En su cuadragésimo tercer año de vida, William Stoner aprendió lo que otros antes que él habían aprendido: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra
Es casi seguro mi novela de 2026.
Existen libros que después de terminados dejan un flotando en el aire la emoción que despertó su lectura. Si tuviera que describir el sabor de Stoner me costaría definirlo. Diría que, sobre todo, es una novela que habla de la vida. Y la vida, es, en esencia, esperanza y melancolía; sueños y recuerdos.
Los primeros nos proyectan hacia el futuro mientras que los segundos nos sujetan al pasado. Vivimos suspendidos entre ambos, tratando de alcanzar aquello que todavía no existe mientras aprendemos a convivir con la certeza de aquello que ya no puede volver.
William Stoner nace en una familia pobre de agricultores del medio oeste que sobreviven a duras penas. En un intento por mejorar sus vidas y tras mucho esfuerzo, sus padres consiguen enviarle a estudiar ingeniería agrícola a la Universidad de Missouri. Allí Stoner conocerá su primer y probablemente gran amor: la literatura inglesa y su vida tomará un rumbo distinto al que parecía llevar escrito desde el principio.
Lo verdaderamente bello de la novela es que su único propósito parece ser contarnos la vida de alguien que nunca buscó ser excepcional. No es un héroe ni destaca por ser alguien diferente al resto. Es, en su más profunda esencia, un hombre como otro cualquiera y es precisamente en esa absoluta normalidad donde la novela se convierte en extraordinaria.
Está, además, fabulosamente escrita. De tal manera que, aún con un narrador en tercera persona, el vínculo con el protagonista es total. John Williams construye una historia capaz de introducirte en el interior del personaje hasta el punto de sentirte tan unido a él que después de terminar todavía te resuena su voz.
Una novela que te habla a través de la vida de un desconocido de tus propios miedos y de tus anhelos. De las preguntas que la vida responde y de las que deja sin contestar. Es un canto a la normalidad. En tiempos donde solo sirve lo diferente, Stoner se encarga de mostrar que esos miedos y esos anhelos no son solo tuyos, nos pertenecen a todos por igual.
Corría el año 1994 cuando Mitsubishi lanzó una campaña de publicidad en la que en una apartada aldea de Guadalajara, un afable pastor preguntaba acerca de los cambios que habían ido sucediendo en los últimos años y terminaba con esa pregunta que se convertiría en mítica: ¿Y el Madrid qué, otra vez campeón de Europa?
Para un chaval de 10 años, como los tenía yo por aquel entonces, había cierta mística alrededor de los años de sequía en el Bernabéu. Parecía que alcanzar el cetro europeo era una gesta que tenía mucho de leyenda antigua.
Una leyenda que hablaba de épica, de logros por encima de la lógica, en la que jugadores extraordinarios alcanzaron la gloria coronándose múltiples veces como los mejores futbolistas en competiciones de clubes y mostrando al mundo una hegemonía en su fútbol tan incomparable que se llegó a transformar el éxito en normalidad esperada.
Pero entonces, la diosa Fortuna decidió que la historia debía convertirse en leyenda y que, para eso, pasasen decenas de años en los que el Madrid no fuera capaz de lograr un título europeo.
Y de ahí, el buen pastor, alejado de todo el cambio, preguntando por aquella época dorada, ajeno a la maldición que asolaba las urnas del Bernabeu.
Cierto es que cuatro años más tarde Pedrag Mijatovic rompería con esa maldición y daría paso a una de las etapas más gloriosas del equipo merengue en Europa, pero esa es otra historia.
Fue en ese mismo año, en 1994, cuando Italia nos apeó del mundial de EE.UU. (al final, todo está conectado de alguna forma) en aquel partido para la historia en el que Tassotti le fracturó el tabique nasal a Luis Enrique.
Mi memoria alcanza hasta ahí, 1994, luego llegarían los sucesivos Francia 98, con el error de Zubi, Corea y Japón 2002, con el atraco de Al Ghandour o Alemania 2006 cayendo ante la Francia de Zidane.
Existía, enmarañada en esa memoria, una especie de sensación latente en todas las sobremesas donde se hablaba de fútbol: a España, como selección nacional, no se la tenía en cuenta en los pronósticos.
Se hablaba de quizá alcanzar alguna vez una final europea como horizonte final en las aspiraciones del aficionado español, pero un Mundial eran palabras demasiado grandes para un equipo supuestamente tan pequeño. Siempre caeríamos en algunos fatídicos cuartos de final.
En 1994 ganó el Mundial la Brasil de Bebeto y Romario ante la Italia de Baggio, con esa icónica imagen suya tras fallar el penalti decisivo.
En el 98 fue la Francia de Zizou ante una Brasil de videojuego.
Cuando el adolescente que era por aquel entonces trataba de entrometerse en las conversaciones de adultos, la sensación era que nuestra selección no tenía la historia, ni la mística, ni el empaque que sí que tenían otras, especialmente las sudamericanas: la Brasil de Pelé, la Argentina de Maradona o la Uruguay de Varela y su Maracanazo.
No estábamos preparados, decíamos, y lo decíamos con la tranquilidad resignada de quien ya ha aceptado su lugar en el escalafón de la historia del fútbol. Quizá ni siquiera queríamos estarlo: hay una comodidad extraña en la derrota anunciada, en pasar de fase de grupos como expectativa, en la broma que uno se hace a sí mismo antes de que se la hagan los demás. Y eso es muy nuestro.
Pero la historia, que rara vez avisa y nunca pide permiso, ya había puesto en marcha un reloj distinto. Faltaban catorce años para que un chaval llamado Fernando Torres empujara un balón por encima de Lehmann en el Ernst Happel de Viena y, con ese gesto que parecía sencillo, partiera en dos la historia de una selección que hasta entonces solo sabía perder con dignidad. 2008. Cuarenta y cuatro años de travesía liquidados en un solo toque.
Y en esa España del cuestionadísimo Luis Aragonés, empezó a cristalizar la pregunta que ha hecho famosa Laporte estos últimos días: ¿Y por qué no?
Dos años más tarde Iniesta, en el 116 de nuestras vidas, nos respondía a todos.
Quedaba en el aire, por entonces, la duda de si esto había sido el fogonazo de una generación irrepetible o algo más.
Los siguientes tres mundiales desenterraron las viejas tradiciones españolas de tirarnos por tierra antes de que vengan a hacerlo los de fuera: Sí, habíamos sido campeones del mundo, pero por una combinación única de factores excepcionales. Tocaba aceptar que no volvería a pasar.
Tras el último fracaso llegó otro Luis, De la Fuente, cuestionado como el primero (me pregunto si en este país solo se puede creer en aquellos que antes se dudó), y decidió que al futbol, al moderno y al antiguo, al de la calle y al del Metlife Stadium, se juega en equipo.
Construyó sobre esa base un proyecto que volvería a lanzar al mundo el mismo mensaje que el de la generación de 2008: mientras a otras selecciones se las recuerda por sus estrellas, a nosotros se nos recordará siempre por nuestra forma de jugar al fútbol.
Y volvió a pasar, una tarde de bochorno de julio, a miles de kilómetros de España, en la batalla de todos los tiempos ante la Argentina de Messi, veintiséis jugadores convirtieron 120 minutos en un escaparate para el mundo entero de cómo se gana al fútbol: destrozando el discurso cancherista que había arropado tantas tropelías durante tantos años y enterrando definitivamente la mentira de que los equipos se construyen alrededor de una estrella.
Lo único que gira alrededor de una estrella son los planetas, pero en el universo del fútbol, quienes más brillan no son las estrellas solitarias, sino las constelaciones.
Quizá entonces, dentro de treinta o cuarenta años, algún niño escuche hablar de aquella España que ganó una Eurocopa, un Mundial, otra Eurocopa, la Nations League y volvió a conquistar el mundo cuando nadie la señalaba entre las favoritas. Quizá le parezca una exageración, una de esas historias que los mayores adornan con el paso del tiempo, como nos parecían a nosotros las cinco Copas de Europa seguidas del Madrid o el Maracanazo de Uruguay.
Y tal vez, en algún bar de carretera, en una sobremesa cualquiera o en un pueblo perdido donde el tiempo parezca haberse detenido, alguien pregunte con la misma ingenuidad de aquel pastor de Guadalajara:
– ¿Y España qué? ¿Otra vez campeona del mundo?
Y sonreiremos.
Porque entenderemos que la pregunta ya no habla del presente. Habla de la leyenda.
De esa extraña forma que tiene el deporte de convertir lo imposible en costumbre y, con el paso de los años, transformar la costumbre en nostalgia.
Eso es lo que ocurre cuando una generación consigue cambiar la historia: que quienes llegan después dejan de discutir si fue verdad y empiezan a preguntarse si alguna vez volverá a repetirse.
Antes de ponerme en faena, empezaré por explicar, para aquel que no conozca el concepto, qué es la suspensión de la incredulidad.
En el mundo de la narrativa, ya sea literatura, cine, teatro, etc., existe un contrato implícito entre el autor de la obra y el receptor. Es un contrato mediante el cual ambas partes acuerdan que, durante el tiempo que dura la historia, el espectador/lector acepta que sucedan cosas que no son reales o puedan carecer de sentido en la realidad actual con el fin de disfrutar de la obra.
Esto lleva siendo así desde que el ser humano comenzó a contar historias y funciona perfectamente bien, incluso en escenarios extremos.
Funciona perfectamente siempre y cuando se mantenga la coherencia interna: el lector acepta que suceden cosas inverosímiles pero la historia mantiene la coherencia durante todo ese proceso.
Si esa coherencia se rompe, el contrato se rompe y por tanto, aparece la incredulidad, el temido «Esto no tiene ningún sentido»
Me parecía un soplo de aire fresco en la aparentemente repetitiva escena de la ciencia ficción de los últimos 15 años.
Confiaba, pues, que Proyecto Hail Mary fuera un paso hacia adelante.
Sin embargo, lo que ha conseguido este libro es que incluso le vea las costuras a su novela anterior.
Justo al acabar la historia han habido dos conceptos fundamentales que han quedado flotando en el aire
1. Andy Weir ha decidido romper la suspensión de la incredulidad
Y lo que es peor, lo hace prácticamente desde el principio. Son pocos los capítulos leídos cuando de repente todo empieza a oler mal: coincidencias, exageraciones, personajes muy poco trabajados y un intento constante de dotar a la historia de una pátina de cientificidad que ni necesita ni ayuda en nada.
El problema es que si esto pasa al principio, os podéis imaginar cómo termina la cosa.
Un profesor de instituto americano que, de la nada, se convierte en el héroe salvador de la Tierra, capaz de entender cuando sea necesario de la más avanzada biología molecular como, al instante siguiente, si la historia lo precisa, ser un experto astronauta realizando cálculos de trayectorias afectadas por la relatividad.
Es tan absurdo que no te saca de la historia, te echa a patadas de ella.
A partir de ahí, una buena premisa, una idea que sí que es innovadora, y cientos de páginas destrozándola con situaciones inverosímiles: objetos que aparecen en el momento justo, alienígenas que recorren millones de kilómetros a una velocidad cercana a la luz sin conocer qué es la radiación, la relatividad o la electrónica.
El final, para rematar, es condenadamente peliculero. Lo cual, tras el éxito cosechado por la adaptación cinematográfica de El Marciano, me ha llevado a pensar que Weir ha escrito esta novela pensando mucho más en su posible tránsito a la gran pantalla que en regalarnos una buena historia.
2. Andy Weir no sabe construir personajes
De nuevo, al poco de estar leyendo la historia caes en la cuenta que Ryland Grace, el heroíco protagonista de la historia, no es Ryland Grace, es en realidad, ¡¡¡Mark Watney reencarnado!!!
Es exactamente el mísmo tipo de personaje, el mismo humor, las mismas interacciones con el lector…
Si Watney sufría por sobrevivir en Marte, Grace lo hace por sobrevivir en Tau Ceti. A partir de ahí, dos clones.
El resto de personajes resulta aún más flojo. En especial el alienígena Rocky, presentado como un superingeniero capaz de resolver problemas de una complejidad extrema, pero que al mismo tiempo se comporta como un adolescente perpetuo. Esa combinación, lejos de resultar entrañable, termina siendo un lastre: no profundiza al personaje, sino que lo convierte en una caricatura funcional, diseñada más para facilitar la trama que para sostenerla con verosimilitud.
Es evidente que construir personajes fuertes y que aporten a la historia no es el fuerte de Andy Weir.
Conclusión
Sigo sin entender por qué los best-sellers se convierten en best-sellers. Es un total misterio para mí.
Tampoco entiendo que personajes influyentes del mundo científico recomienden este libro. Sí, de acuerdo, habla de relatividad y de conceptos de astronomía. Pero, en el fondo, no deja de ser una historia infantil embadurnada de tecnicismos. No es una buena novela.
Con el tiempo me he dado cuenta de que ese contrato implícito de suspensión de la incredulidad se vuelve cada vez más frágil. Donde antes había margen para el asombro, ahora aparece la grieta de la incoherencia.
Cuando eres joven, estás dispuesto a aceptar más atajos, más trampas, más concesiones internas. La coherencia importa menos porque la ilusión pesa más. Pero los años y, supongo, la experiencia de vivir, van afinando ese radar que detecta lo que no encaja.
Quizá todo esto no sea más que una forma algo más elegante de admitir que, con la edad, vamos perdiendo un poco de esa capacidad tan valiosa de creer en la magia que teníamos de niños.
El legendario artúrico ha tenido para mí un aura mística desde siempre.
Es muy probable que influído por una época donde los dibujos y las películas trasladaron la leyenda del gran Rey de Camelot, su Mesa Redonda y el mago Merlin a la televisión y el cine.
Merlín, el encantador, fue el punto de partida si he de hacer memoria. Ahí seguramente comenzó para mí ese misticismo, esa sensación de reino lejano y desconocido que hablaba de espadas clavadas en piedras y de magos con sombrero de pico.
Bernard Cornwell dibuja en su saga un perfil totalmente distinto. Con un peso histórico muchísimo mayor aunque sin renunciar a la la fantasía y al misterio de la magia.
Derfel Cadarn, protagonista de esta historia, es un huérfano que vive en Ynys Witrin, una fortaleza donde el druida britano Merlin gobierna con el objetivo de reunificar la antigua Britania y desde donde acumula todo el conocimiento antiguo.
Muchos años más tarde, recluído en un monasterio, el monje Derfel rememora la historia de su vida ligada a la del gran Arturo, hijo bastardo de Uther Pendragon.
El rey del invierno, 1995, Bernard Cornwell, consigue trasladar la verosimilitud de las novelas históricas a una leyenda tan manoseada y, muchas veces ultrajada, como la de Arturo y sus Caballeros.
Es una visión realista, sin adornos, en la que se respeta el contexto de la Alta Edad Media y en donde la magia y la fantasía se presentan más como construcciones de la tradición oral de relatos que terminan por convertirse en leyendas.
Y aunque es cierto que Cornwell logra distanciarse en gran medida de la fantasía medieval tal y como la conocemos, en algunos pasajes sigue evocándome “El Gigante Enterrado” de Kazuo Ishiguro: esa sensación de no saber si lo narrado es real o imaginario, si ocurrió realmente o se trata de un relato mítico surgido de la memoria difusa de un monje en los últimos días de su vida.
El rey del invierno es una novela completa, sólida en sus personajes, en su trama y en esa manera tan eficaz de dialogar con las historias que ya conocemos por la cultura popular. Personajes como Ginebra, Lancelot, Galahad, son nucleares en la historia, pero no son los que han habitado en las leyendas, sino que Bernard Cornwell consigue transformarlos en personajes de carne y hueso.
Si la vuelta a la pantalla de los grandes personajes de Dragon Ball ya era el acotencimiento del año, ahora se había convertido en el evento de los últimos quince.
Atrás quedaba la fallida Dragon Ball GT, de la que Toriyama siempre renegó y Dragon Ball Super, un intento con sus luces y sus sombras de darle continuidad a la saga.
Dragon Ball Daima pretende volver a sus orígenes. Lo hace, además, reeditando los inicios de Dragon Ball GT, pero esta vez, en lugar de Son Goku, son todos los personajes principales quienes regresan a la infancia.
Falta por ver, una vez definida la premisa, cómo de bien se iba a llevar a cabo el desarrollo.
Llevamos tres episodios y hay cosas a desctacar:
Una factura impoluta
Si hablamos de la parte técnica, Dragon Ball Daima es, probablemente, la mejor animada de todas las series de Dragon Ball. Y en algunos momentos, con muchísima diferencia.
Atrás quedan esos episodios lamentables de Dragon Ball GT, o esos personajes burdamente dibujados de Dragon Ball Super.
En el primer episodio se hace un repaso a los grandes momentos de la saga con una reedición del dibujo asombrosa y la calidad se mantiene durante estas tres primeras entregas.
Queda por ver si serán capaces de seguir al mismo nivel.
Un desarrollo interesante
Si bien la premisa ya está vista, por ahora la historia parece querer llevarnos de la mano al orígen de todo: la serie matriz Dragon Ball. A ese Goku pequeño y despreocupado que luchaba contra monstruos de un poder relativo sin que el mundo estuviera a punto de desaparecer en cada instante.
Aunque todo se desarrolla en el mundo demoníaco, la percepción de que la historia nos devuelve a esa intrascendencia, a ese amor por las cosas más sencillas y menos relevantes, ha sido el mejor de los descubrimientos hasta ahora.
Sí que es cierto que todo apunta a que no aguantará mucho: los personajes, aun siendo niños, mantienen sus poderes y entiendo que sus oponentes tendrán que estar a la altura.
Pero ya no es todo esa carrera sin frenos hacia la enésima transformación, hacia el poder de los dioses super guerreros. Ahora las batallas se dan por unas cuantas hamburguesas. Y eso me encanta.
La nostalgia
Bien es cierto que todo esto parte de que muchos de los que nos acercamos a Daima lo hacemos con la retina cargada de recuerdos de Goku y sus aventuras hace más de veinte años.
La nostalgia siempre ha sido un arma de doble filo, pues en su capacidad de atraer reside también el peligro de hacernos ver que nada volverá a ser como antes.
Sin embargo Daima ha conseguido hasta ahora mostrarse lo suficientemente independiente de sus predecesoras para, aún llevándonos de vez en cuando por los senderos de los recuerdos, convencernos de que se trata de algo nuevo y diferente.
Queda mucho por recorrer en esta nueva aventura, pero apunta a ser apasionante.
Si algo no es Jujutsu Kaisen es una serie de lucha entre hechiceros y maldiciones. O quizá más bien, no es sólo eso.
Reducir una serie tan completa a la eterna lucha entre el bien y el mal es hacerle un flaco favor a uno de los mejores animes de los últimos tiempos.
Es evidente que, en la superficie, puedes quedarte con eso. El enfrentamiento entre esa humanidad a la que nos aferramos y aquellos monstruos a los que les negamos ningún vínculo. Pero Jujutsu Kaisen es también un ejercicio de reflexión acerca de los demonios propios, acerca de la batalla interna de un adolescente que se encuentra en la encrucijada de no saberse héroe o villano.
Sobre esa base, la serie desarrolla una amalgama poderosa de personajes que te acompañan en una narrativa épica y muy bien estructurada. Nada es superfluo y hay poco de exceso en sus dos primeras temporadas y en su OVA.
Yuji Itadori es ese adolescente empeñado en enfadarse consigo mismo, incapaz de encontrar algo que le apasione en la vida y que no se reconoce en ninguno de los posibles futuros que le brinda su realidad. Es un héroe sin mística que en su búsqueda de respuestas encontrará a Satoru Gojo, sin duda el personaje en mayúsculas de la serie.
Gojo es una brújula extraña en este viaje. No sabes si lleva tiempo estropeada o si todo obece a un plan superior, pero arrastra de una forma visceral al espectador a su mundo. Esconde mucho más de lo que muestra, pero intuyes que tras esos ojos reside un poder descomunal.
Con ellos, como digo, Jujutsu Kaisen despliega un conjunto de personajes secundarios tan complejo como atrayente, tejiendo una intrincada historia que los termina conectando a todos y dejándote tras sus más de 40 episodios con ganas de mucho más.
Cuando el fenómeno de Sensación de Vivir estalló en España yo todavía era demasiado pequeño para ni siquiera comprender de qué trataba todo el tema.
Sin embargo me subí al tren de las series de instituto poco después y, desde aquel entonces, me convertí en un apasionado fan de las mismas.
Dawson Crece
Unos años después de que las aventuras de Brenda y Brandon hicieran las delicias de los adolescentes españoles, una de sus coetáneas, Dawson Crece, llegaba a la televisión en abierto.
Fue entonces cuando coincidió con mi etapa en el instituto y no tardé en aficionarme a una serie que reunía los ingredientes ideales para un chaval en plena pubertad: estudiantes, triángulos amorosos y problemas juveniles.
One Tree Hill
Más tarde aterrizaría la que considero justa y digna heredera de Dawson Crece, One Tree Hill, que mantenía la esencia de su predecesora, y extendía su capacidad de acción a personajes ya en una adolescencia tardía y principio de juventud.
De nuevo coincidía justo con mi momento vital y no pude evitar caer en sus intensas redes de relaciones, superación personal y desafíos ante las responsabilidades de hacerse mayor.
Si Dawson Crece se centraba en el descubrimiento de las emociones adolescentes, de los primeros amores fugaces y del inicio del camino hacia una versión más adulta de nosotros, One Tree Hill conectaba con una visión más madura de las relaciones. El foco pasaba ahora a temas más complejos y los analizaba desde la mirada de quienes ya habían superado sus amores de verano.
Pese a todo, seguía siendo una perspectiva edulcorada de la realidad, que todavía adolecía de la inocencia de quienes comienzan el viaje con ilusión pero con desconocimiento.
Friday Night Ligths
Y llegamos a la tercera de la triada, la que, para mí, cierra ese ciclo de series adolescentes con las que puedo relatar mi paso por aquella etapa de mi vida.
Lo curioso de esta es que la dejé a medio terminar y no fue hasta hace unos días que no completé la quinta temporada.
Diez años después.
Friday Night Lights es una serie que extiende una película homónima estrenada 2 años antes. Se distingue del resto de series por una narrativa algo más cruda y una forma de realización distinta, con planos movidos y tonos mucho más apagados.
Busca trasladar al espectador una sensación más realista, a veces tratando de imitar una especie de documental, con planos de la ciudad tejana donde se desarrollan los acontecimientos.
Ambientada en un pueblo ficticio de la profunda Texas, la historia se centra en el equipo de futbol americano del Instituto: Los Dillon Panthers. FNL es una serie que desarrolla temas mucho más complejos que Dawson Crece u One Tree Hill. A pesar de que mantiene cierto contacto con los problemas adolescentes, en este caso pone el foco en cuestiones como la presión social, la educación sexual o el desarrollo profesional y personal.
Es cierto que es una serie irregular. Una primera temporada muy buena seguida de unas cuantas que se van desinflando (hecho en parte marcado por la larga huelga de actores y guionista que trastocó el número de episodios y que atropelló el desarrollo de la trama).
Las últimas dos temporadas recuperan algo de ese tono inicial concluyendo con dos capítulos que cierran bastante bien la serie.
A pesar de esta falta de uniformidad en el relato, Friday Night Lights tiene mucho que ofrecer y, a diferencia de las dos anteriores, pulsa mucho mejor las emociones de sus protagonistas.
Si se sostiene a lo largo de sus 5 temporadas es, fundamentalmente gracias a dos personajes con profundidad y complejidad: el entrenador Eric Taylor (Kyle Chandler) y Tim Riggins (Taylor Kitsch).
Dos figuras que participan en las tramas más importantes y en las que percibes una verdadera evolución a lo largo de toda la serie.
El resto de personajes, tanto los que forman parte temporalmente, como los que se mantienen las cinco temporadas, parecen tener menos impacto.
A pesar de ello la serie en su conjunto mantiene una narración creíble y disfrutable y me ha permitido regresar por momentos a aquella ya lejana etapa de mi vida.
Y lo mejor es que, finalmente, habiendo terminado Friday Night Lights, siento que he cerrado ese ciclo de series adolescentes que inicié hace más de 10 años.
Hay muchas formas de hacer cine y todas y cada una de ellas tienen de alguna forma cabida en la gran pantalla.
J.A. Bayona es de esos directores que no hacen un tipo de cine, sino que hacen Cine, como concepto: único y sin especificar.
En su nueva producción, La Sociedad de la Nieve, podemos disfrutar de ese Cine. Una película que combina emoción, drama y personajes en una trágica epopeya basada en hechos reales.
Una misma historia, dos formas de contarla
¡Viven! (1993) alcanzó la fama en su momento por contarnos la dramática crónica de aquel accidente aéreo en los Andes, de las dificultades a las que se tuvieron que enfrentar los supervivientes para lograrlo. Es una grandísima película.
¿Qué sentido tiene hacer una nueva versión de la historia?
Pues porque si bien ¡Viven! se centra en el qué y el cómo de lo sucedido: en qué pasó y en cómo sobrevivieron (haciendo especial hincapié, aunque con elegancia, en ciertos elementos clave de su supervivencia), en La Sociedad de la Nieve, Bayona explora el por qué.
Toda la película transita en el bosque de emociones de los supervivientes, a veces en forma de susurros y otras veces convertidas en gritos, pero siempre buscando la humanidad de cada individuo: tanto de aquellos que salieron vivos de aquel trance, como de quienes se quedaron en el camino.
No son números de un desastre, no hay personajes más protagonistas que otros. Hay personas, cada una de ellas individualmente, representando un universo propio.
Una factura al alcance de pocos
Para poder contar en condiciones los hechos y dotar al conjunto de verosimilitud, J.A. Bayona se rodea de todo lo necesario: una fotografía impoluta, unos actores a la altura de las circunstancias, banda sonora, efectos, que hacen del conjunto una pieza para el deleite (y el esperado sufrimiento) del espectador.
Pero, por encima de todo, está la forma de contar. Porque te puedes rodear del mejor equipo y aún así, para que una película trascienda, necesitas saber contar su historia de tal manera que traspase la pantalla.
La Sociedad de la Nieve lo consigue prácticamente desde el primer minuto, absorbiendo la atención del espectador hasta su escena final.
Una oda a la amistad en medio de los límites de la supervivencia. Un cuento acerca de la bondad humana, del vínculo entre personas, de la vida y de la muerte como elementos antagónicos pero inseparables.
Es una maravillosa, tanto en lo trágico como en lo virtuoso, historia.
Me he dado cuenta de que siento verdadera fascinación por aquellos trabajos, especialmente manuales, que requieren de una profunda concentración y mimo por el detalle.
Artesanos de la cerámica asiáticos, panaderos de la España interior, herreros que usan métodos tradicionales en su forja, todos me transmiten por igual la sensación de ese trabajo duro, pero sutil, que desemboca en productos de calidad máxima.
El vínculo entre el artesano y su producto
El denominador común en todos los trabajos de artesanía, ya sea tradicional, ya sea moderna, tiene que ver no sólo con ese esfuerzo, sino con el amor que transmiten por aquello que hacen.
No es un producto más. Es una forma de expresión. Una manera de comunicarse con el mundo, legándole un producto hecho con sus propias manos.
En esa relación entre el constructor y el objeto surgen vínculos mucho más profundos de lo que una cadena de montaje automatizada será jamás capaz de alcanzar.
La artesanía digital
En una época donde lo digital ocupa un enorme espacio en nuestra vida social y laboral, también debería haber sitio para poder convertirse en artesano.
Reconozco que es difícil, más si cabe cuando se nos empuja en la dirección opuesta. Hoy se enfatiza la eficiencia, relegando al proceso a un segundo plano.
Incluso en aquellos casos donde la calidad es parte inseparable del producto, hemos inventado metodologías para cuantificarla, arrancándole todo posible vínculo emocional y humano.
Puede existir algo que, además de ser bueno, tenga ese mimo especial de las cosas que tienen un significado.
Y si hace 400 años esa emoción se volcaba al afilar una espada, al marcar con las iniciales en una esquina una cuidada tetera china, ¿por qué no podemos hacer lo mismo con nuestros productos digitales?
Una filosofía de vida
La artesanía digital es una forma de comprender nuestra realidad digital acercándola a su perfil humano. Cada palabra escrita un procesador de textos, cada línea de código insertada en nuestro programa, cada imagen revelada o cada beat creado. Todas ellas, elaboraciones del mundo inmaterial de lo digital, pueden tener un pedazo de nuestra alma si nos empeñamos en ello.
Quizá esa es la forma más interesante de diferenciarnos del resto, de buscar la singularidad en un mundo de clones sintéticos.
El papel del artesano digital pasa por llegar al mismo final, pero volcándose especialmente en el camino. Para que al darle significado al mismo, arrastremos parte de nuestra esencia y se la entreguemos a nuestro producto.
Para que, en definitiva, aportemos verdadero valor al mundo.
«El poder no corrompe a las personas; simplemente revela quiénes son realmente.»
James Clear
La cita con la que inicio este post es un estupendo punto de partida para hablar de Succession. La serie de HBO, aclamada por público y crítica, emitió su úlimo episodio el pasado lunes.
Muchos se han apresurado a encumbrarla al olimpo de las series históricas, reincidiendo ese error humano de pretender arrebatarle al tiempo la potestad de decidir quien le sobrevive.
Es, de eso no tengo dudas, una de las grandes series de los últimos tiempos. Y creo que lo ha logrado explotando su mayor virtud: la capacidad de mostrarnos en pantalla la miseria humana que acompaña al sistema de valores en el que vivimos.
El poder, el dinero, la fama, todos ellos caras de una misma moneda que revela nuestras más evidentes carencias, nuestros más oscuros defectos.
Una historia de nuestra generación
Succession es un epopeya en 4 actos que pretende querer hablar de grandes herencias, de corporaciones globales y acuerdos multimillonarios, pero que esconde la tragedia más humana de todas: una familia rota por la ambición desmedida.
Logan Roy es el ejemplo de hombre hecho a sí mismo de manual: construye, de forma implacable, un imperio millonario; decide presidentes, se codea con las élites económicas. Es el éxito personificado.
No hay objetivo que se le resista.
No hay compañía que no pueda comprar.
No hay lujo que no se pueda permitir.
Y justo en ese descomunal éxito a ojos de nuestro sistema, reside su mayor fracaso. En el ocaso de sus días comienza a ver resquebrejarse el mundo: su imperio tiene pies de barro.
Pese a todo, se resiste a aceptar una verdad inevitable, su vida es el resultado de haber sacrificado lo humano por alcanzar ese «sueño» de dominarlo todo y termina el viaje luchando por lo único que quiso más que a sí mismo: el dinero y el poder.
Kendall Roy, el primogénito, el heredero. Quizá lo que mejor defina todo su personaje sean los últimos 15 minutos del último episodio cuando le suplica a su hermana que le deje ser lo único que sabe ser: un sucedáneo de su padre.
Shiv Roy, la mujer. Tan competente y ambiciosa como su padre, pero cometió el error de nacer con el sexo incorrecto. La visión patriarcal de la sociedad y, en especial de su propio padre, le impedirá ser quien podría haber sido y la forzará a buscar la aprobación de forma enfermiza. Su última escena roza la perfección.
Roman Roy, el juguete roto. Para mí el mejor personaje (por papel y por el nivel de Kieran Culkin a lo largo de toda la serie). El más humano de todos y, por ello, el más destrozado por las luchas de poder de su familia. No deja de intentar que alguien le quiera, que alguien le muestre un mínimo de ese cariño que los dólares no son capaces de transmitir. Y, a pesar de que fracasa en su intento, es sobre el que más esperanza hay de que algún día pueda ser feliz.
Evolución y narrativa
Succession es una joya narrativa que hace que el espectador disfrute de una evolución constante de todos sus personajes. Capaz de hacerte amarlos y minutos después despreciarlos, es un fiel reflejo de la cruda realidad de nuestras vidas en las que nada es blanco o negro.
No sólo es un excelente producto de entretenimiento, sino que nos obliga a reflexionar acerca de nuestra propia forma de entender el mundo, sus relaciones y el peso de nuestros valores. ¿De verdad importan tanto el poder, la fama o el dinero?
Al menú lo aderezan personajes que suman su granito de arena a esa estupenda parodia circense. Tom o Greg son ese incompetente capaz de nadar en el furioso océano del poder y sobrevivir a todas sus tormentas. Son parásitos del capitalismo que, a cambio de vender su poca dignidad, se les permite comer las sobras de los altos señores.
La idea detrás de todo y de todos
Pero tras sus últimos segundos el poso de toda la historia, de sus personajes, de su mensaje, empieza a germinar dentro de ti.
Un mensaje claro y meridiano: en la sociedad regida por el dinero, la aristocrática sucesión patrimonial de padres a hijos dejó de tener sentido hace mucho tiempo. Y es el valor fundamental del dinero el que actúa como erupción volcánica para las relaciones personales.
Son quienes más tienen y, sobre todo, quienes menos lucharon por tenerlo, los que dudan menos en sacrificar sus pocos valores morales.
Un divertido espectáculo que da para reflexionar
En su conjunto, Succession es una obra completa, de principio a a fin, con una factura tan cuidada y detallada que te deja huérfano al terminar.
Transita en esa delgada línea entre la pariodia y la reflexión crítica, y nos pone a todos frente al espejo: nos empuja a cuestionarnos nuestros verdaderos valores, nuestros verdaderos objetivos vitales.
Una verdadera gozada.
Nota: 9.5/10
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