Categoría: Cultura

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  • Crítica: Guardianes de la Galaxia Vol. 3

    Crítica: Guardianes de la Galaxia Vol. 3

    Guardianes de la Galaxia es, probablemente, una de las sagas más interesantes de todo el universo Marvel.

    Su primera entrega trajo una forma diferente de abordar las películas de superhéroes y abrió el MCU1 a muchos espectadores.

    Una de las claves de su éxito fue la ausencia de peajes en su historia, lo que le permitió explorar mucho más que títulos más importantes en la franquicia.

    Su tono gamberro y desenfadado funcionó y mostró una forma de abordar sus aventuras con un equilibrio entre humor, épica y acción.

    Es en ese éxito inesperado donde aparece Guardianes de la Galaxia vol.2, en la que, en un intento de integrarla en el arco argumental, obliga a la historia a caminar por las rígidas guías del canon del universo de Marvel. Y es en esas guías donde fracasa estrepitosamente.

    Poco es salvable de esa segunda película, que aboga por cumplir todos los errores de los que carecía su predecesora. Y, lo que es más importante, prueba que las fórmulas del éxito moderno no son matemáticas.

    Buena muestra es que Thor: Ragnarok, se alza con un éxito inusitado replicando la idea de Guardianes de la Galaxia Vol.1 y haciéndolo con un personaje nuclear del MCU.

    Como se dice, el veneno está en la dosis y Marvel iba a inyectarse su propia sentencia de muerte.

    El desolador Multiverso.

    La saga del Infinito termina con dos de las mejores películas del universo Marvel: Infinity War y Endgame. Y con ellas, algunos de los personajes más carismáticos ceden su lugar a nueva hornada de héroes.

    Marvel consideró entonces que esta especie de nueva generación podría repetir el éxito de Guardianes de la Galaxia vol.1.

    Se equivocó.

    Tal vez tocase fondo con Thor: Love and Thunder, pero entregas como Eternals o Doctor Strange, el Multiverso de la Locura, fueron también pruebas fallidas.

    Y, lo que es peor, no se percibía signo de mejora.

    Marvel se reconcilia con el espectador

    Y llegamos a lo que se considera el inicio de la Fase 5, Ant-Man y la Avispa: Quantumania. Un pequeño rayo de esperanza. Una película lejos del nivel de las primeras, pero que recuperaba cierta entereza. Había esperanza.

    Pero bien podía ser flor de un día, o quizá las bajas expectativas ante un personaje tan menor como Ant-Man podían sesgar el juicio de la película.

    Guardianes de la Galaxia, vol.3 era el todo o nada de Marvel: última película de los Guardianes, última película de James Gunn, que se marcha a trabajar para DC, última bala del MCU.

    Y entonces aparece esta pequeña obra maestra.

    Gunn vuelve a olvidarse del corsé y cae en la cuenta de que no le debe nada a nadie, sacándose de la chistera una historia que te recuerda por qué disfrutas tanto de una buena película

    Guardianes de la galaxia, vol.3 lo tiene todo: unos personajes carismáticos, una trama simple pero tremendamente efectiva, una construcción que nace desde lo visceral y que maneja a su antojo las emociones del espectador y una banda sonora que no suma, multiplica.

    Este es el cierre que la saga se merecía, el camino que debe seguir el resto del MCU en esta nueva fase para reencontrarse con el espectador. Aunque vivamos en la época de la producción en cadena, las películas siguen necesitando tener alma.

    James Gunn encuentra de nuevo la fórmula, arregla los números y el resultado es tener en 2023 una verdadera película de aventuras espaciales que te hace reír, te hace llorar, te hace gritar y te hace sentir.

    Yo cuando voy al cine, poco más puedo pedir.

    Nota: 8/10

    I Universo Cinematográfico de Marvel (MCU por sus siglas en inglés)

  • Sociedad Hiperbólica

    Sociedad Hiperbólica

    En el mundo actual, en el que estamos más conectados que nunca, asistimos a una propagación de comportamientos «universales» cada vez mayor.

    A popularizar estas tendencias, como es obvio, ha ayudado disponer de múltiples canales desde donde somos bombardeados insistentemente con patrones de comportamiento a imitar.

    La mayoría de estos patrones pueden parecer a simple vista inocuos, infantiles y sin excesivo impacto en nuestra vida, pero muchos de ellos impregnan nuestra conducta con mecanismos asociados a un determinado rol y una determinada forma de pensar.

    La cultura de la hipérbole

    Quizá uno de los más importantes que he podido percibir: tanto por su rápida progresión como por el evidente impacto en la gran mayoría de nosotros, es lo que he llamado la cultura de la hipérbole.

    Nuestra naturaleza nos empuja a observar todo desde un prisma egocéntrico: entendemos nuestro entorno desde nuestra perspectiva. Eso nos convierte en actores principales de nuestro relato y ahí es donde se cuela esta nueva forma de entender ese relato: la necesidad de convertirlo en antológico.

    Hoy más que nunca somos personajes públicos: tengamos 2 o 2 millones de seguidores en redes sociales, la inmensa mayoría proyectamos nuestras vidas (la parte que nos interesa) hacía el resto de nuestra red social. En esa construcción de una historia protagonizada por nosotros mismos no caben medias tintas, ya no se conciben historias mediocres porque esas historias hace ya mucho tiempo que dejaron de vender.

    En la sociedad hiperbólica el «me gusta» es la moneda corriente y no se consigue trabajando más, sino impactando mejor.

    Si todo es histórico, nada es histórico

    En ese afán por alcanzar siempre una cima más alta que la anterior se termina llegando a la paradoja de normalizar lo extraordinario: lo alternativo es lo mainstream.

    Si todos vivimos momentos históricos, si cada día se alcanza un hito para el recuerdo, en realidad nada lo es ya.

    Es una carrera ciega a ninguna parte y llegará el momento en el que no podamos seguir corriendo.

    Además, toda historia exige su parte de fracaso, su realidad dura, para poner en valor el éxito si se consigue, y en esto a cultura de la hipérbole ha jugado sus cartas manipulando también ese elemento. Todos los que hoy alcanzan el techo legendario de sus vidas, lo han hecho tras esfuerzos excepcionales.

    El relato exige su cuota de sacrificio y la hipérbole no se da solo al alcanzar la cima, sino al valorar también el ascenso a la misma.

    El castillo es de cartón piedra

    Las consecuencias de construir un relato vital basado exclusivamente en exageraciones las vamos viendo cada día más, tanto en nuestra generación como en las siguientes.

    Silenciosamente hemos ido desensibilizando a nuestras mentes ante el impacto de lo diferencial y llegado el momento, nada nos resulta atractivo, nada nos parece diferente.

    Si el ser humano se caracteriza por algo es por su curiosidad. La curiosidad es la fuente de la mayoría de nuestros logros, tanto como sociedad, como individualmente. Si eliminamos la curiosidad, o más bien la exprimimos hasta agotarla, perdemos gran parte de nuestro interés vital y eso nos terminará pasando factura tarde o temprano.

    En parte es como si estuviéramos sustityendo la curiosidad por la necesidad de ser: ahora resultan menos interesantes las historias de los demás, porque por encima de ellas está la nuestra, que es más importante, más increíble.

    En definitiva, seguimos en esa caída libre que nos aleja de la empatía y nos sume en el desierto del individualismo: más conectados que nunca, más solos que nunca.

    Las historias también pueden ser normales

    Como todo movimiento cultural y social, llegará el momento del retorno. La sociedad y el individuo caminarán en la dirección contraria y veremos cómo muchos se apresuran a subirse al barco de la normalidad.

    La hipérbole dejará paso a lo cotidiano y se nos venderá, porque de eso trata todo, que las mejores vidas son las normales porque encierran la esencia del ser humano corriente.

    Hoy no somos distintos a hace 2000 años, simplemente nos damos la chapa más a menudo y entre más personas.

    Regresaremos, quiero creer, a una visión más colectiva de la sociedad. En algún momento el individualismo dejará de ser atractivo y los beneficios de trabajar verdaderamente en sociedad sobresaldrán al afán de protagonismo.

    Mientras tanto, saber surfear las olas de las tendencias es lo que nos va a mantener medianamente cuerdos.

  • Reseña: Tau Zero – Poul Anderson

    Reseña: Tau Zero – Poul Anderson

    Tengo entendido que los grandes aficionados a la ciencia ficción distinguen a este género en dos grandes grupos: Soft Sci-Fi (algo así como ciencia ficción suave) y Hard Sci-Fi (ciencia ficción dura).

    La principal diferencia entre ambas radica en el nivel de complejidad científica de sus tramas. Mientras la primera tiene una dosis relativa de ciencia, la segunda implica conceptos científicos profundos. Así mismo, a diferencia de la ciencia ficción suave, la ciencia ficción dura se toma muchas menos licencias narrativas para enmarcar su relato: las cosas que suceden son científicamente más posibles.

    Tau Zero

    Tau Zero, de Paul Anderson, caería en la definición de ciencia ficción dura. Se trata de una interesante epopeya interestelar que orbita, nunca mejor dicho, entorno a conceptos de física relativista.

    La Leonora Christine es una nave espacial capaz de viajar acelerando hasta alcanzar velocidades cercanas a la luz. Esto permitirá a su tripulación llegar a un planeta con características similares a la Tierra para su investigación en unos pocos años.

    Sus personajes tendrán que vivir en esa nave durante los años que dure el trayecto y enfrentarse a todos los desafíos que un viaje de esas características puede presentar, tanto a nivel técnico como humano.

    Toda la historia se sustenta en la idea de la expansión y contracción del tiempo y del espacio que se produce en los objetos que viajan a velocidades cercanas a la de la luz.

    Esto ya de por sí hace que la lectura se embarre a medida que Anderson desarrolla detalladas explicaciones acerca de la definición del factor Tau y sus implicaciones en la vida de los protagonistas.

    A pesar de que, en general, la base científica que requiere el libro no es excesiva, sí que supone un desafío su lectura.

    Viajes temporales y espaciales

    Tau Zero es, además, un interesante ejercicio de análisis mental y emocional del impacto que produce en las personas los efectos de la Teoría de la Relatividad llevados a la práctica.

    Todavía recuerdo lo impresionado que me quedé cuando leí por primera vez sobre la Paradoja de los Gemelos.

    Aquí son un conjunto de exploradores los que tendrán que hacer frente, no sólo a las dificultades propias de un viaje espacial, sino también a las consecuencias de querer llegar más lejos que nadie y hacerlo lo más rápido posible.

    El libro logra transmitir la desproporción en cuanto a distancias y tiempos que hay entre las medidas estelares y las humanas: lo cortas que son nuestras vidas en comparación con el tiempo y la distancia que nos separa del resto del universo.

    Una aventura que no termina de despegar

    Es cierto que Tau Zero proporciona una lectura entretenida y que algunos de sus pasajes enganchan especialmente, pero se queda muchas veces lejos de cualquier sitio, dando la sensación de no tener muy claro hacia dónde se dirige el escritor.

    Los personajes, aunque adquieren una potencia suficiente a lo largo de la novela, no terminan de definirse del todo y la historia acaba con la sensación de que te podría haber dado mucho más.

    Es, sin embargo, en su conjunto, un relato bastante completo con grandes dosis de buena ciencia ficción.

    Nota: 6/10

  • Reseña: El Imperio Romano – Isaac Asimov

    Reseña: El Imperio Romano – Isaac Asimov

    Si por algún periodo histórico siento verdadera debilidad es por el que abarca el nacimiento, esplendor y caída del Imperio Romano. Su legado, tan presente hoy en día, sus historias convertidas en leyenda, sus grandes figuras. Hoy somos, en parte, sus herederos y tributarios.

    Si, además, quien trata del tema es un divulgador de la altura de Isaac Asimov, leer se convierte en un verdadero placer.

    El Imperio Romano – Isaac Asimov

    En El Imperio Romano, Isaac Asimov realiza un recorrido desde los cimientos y la fundación del Imperio Romano, empezando por la llegada al poder de Octavio y su proclamación como Augusto, primer emperador de Roma. Cubre todo su desarrollo y máximo explendor y finaliza con su desintegración, primero en el 476 DC, con la conquista de Roma, y, posteriormente, con la caída de de Constantinopla y la desparación definitiva del Imperio Romano Oriental.

    Un relato intenso, profundo y aderezado

    A lo largo de sus páginas, Asimov consigue mantener el espírutu didáctico, componiendo una visión global de la construcción política, social y cultural que rodeó a uno de los mayores imperios de la época antigua. Aunque está esencialmente enfocado en el devenir de los acontecimientos políticos más importantes, hay etapas en las que se centra en analizar el bagaje cultural que hemos conseguido rescatar tras su caída.

    Una de las muchas virtudes de esta obra son los mordaces comentarios acerca de alguno de los líderes del Imperio que Asimov deja caer mientras nos explica su historia. Una sutil crítica (a veces menos sutil) que muestra, por un lado, la profunda admiración que profesaba el autor a todo aquello que rodease a Roma y, por otro, su opinión clara acerca de las circunstancias que provocaron su desaparición.

    Roma, grandiosa pero a merced de unos líderes incompetentes.

    El Imperio Romano pone en evidencia cómo evolucionan las construcciones humanas: un comienzo titubeante, con un peligro abierto de desaparecer, una consolidación que lo lleva a cotas inimaginables y una lenta decadencia hasta morir. Y, en el caso que nos atañe, un denominador común que explica estas variaciones, su auge y su caída: el emperador, el líder supremo.

    Figuras con la fuerza de Augusto o Trajano, tiranos como Calígula o Nerón, locos como Domiciano y auténticos inútiles como la ristra interminable de emperadores en la última etapa del Imperio.

    Todo esto en medio de la eclosión del cristianismo que cambia por completo el destino del Imperio: primero rebelándose contra él para terminar fagocitándolo.

    La historia antigua tiene mucho de leyenda

    A pesar de buscar un rigor histórico, el relato que rodea al Imperio Romano tiene siempre un halo de leyenda. Batallas épicas como las de Trajano en la lejana Partia, decenas de traiciones como las de Julio César o Cómodo, infames actores secundarios como Narciso y un sinfín de anécdotas, curiosidades o referencias que hoy en día perduran.

    Ha sido una de esas lecturas que divierte, entretiene y, además, te culturiza.

    Nota: 8/10

  • Crítica – Los anillos de Poder (2022)

    Crítica – Los anillos de Poder (2022)

    Vaya por delante que soy un absoluto y perdido enamorado de todo lo que rodea a JRR Tolkien y, por tanto, mi capacidad de juicio sobre cualquier historia que adapte su legendarium se ve condicionada.

    No soy, si os pudiera preocupar, uno de esos puristas trastornados que se autoproclaman defensores a ultranza del legado del escritor inglés y claman por cualquier variación, por mínima que sea, de su interpretación de la literatura de Tolkien.

    La expectación

    Los Anillos de Poder (2022, Amazon Prime) es la primera gran producción tras las 6 películas que Peter Jackson realizó, con dispar factura, entre 2001 y 2014.

    Había muchísimas ganas de ver lo que un gigante como Amazon, con tanto billete listo para ser quemado, podía hacer con una historia que ya por aquel entonces no se sabía muy bien dónde iba a encuadrar.

    Los herederos y dueños de los derechos de las novelas de Tolkien habían cedido una parte muy reducida de estos derechos para realizar una serie basada en la obra.

    Este punto es de vital importancia, puesto que la serie sucede en un periodo para el que no hay ninguna novela como tal, sino que bebe de referencias de los textos de Tolkien.

    Unos inicios titubeantes

    Así que con esta premisa la serie inició su andadura con unos primeros capítulos de presentación de personajes. El comienzo siempre es complejo y no siempre se logra encontrar el equilibrio entre un relato dinámico y contar todo lo necesario para sentar las bases de lo que sucederá.

    Estos primeros episodios ya muestran una clara distancia con sus predecesoras: aunque tratan de mantener una fotografía muy similar, se alejan, con o sin intención, de la épica que tenían las películas de Jackson.

    Unos personajes dispares

    Aquí llega el primer gran desafío al que se enfrenta la serie: la credibilidad de sus personajes. La historia, de la que hablaré más adelante, necesita sustentarse en unos personajes capaces de hacérnosla creíble.

    Los Anillos de Poder lo consigue, pero no siempre. Apuntan maneras personajes como la Dama Galadriel, o el Señor Elrond: muy diferentes a los escogidos en su día para las películas, pero con el carisma necesario para representar el papel de Altos Elfos de la Tierra Media.

    Siguiendo con los aciertos, la elección de Durin IV es otro de ellos: su relación con Elrond, que revive en nuestra memoria la maravillosa amistad entre Legolas y Gimli, parte como uno de los pilares de esta primera temporada.

    Y, cómo no, Adar, un personaje tremendamente misterioso con una potencia brutal a lo largo de los distintos capítulos en los que aparece.

    Del resto, algunos pasan más desapercibidos que otros, y algunos van a necesitar mucho para llegar a algún sitio (a Isildur van a tener que ponerle las pilas) y otros han sido elegidos con bastante poco tino: mención especial para Celebrimbor.

    Una historia que gana fuerza hacia el final

    Y, por fin, llegamos al relato. ¿Qué sería de cualquier aventura sin las palabras que nos la relatan? Los Anillos de Poder es la historia de la búsqueda de poder, de la salvación y de amistades y de engaño.

    “En aquellos anillos residía el poder y la voluntad para gobernar a cada raza. Pero todos ellos fueron engañados… pues otro anillo más fue forjado… en la tierra de Mordor…”

    Así iniciaba Galadriel en La Comunidad del Anillo el relato de la leyenda alrededor del Anillo Único.

    Como ya he dicho, la primera parte de esta primera temporada hace el difícil trabajo de presentarnos a los personajes, aderezando algunos de la mística de lo desconocido.

    Y quizá el abuso de ese ilusionismo le puede terminar pasando factura.

    Pero volviendo a la narrativa, la historia crece a lo largo de los 8 episodios hasta un clímax que nos propone un futuro interesante y atractivo.

    Los personajes crecen con el devenir de los acontecimientos y algunos ya parecen decididos a anidar en nuestra retina como lo hicieran los Aragorn, Frodo, Arwen, Legolas o Gimli.

    Confiemos en que la serie siga el camino de crecimiento iniciado y nos regalen más momentos tan sumamente épicos como el del Istari o la llegada a Númenor.

    Nota: 7/10

  • Reseña – Bushido: El código del samurái – Inazö Nitobe

    Reseña – Bushido: El código del samurái – Inazö Nitobe

    Ficha bibliográfica

    Título: Bushido: El código del samurái
    Autor: Inazö Nitobe
    Género: Filosofia/Ensayo
    Número de páginas: 160
    Editorial: Ediciones Obelisco
    Enlace Amazon: El código del Samurai -Bushido- (ARTES MARCIALES) Tapa blanda – 30 septiembre 2002

    Reseña

    Siempre he sentido un especial interés por todo aquello que rodea a oriente en general y a Japón en particular. Japón es, desde la óptica occidental-mediterránea, un crisol de corrientes de pensamiento muy atractivas: una forma de comprender el mundo que nos fascina.

    Entender sus orígenes forma parte del viaje de descubrimiento de esta cultura y Bushido: El código del samurái nos presenta un relato muy descriptivo de uno de los momentos clave del Japón de finales del siglo XIX: el fin de los samuráis.

    Japón arrastró un sistema de gobierno muy parecido a nuestro feudalismo medieval hasta más allá de 1850. Esto fue gracias, en parte, a una política de férreo hermetismo que mantuvo a la isla oriental en un absoluto aislamiento del resto de naciones.

    Inazö Nitobe, hijo de uno de los últimos samuráis del clan Monoka, aprovecha esta circunstancia para mostrarnos lo que él considera una religión sin dios, una forma de comprensión de la vida: el Bushido.

    Nitobe fue testigo del impacto que tuvieron los cambios políticos iniciados en 1854 con la firma de los Tratados de Paz y Amistad entre Japón y Estados Unidos y que supusieron, de facto, el final de la era samurái. Con el fin del periodo Edo comenzaría una etapa de aumento del militarismo japonés que desembocaría en su participación en la II Guerra Mundial.

    El Bushido, así, es la herencia cultural que nos dejó un periodo que abarca más de 500 años y donde las familias samuráis ostentaban un poder casi ilimitado en ese Japón feudal.

    De ese poder ilimitado emanaron las grandes virtudes con las que estos guerreros constuyeron una sociedad basada en conceptos como el honor, el autocontrol, el sentido de justicia, la vergüenza o el suicidio.

    Valoración personal

    Lo cierto es que me ha gustado especialmente la forma de abordar el impacto que tuvo la política aperturista de Japón en tiempos tan convulsos como fueron las primeras décadas del siglo XX.

    Curiosamente Nitobe, dada su particular educación occidental, terminó convirtiéndose al cristianismo y esto impregna todo el análisis: hay momentos que, certeramente, traza paralelismos entre conceptos religiosos orientales y cristianos, pero en otros momentos el encaje es forzado y artificioso.

    Creo que Bushido: El código del samurái es un buen punto de partida para conocer la cultura japonesa alejándose de los tópicos más manidos, lo que te permite escarbar en las raíces de lo que es el Japón actual y las razones de su evolución.

    Nota: 6/10

  • Reyes de Europa

    Reyes de Europa

    Toda competición suele traer asociada la épica en algunos momentos, toda victoria arrastra uno o varios instantes eternizados en la retina de quienes los vivieron, agrandados hasta hacerse leyenda con el tiempo.

    La final de Liga de Campeones de anoche cierra un relato en el que todos y cada uno de los envites, desde el primero hasta el último, han sido una oda a la magia de lo inconcebible.

    Este trofeo bien podría ser recordado por ser el de las remontadas imposibles, por la “panenka” de Benzema, por la cabeza de Rodrygo o por el gol de Vinicius Jr. Todavía más por ese ángel de la guarda en forma de belga gigante que dejó secos a los mejores delanteros del universo.

    Pero, sobre todo, este título es el de la victoria contra todos, el del triunfo de la antigua escuela, de las viejas glorias a punto de caer rendidas por el paso del tiempo frente a las rutilantes estrellas bañadas en oro de tierras lejanas.

    Los trescientos espartanos frente al inconmensurable ejército persa a las puertas de la Grecia antigua.

    Esta historia se escribe, como tantas veces, con el imposible como protagonista. Las verdaderas gestas germinan en ese mar de la improbabilidad, donde las cosas suceden entre una o ninguna vez.

    En estos días en los que las guerras son el sinónimo del fracaso humano, vivimos huérfanos de la épica de antaño. Necesitamos de un nuevo héroe de las causas perdidas.

    Ese que, pese a todo y a todos, sigue creyendo en sí mismo.

    Una historia que nos conecta con nuestras generaciones pasadas y con las venideras.

    Y así mi padre, que creció escuchando a su padre narrarle las hazañas de la Galerna del Cantábrico y los goles de la Saeta Rubia, anoche se imaginaba contándole a su nieto, dentro de unos años, las paradas antológicas de Courtois, los goles increíbles de Benzema o las galopadas interminables de Vinicius.

    Las aventuras de aquel equipo de valientes que, de forma totalmente inesperada, alzaron los brazos a un cielo de París una cálida noche de mayo para erigirse como el mejor equipo de Europa, por decimocuarta vez.

  • Reseña: El Gigante Enterrado – Kazuo Ishiguro

    Reseña: El Gigante Enterrado – Kazuo Ishiguro

    El estilo de escritura de un escritor es un aspecto crucial a la hora del vínculo que genera con el lector. Una conexión que navega por lo subjetivo de cada uno y que es complicado de parametrizar.

    Debo reconocer que el famoso Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro tiene una manera de escribir que conecta conmigo hasta el punto de hacerme disfrutar de su lectura. En lo personal, más allá del contenido y de la historia, su relato desprende un magnetismo que atrapa al lector.

    Y todo esto a pesar de que su obra El Gigante Enterrado no sea una gran novela.

    Leyendas artúricas en una fantasía misteriosa

    ¿Por qué digo esto? Porque no solo basta con saber escribir bien, que ya es una parte importante del recorrido, sino que necesitas contar algo que atrape e interese, que te mueva a querer saber más, que te una definitivamente con quien escribe y, lamentablemente, es aquí donde la novela cojea ostensiblemente.

    El Gigante Enterrado narra las aventuras de una pareja de ancianos que viven en un tiempo oscuro tras la muerte del Rey Arturo. En esa Inglaterra de magos y espadas, Axl y Beatrice sobreviven en una pequeña aldea rodeados de una extraña niebla que parece tener raros efectos en las personas.

    En su historia se cruzarán jóvenes impetuosos, misteriosas criaturas, valerosos guerreros sajones y hasta personajes de gran fama de la época.

    Toda la historia transita por esa espesa niebla que parece difuminar los recuerdos, haciendo que tú mismo te veas rodeado de esa sensación de no saber muy bien dónde estás ni qué andabas haciendo por allí.

    Un notable intento que se queda en eso

    Sin embargo, esa notable forma de relatarnos una historia se diluye cuando el contenido se queda lejos de tener la entidad suficiente. Cuando lo que nos cuentan se marchita con el pasar de las hojas y nos vemos envueltos en una aventura insípida que incluso termina siendo repetitiva.

    Hay algunos intentos, con mayor o menor éxito, de reflotar la tensión narrativa, y la segunda parte de la novela consigue remontar el vuelo hasta un desenlace que no por esperado es menos contundente y satisfactorio.

    Ishiguro tiene el don de contar historias de forma diferente y eso, en tiempos de tanta mediocridad manufacturada en cadena es de agradecer, pero su tímida incursión en el mundo de la novela fantástica no pasará a la historia.

    Nota: 6/10

  • Crítica: Spider-Man: No Way Home

    Crítica: Spider-Man: No Way Home

    A Marvel se le están empezando a ver las costuras del gigantesco traje por el que llevan años arrasando en taquilla.
    Un universo que empezó con pasitos tambaleantes y que terminó convirtiéndose, Thanos mediante, en una imperial obra de culto para los amantes del cómic. Ese universo hoy se enfrenta a desafíos complejos con los que lidiar para poder mantenerse vivo.

    La prueba es esta tercera entrega del Spider-Man de Tom Holland. Una milimetrada producción que destila olor a producto prefabricado desde su primer minuto, con el único objetivo en mente de contentar a los miles de fans de la saga.

    Muchos de estos fans surgieron, precisamente, al inicio de esta especie de nueva edad dorada del mundo Marvel en el cine.

    Esos mismos fans, más pronto que tarde a este paso, terminarán cansándose si las obras del MCU tienen tanto de epicidad enlatada y tan poco de verdadera historia.

    Mucho ruido y pocas nueces

    Hace poco un amigo utilizaba el concepto de la cultura del shock para describir cómo estamos tendiendo, cada vez más, hacia la necesidad de que todo esté embadurnado en ese halo de misticismo épico. Esa heroicidad de lo gigante que ha pasado de ser la excepción a ser una exigencia.

    Cuando tus esfuezos se vuelcan en generar en tu público la constante sorpresa y en transmitir la idea de que estás ante lo más grande jamás visto, sueles perder en el camino la esencia de toda película: su historia.

    Aunque parezca que se nos está empezando a olvidar, perdidos entre epopeyas con banda sonoras legendarias, el cine, la litertura, el teatro, nacen de la necesidad humana de contar historias.

    Así que Spider-Man es mucho de grandiosidad al peso y muy poco de relato que atrape. Una historia circular carente de interés, simple, evidente hasta decir basta, que termina impactando negativamente en los personajes hasta llegar a rozar el ridículo.

    Lo que en otro tiempo eran comentarios socarrones que aligeraban la tensión evidente de estar intentando salvar al mundo de su destrucción se han convertido en psuedo monólogos, muchas veces sin gracia, que rellenan muy poco de las carencias de la historia.

    Buenos actores para una historia tan simple como intrascendente

    Si algo hemos de agradecerle a Marvel es volver a permitirnos ver a Zendaya en la pantalla grande. Desde Euphoria, pasando por Dune y terminando en esta última película del hombre araña, esa mujer tritura la pantalla y la devora sin dejar ni las migajas. Tom Holland aguanta el tipo pese a que el guión se empeñe en hacerle parecer cada entrega más infantil e inmaduro.

    Del resto, poco que decir, muy enfocados en ese jueguecito de prestidigtación que es toda la película. Una ilusión que busca encontrar en la melancolía del espectador la justificación de que no tiene mucho que contar.

    Muchas referencias, mucha conexión, mucho multiverso, pero todo termina reducido a cenizas cuando detrás de tanto efecto especial y tanto trampantojo te das cuenta de que lo que te han contado se cae por su propio peso.

    Y ahora…

    Como en todas las películas del universo Marvel, hay una escena (o dos) post-créditos que enlazan con lo que está por venir. Y, siendo honestos, esperanza hay poca. Tengo la sensación que los grandes momentos de este universo ya han pasado, que ahora toca exprimir la gallina de los huevos de oro y eso significa mucho producto y poca calidad.

    Alguna última alegría nos llevaremos, eso seguro, pero poco más le vamos a poder pedir.

    Nota: 6/10

  • Reseña: Herederos del Tiempo – Adrian Tchaikovsky

    Reseña: Herederos del Tiempo – Adrian Tchaikovsky

    Herederos del Tiempo es la novela que me ha hecho reconciliarme con la ciencia ficción como género literario.

    Echaba de menos esas obras en las que el autor es capaz de conectarme con la historia y sus personajes tanto emocional como intelectualmente.

    Esa habilidad para construir un vínculo con el lector que muy pocos escritores tienen, pero que una vez alcanzado, te sumerge hasta que pierdes la noción del tiempo.

    El tiempo y el espacio

    Herederos del Tiempo, de Adrian Tchaikovsky, va mucho de perder la noción del tiempo.

    Porque la obra abarca un periodo inconmensurable para el lector y, a pesar de ello, consigue que no pierdas ni por un instante el interés por saber más acerca de lo que está por suceder.

    También porque usa magistralmente la temporalidad para estructurar un relato que interconecta tiempos y lugares distantes haciéndolos accesibles para la mente de quien llega a sus páginas.

    Dos historias entrelazadas con la batalla por la supervivencia como telón de fondo. Lo que nos empuja, como seres humanos, a seguir siempre mirando hacia adelante. Lo que nos mueve a seguir luchando con la intención, no ya de sobrevivir como individuos, sino de perdurar como especie.

    Originalidad en la historia y su concepción

    Si algo he de destacar de la obra de Tchaikovsky es su marcada originalidad. Desde Asimov, no recuerdo un autor capaz de jugar con tantos elementos comunes a las historias prototípicas de ciencia ficción que, a su vez, introduzca tantos elementos novedosos.

    Lo maravilloso de su estructura es que nada desencaja, todo tiene una explicación plausible y el relato se desarrolla sobre las férreas vías de una realidad futura creíble.

    Soy muy fan de la ciencia ficción capaz de equilibrar las justas dosis de ciencia para que la ficción no termine desbocándose.

    Herederos del Tiempo aporta una receta de medidos ingredientes que deja un sabor en el lector de inconfundible valor: al acabarla sientes que has satisfecho tus ansias por conocer una historia asombrosa y, al mismo tiempo, comienzas a notar la melancolía por decirle adiós a quienes te acompañaron en esta epopeya de magnitudes majestuosas.

    Gigantes

    Hay una cita recurrente a lo largo de toda la novela, de origen antiguo y muchas veces discutido, que presenta a los seres humanos como enanos subidos a hombros de gigantes, en referencia a todos aquellos que sumaron para permitirnos llegar a ver más lejos.

    Quizá ahí radica la belleza de una historia que tiene mucho de alzarse sobre los hombros de gigantes. De llegar más alto para poder mirar, aunque sea brevemente, más lejos de lo que nadie ha alcanzado a ver antes.

    Nota: 9/10