafíos hacia un mañana por descubrir, las paradojas temporales, la música, la inmensidad de un destino que nos pertenece. La mirada hacia arriba, hacia las estrellas, hacia la conquista de un imposible.

    Impagable.

    Historia: 10

    Actuación: 10

    Música: 10

    Efectos Especiales: 10

    Final: 10

    ————————

    Nota: 10

  • Primeras impresiones: Cosmos (2014)

    Primeras impresiones: Cosmos (2014)

    Cuando saltó la noticia hace unos meses la acogí con una mezcla de emoción y escepticismo: Cosmos, la mítica serie científica dirigida por Carl Sagan iba a tener un remake en 2014.

    A los mandos de esta nueva aventura se embarcaría el también científico Neil deGrasse, bastante popular por haber participado en un sinfín de conocidos documentales científicos.

    Pintaba bien pero generaba dudas. Para empezar la cadena encargada de llevar a término este proyecto era la FOX: y todos sabemos lo que es la FOX, para lo bueno y para lo malo.

    En una época en la que las audiencias caprichosas pueden dar muerte a series con mucha proyección o mantener en antena a otras que hace años que deberían haber terminado, la realización de una serie científica generaba incertidumbre.

    Las cosas bien hechas

    Desde el mismo instante en el que se supo cuándo se iba a estrenar la serie una maquinaria gigante de márketing hizo un trabajo impecable. Para esto los americanos, hay que reconocérselo, son unos auténticos maestros. Convirtiendo el estreno del nuevo Cosmos en un acontecimiento internacional y haciendo que las redes sociales hiriveran con la noticia, el primer episodio de Cosmos fue un auténtico éxito de audiencia.

    El programa

    He podido ver los dos primeros episodios de la serie y la realidad es aplastante: Cosmos es una pedazo de serie científica. Comandada por el «capitán» deGrasse en la llamada Nave de la Imaginación, Cosmos nos ha sumergido ya en dos grandes áreas de nuestra ciencia moderna: el orígen del Universo y el orígen de las Especies. Y lo ha hecho empleando unas imágenes asombrosas que han contribuido notablemente a darle cuerpo al programa.

    Llevados magistralmente por un deGrasse que empezó dubitativo, tal vez atado por un guión demasiado definido, pero que con el desarrollo de la serie se le está viendo estupendamente bien, con Cosmos el espectador se sumerge en un verdadero espectáculo científico.

    Se antoja inimaginable disfrutar de algo así por tierras españolas donde en la actualidad nos encontramos huérfanos de programas puramente científicos.

    El futuro

    Las audiencias son caprichosas, y no han tardado las hordas de paletos sectarios en intentar meter sus narices en una serie que adora a un único dios: el Método Científico.

    Nunca se sabe cómo acabará esta interesante aventura del saber, lo que está claro es que iniciativas como esta son las que verdaderamente ayudan a que crezcamos como especie y que, algún día, de verdad, podamos llegar a las estrellas.

    «Somos polvo de estrellas.» – Carl Sagan

  • Eliminando distractores para ser más productivo.

    Eliminando distractores para ser más productivo.

    Una de las herramientas fundamentales a la hora de multiplicar nuestra productividad personal es nuestra fuerza de voluntad.

    El problema es que ésta, como herramienta, quizá no esté preparada y con una puesta a punto capaz de responder ante las necesidades que se le presenten.

    Por eso, como una forma de engrasar y afilar esta herramienta, debemos complementarla y ayudarla con pequeños pasos previos que pueden suponer un gran cambio al final.

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    Distractores ¿Qué son?

    Por distractor entendemos aquel elemento que nos fuerza a cambiar de foco y, por tanto, a perder la concentración de lo que estamos haciendo.

    Existen dos tipos de distractores:

    • Los distractores internos: son aquellos que tienen que ver con nuestro propio estado mental y nuestra capacidad de concentrarnos. Un problema familiar, de pareja, laboral, etc. que contínuamente está pasando por nuestra cabeza es un ejemplo claro de distractor interno.
    • Los distractores externos: relacionados con los elementos a nuestro alrededor que pueden desconcentranos.

    ¿Cómo evitarlos?

    Hoy nos vamos a fijar en los externos porque son, en mayor medida, los que podemos más fácilmente erradicar de nuestro entorno.

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    Cuando nos decidimos a comenzar una tarea el paso previo que debemos realizar para estar en condiciones de alcanzar un buen grado de concentración en ella es eliminar de nuestro alrededor todos y cada uno de los elementos que consideramos posibles distractores externos.

    Os pongo una lista ejemplo:

    • Teléfono móvil: apagarlo o, al menos, colocarlo en silencio para que ninguna de sus notificaciones nos afecte durante el tiempo que estamos trabando.
    • Televisión y otros dispositivos: En la actualidad disponemos de un sinfín de aparatos que pueden terminar por distraernos. Apagados.
    • El ordenador: Asumo que muchos de los que leéis esto tenéis que trabajar por fuerza con un ordenador y, por tanto, queda descartado apagarlo, pero…:
      • Deshabilita cualquier tipo de notificación.
      • Cierra todos los programas de mensajería instantánea (incluso los que vienen integrados en las aplicaciones web).
      • Evita entrar en ninguna red social salvo que sea imprescindible y en tal caso céntrate en la tarea que vas a realizar.
      • Si trabajas con música, prepárate de antemano una playlist que supere con creces el tiempo que tienes pensado dedicarle al trabajo.

    Al final todo esto reduce a que elimines de tu alrededor todo aquello que consideres que en un determinado momento puede hacerte cambiar de contexto y, por lo tanto, perder el hilo de lo que estabas haciendo.

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    Son sólo ejemplos y eres tú el que debes adecuarlo a tus necesidades.

    En mi caso estoy empezando a ocultar la barra de inicio para no centrarme en el reloj y no preocuparme más que de aquello que estoy haciendo.

    Esto sólo es el paso previo y en nada garantiza alcanzar los objetivos propuestos: detrás queda mucho más trabajo que realizar. El siguiente paso lo tenéis excelentemente explicado en este artículo sobre consecución de metas (http://psicoesfera.wordpress.com/2013/09/10/el-ano-empieza-en-septiembre-consigue-tus-metas/).

  • No dejes de usar el microondas

    Y menos por una premisa falsa.

    Microondas
    Microondas convencional

    El horno de microondas (comúnmente conocido como microondas) es uno de los electrodomésticos casi indispensables en la mayoría de cocinas en la actualidad pero, sin embargo, existen una serie de falsos mitos a su alrededor que le han dotado de una «peligrosidad» que en realidad no tiene.

    Historia y Fundamentos

    Durante la 2ª Guerra Mundial la ciencia aplicada experimentó un gran avance. Con la llegada del RADAR y sus aplicaciones civiles el horno de microondas apareció, como la mayoría de cosas, casi por casualidad.

    Fue un ingeniero que estaba realizando pruebas con el RADAR y un magnetrón. El magnetrón es un dispositivo que mediante unos imanes y una serie de ranuras consigue transformar la energía eléctrica en energía electromagnética en forma de ondas microondas.

    Las ondas microondas son ondas electromagnéticas cuya frecuencia se situa entre los 300 MHz y los 300 GHz y son bastante más comunes de lo que nos pensamos. Por poneros un ejemplo, la televisión, las redes de comunicaciones inalámbricas (Wi-Fi) y la telefonía móvil emplean el mismo rango de frecuencias.

    El ingeniero que estaba realizando pruebas con el magnetrón, Percy Spencer, descubrió que la chocolatina que llevaba en el bolsillo se había derretido.

    Tras realizar algunos experimentos más llegó a la conclusión de que los alimentos sufrían un proceso de calentamiento al incidir sobre ellos ondas microondas. Más tarde se comprobó la razón. La molécula del agua, presente en la mayoría de alimentos, así como algunas grasas, sufren un proceso por el cual liberan energía en forma de calor cuando son irradiadas con ondas microondas.

    Es muy importante en este momento dejar clara una cosa: la radiación producida por las ondas microondas es de caracter no-ionizante. Esto viene a significar que este tipo de radiación no cambia las características estructurales de la molecula y, por lo tanto, no entraña el riesgo para la salud que otras radiaciones ionizantes sí que tienen: los rayos X, por ejemplo.

    El horno microondas.

    Han pasado ya unos cuantos años desde su descubrimiento y el aparato que a día de hoy disfrutamos en nuestras casas dista mucho del enorme armatoste con el magnetrón dentro que se empezó a comercializar en los años 50.

    Nuestro aparato se compone en esencia, del mismo sistema, aunque de proporciones reducidas, que lo que busca es aislar las ondas microondas en su interior para aumentar su eficiencia. Por eso la caja es una caja aislante que filtra las ondas para evitar que éstas salgan del recinto de cocción.

    Lo relevante es que el único riesgo que entraña el horno de microondas para la salud humana radica en el hecho de que al radiar ondas a potencia elevada puede hacer que nuestras moléculas de agua generen calor y nos produzcan quemaduras. Pero esto sólo ocurriría si el aislamiento fallase estrepitosamente y tuviéramos la cabeza dentro del aparato.

    Pero pese a esto todavía existe gente que desconfía de estos dispositivos considerándolos nocivos e incluso he llegado a escuchar que culpables del desarrollo de algunas enfermedades. Nada más lejos de la realidad científica. Lo curioso, sin embargo, es verlos decir todo esto con el móvil pegado a la oreja conectado a su red WiFi a escasos metros de distancia.

  • Polymath

    Polymath

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    Years ago, in the middle of 15th century, at Vinci, Republic of Florence, a child was born.

    This child had a destiny. He was going to change the entire world.

    One man. The whole world.

    With him, the myth of the «Reinassance Man» became true. A man who was capable to of concentrate the knowledge of many and diverse areas. A man able to know about physics, architecture, music, painting.

    This type of human being was called polymath, and the man himself, Leonardo Da Vinci.

    Nowadays his work lasts.

    The Gioconda in painting.

    The helicopter and the submarine in engineering.

    The Viturbian man in anatomy.

    And the list continues.

    But back to the actual reality, in the 10s of the 21st century the «polymath» seems doomed to disappear. The engineers must specialize his knowledge in something instead of having a deep background in many areas.

    Is this the correct path?

    Who knows. But there is one thing important to take into consideration: only with the join of both, the art and the science, the mankind will be able to change the world as we know it now.

  • [CCNA Voice] Introducción a la Voz sobre IP (I)

    Fue a finales de 1800 cuando Thomas A. Edison inventó (o tomó prestada la idea) de lo que se convertiría en el primer dispositivo de grabación de voz de la historia: el fonógrafo.

    Este dispositivo convertía la voz humana en señales eléctricas que se registraban sobre una película de un material específico y que posteriormente se podían reproducir.

    No se tardaría mucho en trasladar este invento al ya establecido telégrafo y, en consecuencia, dar lugar al nacimiento de la telefonía.

    Con el paso del tiempo el ser humano ha ido perfeccionando las técnicas de muestreo de señales analógicas (la voz lo es) y ha dado paso a los procesos de digitalización: muestreo y cuantificación.

    Gracias a estos sistemas cualquier señal puede ser representada por un número finito de bits, ya sabéis, cero o uno, y por tanto almacenada de forma mucho más sencilla.

    Para el proceso de muestreo se hace uso de un teorema que desarrolló Harry Nyquist a principios del siglo XX y que de forma muy resumida y ligera viene a decirnos que para que no se pierda información la cantidad de muestras que deben tomarse de una señal debe ser el doble de su ancho de banda (cantidad de banda que ocupa esa señal). Tenéis el teorema mucho mejor explicado en este enlace: Teorema de Nyquist, pero sirva esa pequeña explicación para poder entender las limitaciones de muestreo.

    Siguiendo con esta idea, estudios sobre el funcionamiento del oído humano demostraron que, de media, un oído común es capaz de detectar señales del rango entre 20 Hz y 20.000 Hz pero que nos basta con un ancho de banda entre 300 y 3.400 Hz para identificar correctamente el tono y el significado del habla humana.

    Es comprensible que se buscase desde el comienzo minimizar los recursos necesarios para permitir la comunicación de voz y por ello se estableció el rango de frecuencias de hasta 4.000 Hz como estándar.

    Así, haciendo uso del teorema de Nyquist necesitaríamos el doble de muestras para no perder información, esto es, 8.000 muestras por segundo.

    El segundo aspecto del proceso de digitalización es la cuantificación: asignar un valor numérico a un determinado valor analógico. Aquí hay pérdida de información inherente y es imposible evitarla puesto que no podemos representar una escala infinita (mundo analógico) mediante una escala finita (mundo digital). Se estableció que cada muestra se representaría por un byte (8 bits).

    Con esta información es bastante sencillo calcular el total de ancho de banda en bytes que se requiere para la comunicación de voz estándar: 8.000 muestras por segundo, 1 byte por muestra = 8.000 bytes por segundo o, lo que es lo mismo, 64.000 bits por segundo (64 kbps).

    Se conoce como Digital Signal 0 (DS0) al canal básico de telefonía cuyo ancho de banda es, como podréis intuir, de 64 kbps.

    Una vez alcanzada la capacidad de digitalizar la señal era cuestión de tiempo que los ingenieros de redes desarrollaran la posibilidad de enviar la información de voz a través de las redes de interconexión de datos actuales pasando de una conmutación de circuitos donde se establecía un circuito único entre emisor y receptor a una conmutación de paquetes donde pequeñas porciones de la comunicación viajan por distintos caminos desde el emisor para ser recibidas, ordenadas y correctamente escuchadas por el receptor, dando origen a lo que conocemos como Voz sobre IP.

    Gracias a esta tecnología disponemos en la actualidad de la capacidad de integrar todos los servicios de comunicación: voz, vídeo y datos a través de una única red de intercomunicación lo que, sumado a los altos anchos de banda que se están alcanzando, nos abre la puerta a una amplia cantidad de aplicaciones de comunicación.

  • La cultura del esfuerzo

    Prácticamente desde que nacemos se nos inculca un concepto que algunos tienden a llamar «cultura del esfuerzo».

    En realidad la «cultura del esfuerzo» no es más que la relación directa entre el éxito y el esfuerzo que necesitas para alcanzarlo.

    La televisión, la literatura, nuestra propia tradición transmite entre generaciones esa «cultura del esfuerzo». Pero cuando ya llevas unos años en esta vida y empiezas a conocer su letra pequeña te asaltan algunas dudas.

    ¿Qué hay de cierto en esa cultura del esfuerzo?

    Nuestro entorno y, en muchos casos, nosotros mismos, obviamos una parte importante de esa relación directa de la que hablaba hace un momento: no es una relación causa – consecuencia. No siempre que nos esforcemos vamos a conseguir el éxito y, lo que es todavía peor, puede darse el caso de que nosotros, o alguien que conozcamos, o veamos por televisión, alcance el éxito sin necesidad de esfuerzo. Y digo lo que es peor porque sienta dos terribles precedentes en nuestro interior: el primero es que es algo factible alcanzar el éxito sin pegar un palo al agua, el segundo, todavía más dañino, es el de pensar de qué nos sirve esforzarnos si a otros ese éxito que buscamos les llegará antes y sin que tengan que mover un sólo dedo.

    ¿Qué es realmente la cultura del esfuerzo?

    Digamos que, en realidad, la relación de la que hablo al principio es una relación de probabilidad. Cuanto más te esfuerces, cuanto más lo intentes, cuanto más te repongas de tus fracasos rápidamente y vuelvas a comenzar mucho más probable será que logres el objetivo que buscas y más duradero será el éxito asociado a él.

    Ya, pero ¿cuál es la letra pequeña?

    La letra pequeña la conocemos todos pero nos obligamos a olvidarla queriendo creer que el mundo es un lugar idílico. El fracaso, el esforzado trabajador que no tiene para comer, el licenciado que se malvende en un trabajo basura, el vago que termina siendo director, el oportunista que acaba ganando mucho dinero, el rico que se enriquece más, el gobernante corrupto que sale indemne de sus tropelías, el incompetente que ocupa cargos de responsabilidad y, el que más me gusta de todos, el inútil que se cree alguien.

    Pero esto no le resta ni un ápice de realidad a la esencia de la cultura del esfuerzo: cuanto más lo intentes, más cerca estarás de conseguirlo. Porque en cada iteración, en cada intento fallido, generamos un bien de valor incalculable: una experiencia más de cómo no hacer las cosas. Y llegará el día, si seguimos intentándolo, que por fin la luz se encenderá.

     

    «No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de como no hacer una bombilla.»

    – Thomas A. Edison.

     

  • Buscando tu lugar

    Partamos de la idea clara, digamos que es un axioma, de que todos tenemos nuestro lugar en este mundo.

    Ya sea por el destino, ya sea por la casualidad, pero nuestra configuración genética y mental es única e irrepetible. Jamás habrá alguien como nosotros sobre la faz de la tierra y eso, además de ser algo maravilloso nos transfiere la responsabilidad de hacerlo valer.

    A veces, confundidos por una marea monocromática, pensamos que lo mejor es mezclarse con los que son parecidos, o que aparentan serlo, para así formar parte de un todo. Aunque con ello perdamos nuestra singularidad y nos convirtamos en una pieza más de una cadena de montaje en serie.

    Pasar desapercibido no es una opción.

    La única opción que nos convierte en verdaderos seres humanos es encontrar esa diferencia, ese punto que nos hace especiales y que termina dotando a nuestra vida de un objetivo, de una misión, de un fin.

    Cuando encontramos nuestro lugar todo encaja, miras hacia atrás y comienzas a comprender todas y cada una de esas escenas, de esos momentos, que no supiste ver. Y entonces la vida cobra su máximo sentido: sentido en la sonrisa por el sueño logrado, sentido en los ojos del amor de tu vida, sentido en el orgullo de un padre, sentido en cada gesto de tu hijo.

    Pero para llegar a ese momento hemos de creernos capaces de marcar la diferencia. De llegar más lejos que nuestros padres, de preparar el camino para nuestros hijos. La culminación del viaje es habernos transformado a nosotros mismos en una nota nueva en la sinfonía de la humanidad.

     

  • La entropía de la vida

    La entropía de la vida

    Últimamente estoy analizando concienzudamente algunos de los aspectos de vivir de forma independiente.

    Uno de ellos es la sensación de que pese a que recojas las cosas, la tendencia innata de todo lo que te rodea es el desorden.

    Ello me ha llevado a terminar dando con la definición de una magnitud física: la entropía. Si tenéis tiempo, ganas, y unos mínimos conocimientos en física os recomiendo enérgicamente que le echéis un vistazo al interesante artículo sobre ella que tiene la Wikipedia. [ Entropía ]

     

    A grosso modo y para que nos entendamos, la entropía aplicada a nuestro caso es un concepto relacionado con el desorden de un sistema, su homogeneidad, y viene a decirnos que cualquier estado natural tiene la tendencia innata al desorden y no al revés.

    ¿Por qué?

    Básicamente porque pasar de un estado «desordenado» a un estado «ordenado» consume más energía. Y tiene sentido, podemos dejarnos llevar en el día a día y los cestos, mesitas, cómodas y camas comenzaran a tender a un estado caótico sin lógica salvo que hagamos un esfuerzo, aportemos esa energía necesaria para alcanzar el estado «ordenado».

    Y he aquí que me pregunto yo…

    Si la naturaleza tiende, en esencia, al desorden, ¿quiénes somos nosotros para ir contra natura?