Blog personal de Sergio Madrigal donde encontrar textos sobre ciencia y tecnología, psicología, cine y literatura y quizá alguna cosita más.

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De finales y principios

Son ya muchos los años que llevo acercándome a este pequeño rincón de mi vida, por distintos motivos, para contarle no sé muy bien a quién las idas y venidas de mi existencia.

Acaba 2022 como tantos otros lleno de historias. Muchas de ellas terminarán diluyéndose por intrascendentes en un mar de recuerdos donde solo flotan aquellos que nuestra caprichosa memoria decide escoger.

Sin embargo, las primeras páginas de este 2023 adquieren un cariz especial al ser las últimas de un capítulo de mi vida.

Hoy digo adios a la que ha sido mi segunda casa estos útlimos 9 años y, como en toda despedida, la expectación por lo que está por venir se mezcla con la tristeza que acompaña a la partida. Los adioses son siempre complejos, mas si cabe cuando te despides de lo que ya consideras parte del relato de tu vida.

Nueve años dan para tantas cosas que se me antoja una tarea imposible resumirlas en estas pocas líneas. Pero sí me gustaría recordar, dentro de unos años, cuando vuelva a leer estas palabras, que disfruté de una aventura apasionante, que no dejé de aprender, que me frustré en los fracasos, pero que supe encontrar mi lugar. Y, sobre todo, que a lo largo de todo este tiempo, di con personas increíbles, no solo en lo laboral, sino especialmente en lo personal, que tienen parte de la culpa de que hoy sea quien soy.

Igual a muchos estas palabras les resulten vacías, eculcoradas y predecibles, pero sé que el Sergio del futuro comprenderá muy bien su significado.

Hace tiempo alguien me dijo que hay veces que hay que escribir más para uno mismo que para el resto y hoy es, exactamente, de lo que se trata.

Sin agallas no hay gloria.

Propósitos para 2023

Hace ya varios años que juego a este bonito intento de solitario que supone hacer una lista de propósitos para el año que entra.

La recomendación de los expertos es que estos sean alcanzables, realistas y posibles. Pero la realidad es que a 31 de diciembre la hoja en blanco parece más un cheque que un contrato: hay más ilusión que responsabilidad.
Por eso hace también ya varios años que comprendí que es un juego tramposo y que quien lo manipula es el Sergio de 365 días atrás.

No lo hace con mala intención, no le culpo y le señalo como el cerebro tras una trama que solo busca hundirme. El pobre no valora nunca que te puede aparecer un virus en mitad de las Fallas o te estalla una guerra que hace que se tripliquen los precios.

Las previsiones, los planes, los objetivos, son una quimera y un arma de doble filo que lo mismo que nos divierte se puede convertir en una verdadera frustración vital.

Por eso lo acepto como un juego, adulterado y sin valor real, pero que sirve para hablar de lo que nos gustaría, de futuros y, en definitiva, constatar nuestra propia ingenuidad.

Para, así, dentro de un año, volver a releer con una mezcla de consternación y compasión todo lo que quise y no fue.

Y volver a empezar el ritual.

Propósitos

Pero vayamos al turrón que se nos hacen las 12…

Son muchas las cosas que le pido a este 2023 (no voy a cambiar a estas alturas tampoco), la mayoría sé que se quedarán lejos de cumplirse, pero en esa ingenua ilusión de la que hablo también hay lugar para aceptar el intento como suficiente. No se trata de alcanzar la cima, muchas veces basta con perderse en el bosque que hay de camino:

  1. Leer 15 libros: Uno por mes y alguno más de regalo. Como se puede comprobar, empiezo realista, luego ya se torcerá el tema.
  2. Publicar 24 posts: Dos por mes. En 2022 escribí la friolera de 6 artículos, puede que haya sido el año menos prolífico de toda mi vida.
  3. Hay 4 series que quiero empezar: Son míticas (cada una a su manera) y os hablaré de cada una ellas a lo largo del año.
  4. 3 Certificaciones. Sigo con el listón realista porque me vale cualquier cosa.
  5. Deporte y vida sana. Esto es más típico que las campanadas de La 1 en casa de mis abuelos, pero de este año no es que no vaya a pasar, es que no puede pasar.
  6. Latín. Este es un propósito heredado de 2021 que en 2022 no tuve la ocasión (forma educada de decir que no me apeteció) de alcanzar.
  7. Proyectos. Proyectos (no es una errata, es una referencia), son muchos y variados aunque hay un par que pueden ser verdaderamente interesantes. Dedicarle el tiempo necesario es el verdadero objetivo.
  8. Vida. Y este es el más importante de todos. Llevo tantísimo tiempo tratando de descifrarme, de encontrar cuál era mi verdadero camino que, por momentos, he perdido la noción de lo que realmente me importa a mí. El 2023 abre una buena oportunidad de reaprender a vivir la vida junto a los que me hacen feliz.

Me ha dado por releer algunos de los posts sobre propósitos de años pasados y en algunos la vergüenza ajena me ha impedido acabarlos. Para esto también es útil dejar las cosas escritas: darte cuenta de que cualquier tiempo pasado NO fue mejor.

Hasta el año que viene.

¡ Feliz 2023 !

Crítica – Los anillos de Poder (2022)

Vaya por delante que soy un absoluto y perdido enamorado de todo lo que rodea a JRR Tolkien y, por tanto, mi capacidad de juicio sobre cualquier historia que adapte su legendarium se ve condicionada.

No soy, si os pudiera preocupar, uno de esos puristas trastornados que se autoproclaman defensores a ultranza del legado del escritor inglés y claman por cualquier variación, por mínima que sea, de su interpretación de la literatura de Tolkien.

La expectación

Los Anillos de Poder (2022, Amazon Prime) es la primera gran producción tras las 6 películas que Peter Jackson realizó, con dispar factura, entre 2001 y 2014.

Había muchísimas ganas de ver lo que un gigante como Amazon, con tanto billete listo para ser quemado, podía hacer con una historia que ya por aquel entonces no se sabía muy bien dónde iba a encuadrar.

Los herederos y dueños de los derechos de las novelas de Tolkien habían cedido una parte muy reducida de estos derechos para realizar una serie basada en la obra.

Este punto es de vital importancia, puesto que la serie sucede en un periodo para el que no hay ninguna novela como tal, sino que bebe de referencias de los textos de Tolkien.

Unos inicios titubeantes

Así que con esta premisa la serie inició su andadura con unos primeros capítulos de presentación de personajes. El comienzo siempre es complejo y no siempre se logra encontrar el equilibrio entre un relato dinámico y contar todo lo necesario para sentar las bases de lo que sucederá.

Estos primeros episodios ya muestran una clara distancia con sus predecesoras: aunque tratan de mantener una fotografía muy similar, se alejan, con o sin intención, de la épica que tenían las películas de Jackson.

Unos personajes dispares

Aquí llega el primer gran desafío al que se enfrenta la serie: la credibilidad de sus personajes. La historia, de la que hablaré más adelante, necesita sustentarse en unos personajes capaces de hacérnosla creíble.

Los Anillos de Poder lo consigue, pero no siempre. Apuntan maneras personajes como la Dama Galadriel, o el Señor Elrond: muy diferentes a los escogidos en su día para las películas, pero con el carisma necesario para representar el papel de Altos Elfos de la Tierra Media.

Siguiendo con los aciertos, la elección de Durin IV es otro de ellos: su relación con Elrond, que revive en nuestra memoria la maravillosa amistad entre Legolas y Gimli, parte como uno de los pilares de esta primera temporada.

Y, cómo no, Adar, un personaje tremendamente misterioso con una potencia brutal a lo largo de los distintos capítulos en los que aparece.

Del resto, algunos pasan más desapercibidos que otros, y algunos van a necesitar mucho para llegar a algún sitio (a Isildur van a tener que ponerle las pilas) y otros han sido elegidos con bastante poco tino: mención especial para Celebrimbor.

Una historia que gana fuerza hacia el final

Y, por fin, llegamos al relato. ¿Qué sería de cualquier aventura sin las palabras que nos la relatan? Los Anillos de Poder es la historia de la búsqueda de poder, de la salvación y de amistades y de engaño.

“En aquellos anillos residía el poder y la voluntad para gobernar a cada raza. Pero todos ellos fueron engañados… pues otro anillo más fue forjado… en la tierra de Mordor…”

Así iniciaba Galadriel en La Comunidad del Anillo el relato de la leyenda alrededor del Anillo Único.

Como ya he dicho, la primera parte de esta primera temporada hace el difícil trabajo de presentarnos a los personajes, aderezando algunos de la mística de lo desconocido.

Y quizá el abuso de ese ilusionismo le puede terminar pasando factura.

Pero volviendo a la narrativa, la historia crece a lo largo de los 8 episodios hasta un clímax que nos propone un futuro interesante y atractivo.

Los personajes crecen con el devenir de los acontecimientos y algunos ya parecen decididos a anidar en nuestra retina como lo hicieran los Aragorn, Frodo, Arwen, Legolas o Gimli.

Confiemos en que la serie siga el camino de crecimiento iniciado y nos regalen más momentos tan sumamente épicos como el del Istari o la llegada a Númenor.

Nota: 7/10

Reseña – Bushido: El código del samurái – Inazö Nitobe

Ficha bibliográfica

Título: Bushido: El código del samurái
Autor: Inazö Nitobe
Género: Filosofia/Ensayo
Número de páginas: 160
Editorial: Ediciones Obelisco
Enlace Amazon: El código del Samurai -Bushido- (ARTES MARCIALES) Tapa blanda – 30 septiembre 2002

Reseña

Siempre he sentido un especial interés por todo aquello que rodea a oriente en general y a Japón en particular. Japón es, desde la óptica occidental-mediterránea, un crisol de corrientes de pensamiento muy atractivas: una forma de comprender el mundo que nos fascina.

Entender sus orígenes forma parte del viaje de descubrimiento de esta cultura y Bushido: El código del samurái nos presenta un relato muy descriptivo de uno de los momentos clave del Japón de finales del siglo XIX: el fin de los samuráis.

Japón arrastró un sistema de gobierno muy parecido a nuestro feudalismo medieval hasta más allá de 1850. Esto fue gracias, en parte, a una política de férreo hermetismo que mantuvo a la isla oriental en un absoluto aislamiento del resto de naciones.

Inazö Nitobe, hijo de uno de los últimos samuráis del clan Monoka, aprovecha esta circunstancia para mostrarnos lo que él considera una religión sin dios, una forma de comprensión de la vida: el Bushido.

Nitobe fue testigo del impacto que tuvieron los cambios políticos iniciados en 1854 con la firma de los Tratados de Paz y Amistad entre Japón y Estados Unidos y que supusieron, de facto, el final de la era samurái. Con el fin del periodo Edo comenzaría una etapa de aumento del militarismo japonés que desembocaría en su participación en la II Guerra Mundial.

El Bushido, así, es la herencia cultural que nos dejó un periodo que abarca más de 500 años y donde las familias samuráis ostentaban un poder casi ilimitado en ese Japón feudal.

De ese poder ilimitado emanaron las grandes virtudes con las que estos guerreros constuyeron una sociedad basada en conceptos como el honor, el autocontrol, el sentido de justicia, la vergüenza o el suicidio.

Valoración personal

Lo cierto es que me ha gustado especialmente la forma de abordar el impacto que tuvo la política aperturista de Japón en tiempos tan convulsos como fueron las primeras décadas del siglo XX.

Curiosamente Nitobe, dada su particular educación occidental, terminó convirtiéndose al cristianismo y esto impregna todo el análisis: hay momentos que, certeramente, traza paralelismos entre conceptos religiosos orientales y cristianos, pero en otros momentos el encaje es forzado y artificioso.

Creo que Bushido: El código del samurái es un buen punto de partida para conocer la cultura japonesa alejándose de los tópicos más manidos, lo que te permite escarbar en las raíces de lo que es el Japón actual y las razones de su evolución.

Nota: 6/10

Reyes de Europa

Toda competición suele traer asociada la épica en algunos momentos, toda victoria arrastra uno o varios instantes eternizados en la retina de quienes los vivieron, agrandados hasta hacerse leyenda con el tiempo.

La final de Liga de Campeones de anoche cierra un relato en el que todos y cada uno de los envites, desde el primero hasta el último, han sido una oda a la magia de lo inconcebible.

Este trofeo bien podría ser recordado por ser el de las remontadas imposibles, por la “panenka” de Benzema, por la cabeza de Rodrygo o por el gol de Vinicius Jr. Todavía más por ese ángel de la guarda en forma de belga gigante que dejó secos a los mejores delanteros del universo.

Pero, sobre todo, este título es el de la victoria contra todos, el del triunfo de la antigua escuela, de las viejas glorias a punto de caer rendidas por el paso del tiempo frente a las rutilantes estrellas bañadas en oro de tierras lejanas.

Los trescientos espartanos frente al inconmensurable ejército persa a las puertas de la Grecia antigua.

Esta historia se escribe, como tantas veces, con el imposible como protagonista. Las verdaderas gestas germinan en ese mar de la improbabilidad, donde las cosas suceden entre una o ninguna vez.

En estos días en los que las guerras son el sinónimo del fracaso humano, vivimos huérfanos de la épica de antaño. Necesitamos de un nuevo héroe de las causas perdidas.

Ese que, pese a todo y a todos, sigue creyendo en sí mismo.

Una historia que nos conecta con nuestras generaciones pasadas y con las venideras.

Y así mi padre, que creció escuchando a su padre narrarle las hazañas de la Galerna del Cantábrico y los goles de la Saeta Rubia, anoche se imaginaba contándole a su nieto, dentro de unos años, las paradas antológicas de Courtois, los goles increíbles de Benzema o las galopadas interminables de Vinicius.

Las aventuras de aquel equipo de valientes que, de forma totalmente inesperada, alzaron los brazos a un cielo de París una cálida noche de mayo para erigirse como el mejor equipo de Europa, por decimocuarta vez.

Reseña: El Gigante Enterrado – Kazuo Ishiguro

El estilo de escritura de un escritor es un aspecto crucial a la hora del vínculo que genera con el lector. Una conexión que navega por lo subjetivo de cada uno y que es complicado de parametrizar.

Debo reconocer que el famoso Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro tiene una manera de escribir que conecta conmigo hasta el punto de hacerme disfrutar de su lectura. En lo personal, más allá del contenido y de la historia, su relato desprende un magnetismo que atrapa al lector.

Y todo esto a pesar de que su obra El Gigante Enterrado no sea una gran novela.

Leyendas artúricas en una fantasía misteriosa

¿Por qué digo esto? Porque no solo basta con saber escribir bien, que ya es una parte importante del recorrido, sino que necesitas contar algo que atrape e interese, que te mueva a querer saber más, que te una definitivamente con quien escribe y, lamentablemente, es aquí donde la novela cojea ostensiblemente.

El Gigante Enterrado narra las aventuras de una pareja de ancianos que viven en un tiempo oscuro tras la muerte del Rey Arturo. En esa Inglaterra de magos y espadas, Axl y Beatrice sobreviven en una pequeña aldea rodeados de una extraña niebla que parece tener raros efectos en las personas.

En su historia se cruzarán jóvenes impetuosos, misteriosas criaturas, valerosos guerreros sajones y hasta personajes de gran fama de la época.

Toda la historia transita por esa espesa niebla que parece difuminar los recuerdos, haciendo que tú mismo te veas rodeado de esa sensación de no saber muy bien dónde estás ni qué andabas haciendo por allí.

Un notable intento que se queda en eso

Sin embargo, esa notable forma de relatarnos una historia se diluye cuando el contenido se queda lejos de tener la entidad suficiente. Cuando lo que nos cuentan se marchita con el pasar de las hojas y nos vemos envueltos en una aventura insípida que incluso termina siendo repetitiva.

Hay algunos intentos, con mayor o menor éxito, de reflotar la tensión narrativa, y la segunda parte de la novela consigue remontar el vuelo hasta un desenlace que no por esperado es menos contundente y satisfactorio.

Ishiguro tiene el don de contar historias de forma diferente y eso, en tiempos de tanta mediocridad manufacturada en cadena es de agradecer, pero su tímida incursión en el mundo de la novela fantástica no pasará a la historia.

Nota: 6/10

La diferencia entre perder el tiempo y disfrutar del tiempo libre

Nos encontramos ante un momento de nuestra historia en el que el tiempo, o más bien su uso, se ha convertido en un elemento capital de nuestra rutina diaria.
Son cientos los profesionales, y no tan profesionales, que dedican sus esfuerzos a explicarnos cómo gestionar mejor nuestro tiempo.

Son miles las teorías, los métodos, las apps, que han venido a revolucionar nuestra forma de manejarlo, que nos aseguran cumplir la lista de objetivos interminable que nos han dicho que debemos cumplir.

Todo este enorme circo se basa en una necesidad construida con el tiempo y al abrigo de intereses ajenos.

No necesitamos aprovechar el tiempo

La realidad más simple es esa. No nacemos con la obligación natural de hacer que nuestro tiempo sea eficiente. Es un concepto adquirido y, por desgracia, distorsionado.

Hemos trasladado las obligaciones laborales a la parcela personal hasta convertir el tiempo que nos dedicamos a nosotros en una carga más.

La sociedad capitalista ha cristalizado completamente, alargando sus tentáculos ideológicos hasta cubrir cada instante del tiempo de nuestras vidas. Ya no se trata de que produzcas y consumas, se trata de que lo hagas en cualquier momento del día.

A esta imagen distorsionada del aprovechamiento vital han contribuido, como era de esperar, la cultura audiovisual y los medios, empeñados en mostrarnos historias de «éxito» directamente relacionadas con su capacidad de esfuerzo y dedicación constante. Hombres y mujeres que han logrado tocar lo más alto por haber sido capaces de aprovechar su tiempo.

La clave de todo la tiene esa palabra: aprovechar.

¿Qué significa aprovechar?

Etimológicamente, aprovechar significa estar cerca del provecho, que se entiende como un beneficio, producto, lucro o ganancia. Ahora pregúntate qué entiendes por lucro o ganancia.

Como prácticamente todo aquello que nos mueve y nos motiva en esta vida, nuestra perpeción de las cosas es fundamental en el desarrollo de nuestros comportamientos.

Si siempre hemos visto, oído o leído palabras como lucro, ganancia o producto, asociadas a una temática puramente económica, no es difícil aventurar que hemos vinculado esos conceptos.

Pero un beneficio, una ganancia, también puede ser disfrutar de un rato tirado en el sofá sabiendo que no tienes nada que hacer.

Una buena rentabilidad también debería entenderse como el equilibrio entre una larga jornada laboral y un buen rato de desconexión, de no hacer absolutamente nada.

Es difícil disfrutar del tiempo si sientes que lo estás perdiendo.

Y, sin embargo, ese aprendizaje temprano del provecho como lucro económico hace que muchos sintamos que perdemos el tiempo si no hacemos algo de nuestra lista de tareas pendientes.

Hemos estigmatizado aburrirnos por considerarlo lo opuesto a sacar beneficio del tiempo, cerrándonos la puerta a una mayor capacidad de reflexión y de creatividad.

El tiempo libre es entendido, así, como un depósito finito de oportunidades para alcanzar tu sueño. No hacer nada, o hacer algo que no tenga ligado directamente un lucro o un beneficio, que te acerque más a ese falso éxito, es abrir el grifo del despósito y verlo vaciarse.

De esta forma se produce la pardoja de que, a pesar de preocuparnos por disponer de tiempo libre, no sabemos disfrutar de él cuando lo tenemos. O incluso lo reconvertimos en tiempo de trabajo, para aliviar el sentimiento de pérdida. Nos aterra perder el tiempo. Nos asquea aburrirnos.

Por eso todos esos gurús, todas esas metodologías mágicas, insisten en que llenes tu tiempo libre, que lo bloquees de posibles distracciones, que lo midas hasta el segundo para no dejar escapar ni un mínimo de esa productividad ficticia.

En mi caso todavía sigo en el proceso de desaprender esa idea distorsionada que he tenido siempre acerca de lo que verdaderamente significa aprovechar el tiempo.

Son muchos años los que me ha costado entender que disfrutar de tu tiempo se reduce, sencilla y llanamente, a hacer aquello que te apetece, sin preocuparte por nada más.

La ausencia de preocupación.

Ahí radica la clave que hace que el tiempo libre tenga su correspondiente valor asociado: entenderlo como una forma de desligarte de una realidad apresurada y medida en función de tus obligaciones.

Basta solo eso, arrancar de raíz esa sociedad entre acción y retorno, entre comportamiento y resultado.

No todo lo que hacemos tiene que tener un fin, tiene que tener un objetivo, tiene que devolvernos algo. Hay muchas, muchísimas cosas en la vida cuyo beneficio, cuyo provecho, cuyo valor intrínseco se circunscribe al placer de poder realizarlas.

La próxima vez que te tires en el sofá a cambiar de canales sin rumbo fijo, prueba a sentir que disfrutas de la sencillez de no estar haciendo nada.

Crítica: Spider-Man: No Way Home

A Marvel se le están empezando a ver las costuras del gigantesco traje por el que llevan años arrasando en taquilla.
Un universo que empezó con pasitos tambaleantes y que terminó convirtiéndose, Thanos mediante, en una imperial obra de culto para los amantes del cómic. Ese universo hoy se enfrenta a desafíos complejos con los que lidiar para poder mantenerse vivo.

La prueba es esta tercera entrega del Spider-Man de Tom Holland. Una milimetrada producción que destila olor a producto prefabricado desde su primer minuto, con el único objetivo en mente de contentar a los miles de fans de la saga.

Muchos de estos fans surgieron, precisamente, al inicio de esta especie de nueva edad dorada del mundo Marvel en el cine.

Esos mismos fans, más pronto que tarde a este paso, terminarán cansándose si las obras del MCU tienen tanto de epicidad enlatada y tan poco de verdadera historia.

Mucho ruido y pocas nueces

Hace poco un amigo utilizaba el concepto de la cultura del shock para describir cómo estamos tendiendo, cada vez más, hacia la necesidad de que todo esté embadurnado en ese halo de misticismo épico. Esa heroicidad de lo gigante que ha pasado de ser la excepción a ser una exigencia.

Cuando tus esfuezos se vuelcan en generar en tu público la constante sorpresa y en transmitir la idea de que estás ante lo más grande jamás visto, sueles perder en el camino la esencia de toda película: su historia.

Aunque parezca que se nos está empezando a olvidar, perdidos entre epopeyas con banda sonoras legendarias, el cine, la litertura, el teatro, nacen de la necesidad humana de contar historias.

Así que Spider-Man es mucho de grandiosidad al peso y muy poco de relato que atrape. Una historia circular carente de interés, simple, evidente hasta decir basta, que termina impactando negativamente en los personajes hasta llegar a rozar el ridículo.

Lo que en otro tiempo eran comentarios socarrones que aligeraban la tensión evidente de estar intentando salvar al mundo de su destrucción se han convertido en psuedo monólogos, muchas veces sin gracia, que rellenan muy poco de las carencias de la historia.

Buenos actores para una historia tan simple como intrascendente

Si algo hemos de agradecerle a Marvel es volver a permitirnos ver a Zendaya en la pantalla grande. Desde Euphoria, pasando por Dune y terminando en esta última película del hombre araña, esa mujer tritura la pantalla y la devora sin dejar ni las migajas. Tom Holland aguanta el tipo pese a que el guión se empeñe en hacerle parecer cada entrega más infantil e inmaduro.

Del resto, poco que decir, muy enfocados en ese jueguecito de prestidigtación que es toda la película. Una ilusión que busca encontrar en la melancolía del espectador la justificación de que no tiene mucho que contar.

Muchas referencias, mucha conexión, mucho multiverso, pero todo termina reducido a cenizas cuando detrás de tanto efecto especial y tanto trampantojo te das cuenta de que lo que te han contado se cae por su propio peso.

Y ahora…

Como en todas las películas del universo Marvel, hay una escena (o dos) post-créditos que enlazan con lo que está por venir. Y, siendo honestos, esperanza hay poca. Tengo la sensación que los grandes momentos de este universo ya han pasado, que ahora toca exprimir la gallina de los huevos de oro y eso significa mucho producto y poca calidad.

Alguna última alegría nos llevaremos, eso seguro, pero poco más le vamos a poder pedir.

Nota: 6/10

Huir de la trampa de la inmediatez

Si para algo he de reconocer que me ha servido esta pandemia es para atiborrarme a libros de psicología, de autoayuda (no confundir con lo primero) y de productividad personal (que viene a ser lo mismo que lo segundo pero dándole cierta apariencia de lo primero).

Las herramientas, los consejos, las ideas que subyacen a toda esta gran fábrica de humo suelen ser siempre las mismas. Pese a nombrarlas de mil maneras distintas y hacer uso de grandes experiencias de personas que alcanzaron el éxito, todo se reduce a reutilizar descubrimientos realizados por la psicología desde mediados del siglo pasado.

Durante años la psicología del aprendizaje y la psicología de la atención han estudiado lo que ahora muchos pretenden mostrarnos como la herramienta definitiva para triunfar.

Sin embargo, entre tanta morralla y basura dialéctica, hay elementos comunes. Hemos crecido (y algunos, directamente, nacido), en la cultura de lo inmediato y eso está teniendo unas consecuencias desastrosas en nuestra vida diaria.

Los circuitos del placer.

Nuestro cerebro tiene un funcionamiento complejo. Tanto que todavía hoy nos queda mucho camino que recorrer en la investigación psicológica y psiquiátrica. No obstante, los mecanismos sencillos, que son la base de muchas de nuestras conductas, sí que han sido largamente estudiados y eso nos ha permitido comprender mejor nuestro comportamiento.

El Condicionamiento Clásico (CC).

Uno de los grandes hitos en la psicología, que llegó incluso a traspasar las barreras de la investigación para convertirse en parte de nuestra cultura general fue el descubrimiento, por parte del filósofo ruso Iván Pávlov, de lo que comunmente se conoce como el Condicionamiento Clásico.

El Condicionamiento Clásico relaciona las conductas con estímulos de tal forma que los comportamientos pueden verse condicionados mediante la asociación de estos estímulos.

El caso más conocido es el de los experimentos con perros, en los que el estímulo incondicionado (EI) era el olor de la comida y la respuesta incondicionada (RI) era el acto reflejo de salivar como respuesta al olor. El experimento consistía en asociar un estímulo neutro (EN) en relación a la comida, como era el sonido de una campanilla, cada vez que se presentaba el EI. De esta forma, se establecía un circuito de condicionamiento cerebral por el que el perro asociaba el EN con el EI y, por tanto, activaba su RI: cada vez que sonaba la campanilla, el perro salivaba.

El Condicionamiento Clásico abrió las puertas a un enorme desarrollo teórico y práctico de la psicología influyendo en lo que, unos años más tarde, el psicólogo estadounidense B.F. Skinner llamaría el Condicionamiento Operante.

El Condicionamiento Operante (CO).

El Condicionamiento Operante es clave en la comprensión de muchas de nuestras conductas adquiridas a lo largo de nuestra vida, puesto que pone de relieve la relación entre la ejecución de un comportamiento y un circuito reforzador asociado que hace que esa conducta se mantenga.

Cuando realizamos una conducta, si esta se ve acompañada de un refuerzo, esto es, algo que activa de alguna forma nuestros circuitos del placer, la conducta tenderá a mantenerse y repetirse.

Siguiendo con los ejemplos de experimentos, si Pávlov hizo famoso a su perro, Skinner haría lo propio con su paloma.

La caja de Skinner

CONDICIONAMIENTO OPERANTE - CAJA DE SKINNER - YouTube
La pobre paloma de Skinner.

Skinner desarrolló un sistema mecánico por el que, si se accionaba algún tipo de mecanismo: un interruptor, un botón, etc., la máquina proporcionaba comida. Aquí se ven los dos elementos fundamentales del condicionamiento operante: una acción activadora de la conducta y el reforzador.

La paloma, después de varios intentos, descubría que pulsando la palanca recibía comida y al poco tiempo se observaba cómo repetía esta conducta siempre que tenía hambre: había aprendido a hacerlo.

El refuerzo inmediato

Es importante comprender el concepto clave del condicionamiento operante: el refuerzo. Cuanto más contiguo sea el refuerzo a la conducta, más se establecerán vínculos entre ambos y mayor será la tendencia a repetir el comportamiento.

Existe una ligera variación de esta relación: el refuerzo intermietente, fundamental en, por ejemplo, las máquinas tragaperras: aquí el refuerzo no se produce siempre, lo cual induce al individuo a repetir más veces la conducta con la intención de encontrar antes el «premio».

Sea como sea, la contigüidad entre conducta y refuerzo es vital para que el comportamiento perdure y esto tiene un impacto importante en la forma que tenemos de aprender las cosas, en nuestras rutinas adquiridas y en nuestra forma de relacionarnos con el ambiente y el resto de personas.

La cultura de la inmediatez

Ambos condicionamientos han sido una pieza fundamental en la comprensión de nuestra capacidad de aprendizaje y, lo que es todavía más interesante, se convierten en una importante herramienta para la manipulación de nuestra conducta.

Esto, evidentemente, no pasó desapercibido para los psicólogos de la época y durante décadas desarrollaron una intensa labor de investigación para comprender hasta dónde llegaba nuestra relación con estos condicionamientos. A su vez, las conclusiones de estos estudios llegaron a los despachos de los equipos de márketing de muchas empresas, viendo en este vínculo una oportunidad de negocio sin límites.

Hoy tenemos condicionamientos en prácticamente todo lo que hacemos, llegando a un punto en el que parece que vivamos con el piloto automático puesto:

  • Hay condicionamiento clásico en las notificaciones del móvil. Nuestra necesidad de estar hiperconectados nos empuja a comprobar compulsivamente nuestro teléfono para ver si hemos recibido un nuevo mensaje, una nueva información de que somos geniales a ojos de desconocidos o que alguien de nuestro círculo ha publicado algo que podamos evaluar. Todas estas respuestas nacen de un sonido, de una vibración, de una pequeña luz de nuestro terminal. Ahí tenemos el estímulo que desencadena nuestra compulsión. Sobra decir que no creo que sea el único que ha «sentido» como le vibraba el móvil en el bolsillo y ha comprobado que se lo había imaginado.
  • Hay refuerzos positivos inmediatos en el consumo de comida basura. Las comidas hipercalóricas e hipersazonadas activan múltiples circuitos del placer de forma casi inmediata (cosa que no ocurre, lamentablemente, con un plato de acelgas hervidas). Esa sensación de inmediatez mantiene reforzada la conducta. Incluso el sentimiento de culpa posterior puede servir como empuje para repetir las conductas de forma compulsiva.
  • Nos encontramos con estímulos condicionados asociados al consumo de televisión o de internet. Las plataformas de streaming quieren que consumas sus contenidos. Que lo hagas ya, y no dejes de hacerlo. Por eso promueven el consumo masivo, por eso implementan técnicas cada vez más intrusivas para que te sientas inclinado a consumir: enlazan episodios sin pausa, te bombardean con portadas impactantes y epiosidios nuevos cada día. Buscan que los uses como mecanismo de evasión de una vida real cada vez más aburrida y gris.
  • Vemos el condicionamiento operante actuar en las redes sociales en forma de likes y comentarios. Este es, quizás, el más evidente y, sin lugar a dudas, el más tóxico puesto que vincula refuerzos de conductas dañinas con el impacto en la autoestima que tienen las redes sociales. Cada vez que publicamos algo en alguna red social, inconscientemente (o no), estamos exponiendo un pedazo de nosotros, más o menos real, al juicio del resto. Su respuesta, en forma de me gustas, comentarios o mensajes, activa nuestra percepción de formar parte de un grupo social, nos hace sentirnos bien y, por tanto, refuerza la conducta. Este circuito se repite tantas veces que se convierte en adictivo hasta el punto de que las personas publican por necesidad de recibir el refuerzo, su droga.

Hay algo más: el cortoplacismo.

Vivir tan rodeados de la necesidad de refuerzos inmediatos ha tenido otra consecuencia añadida que, quizá, haya pasado más desapercibida: en todo lo que hacemos buscamos la aparición del refuerzo de forma inmediata.

Nos cuesta ver el final del camino y exigimos nuestra gratificación en el momento. De lo contrario, nos sentimos estafados por el sistema y buscamos en otras actividades ese premio que nos ha sido injustamente negado.

Hemos crecido tan obsesionados con nostros mismos, tan seguros de que somos los protagonistas únicos de una película ganadora de 14 Oscars, que cuando la realidad nos abofetea de la más mínima forma, nos rebelamos huyendo hacia entornos menos exigentes.

El problema es que tanto los grandes proyectos como las más pequeñas aventuras suelen requerir aceptar que el refuerzo, el resultado placentero, no aparezca en el momento. Tenemos que esperar, aprender a ser pacientes, a continuar con aquello que empezamos y aceptar a que sea dentro de un tiempo, o quizá nunca, cuando alcancemos el objetivo por el que empezamos.

El enemigo principal: el tedio.

Con un cerebro tan acostumbrado a recibir descargas de placer de forma contigua a cualquier actividad, nuestra respuesta a la necesidad de ser pacientes suele ser la misma: aburrimiento y evitación. Nos cansamos pronto de una actividad que no genera placer inmediato. La cambiamos por otra (quizá más simple, quizá más tóxica) que sabemos que si que nos proporciona lo que buscamos.

Lo mismo sucede antes situaciones que supongan un desafío emocional o cognitivo: ya no queremos enfrentarnos a ellas, sino que buscamos estados donde la exigencia sea baja y podamos disfrutar de no pensar en nada mientras nos se nos proporciona el placer que nos merecemos.

Las conductas de evitación son esos impulsos que parecen irresistibles. Nos mueven a desconectarnos de la realidad para sumergirnos en la soledad del aislamiento. Ya lo dicen muchos: somos la sociedad más conectada de la historia y, a su vez, la que más sola se ha sentido jamás.

La conclusión que arrojan todas estas situaciones es la misma: vivimos tan ofuscados por los resultados que se nos olvida que la mayor parte de la vida es un proceso continuo. No hemos aprendido a disfrutar del camino, nadie nos ha enseñado a valorar los pasos que nos separan de la futura meta y, cuando la percibimos lejos, cambiamos automáticamente de objetivo.

Difícil solución, aunque no imposible.

Muchos de estos comportamientos son aprendidos, lo cual nos permitiría eso que tanto se ha puesto de moda: aprender a desaprender. Pero es algo que requiere de un esfuerzo individual para el que muchos no estamos preparados, ni disponemos de las herramientas necesarias para ello.

En un mundo cada vez más perezoso, resulta complicado imaginar a toda una sociedad como la nuestra reflexionando sobre sus propias carencias y deshaciéndose de esas conductas tan tóxicas: es mucho más fácil dejar pasar el tiempo, amargarnos, y culpar a lo que nos rodea de nuestros males.

Aún así, hay esperanza, o, al menos, yo no la pierdo: se puede ejercitar la mente, desde una perspectiva constructiva y aceptando que van a ser muchas las derrotas en este camino hacia una vida más plena, pero menos inmediata.

Podemos descubrir los fallos en esas conductas, cazarnos y desactivar esa cadena de decisiones erróneas. Es posible aprender de nuevo a disfrutar de las actividades que nos resultaban aburridas o evitables y ver en el proceso una nueva forma de placer, más allá del resultado final.

En definitiva, llegar a ver en el fracaso una oportunidad de intentarlo de nuevo y entender que hay mucho más placer en el camino, que en el destino.

¿Qué es la conformidad social y cómo nos afecta?

¿Qué es la conformidad social?

Nuestra herramienta clave como especie: la socialización

Está escrita en nuestra genética, grabada a fuego durante cientos de miles de años de evolución, una conducta que nos ha permitido desarrollarnos como especie: la socialización y nuestra capacidad de integración.

Una de las características asociadas a nuestra necesidad innata de integración social es el desarrollo de conductas encaminadas a la aceptación de las normas del grupo. Su incorporación como parte de nuestro sistema de valores y comportamientos juega un papel doble: por un lado fomenta nuestra sensación de pertenencia al grupo, mientras que por el otro permite que el grupo nos acepte como integrantes del mismo.

Este comportamiento, pese a su carácter adaptativo, tiene asociadas conductas que pueden llegar a ser nocivas para el individuo.

La conformidad social

Credit: ullstein bild via Getty Images/ullstein bild

La conformidad social es un fenómeno estudiado en 1932 por el psicólogo Arthur Jeness y desarrollado posterioremente por el psicólogo social Solom Asch en 1951. Consiste en el cambio de una creencia o una conducta por parte del individuo para encajar en el grupo social al que pertenece o quiere pertenecer.

Para demostrar su existencia y su impacto, Asch realizó una serie de experimientos que mostraron la potencia de la conformidad social en los individuos.

Experimento

Los sujetos del experimento fueron un grupo de estudiantes, todos sentados en una misma sala, y a los que se les pidió que realizasen tareas sencillas de evaluación de imágenes. Debían juzgar, por ejemplo, la longitud de determinadas líneas y cuáles eran, a su parecer, más largas o más cortas.

El sesgo de conformidad: siguiendo el rebaño (I) | by Hugo Sáez | Medium
Un ejemplo de uno de los ejercicios del experimento de Asch.

Dentro del grupo de sujetos del estudio estaban estudiantes que, previamente, se habían prestado a formar parte del experimento de otra forma: eran cómplices del profesor y habían sido preparados para ir dando respuestas erróneas a lo largo del ejercicio. Lo que Asch quería evaluar era de qué forma la opinión mayoritaria del grupo tenía influencia hasta en las percepciones más evidentes del propio individuo.

Los resultados fueron sorprendentes: los sujetos estudiados iban variando sus respuestas, pese a reconocerlas como erróneas, para adaptarlas a la respuesta de la mayoría. Asch había demostrado la existencia de la conformidad social y, además, había puesto de manifiesto su enorme importancia en nuestra capacidad de juicio.

La conformidad social en la actualidad

Las redes sociales

Internet es, a día de hoy, el grupo social más grande al que pertenecemos. Es un superconjunto de conjuntos de personas conectadas por intereses comunes. Y todos, absolutamente todos, queremos sentir que formamos parte de alguno de esos grupos.

La presión social que ejercen las redes sociales sobre nuestra forma de entender el mundo, sobre cómo nos identificamos nosotros mismos, ha incrementado exponencialmente. A día de hoy, nuestro sentido de pertenencia al grupo lo marcan las influencias que adquirimos al navegar por internet.

Nuestro criterio parece menos construído a través de la experiencia y más moldeado a través de lo que las redes sociales nos muestran.

El impacto de la conformidad social en nuestro yo futuro

Al permitir que esto suceda, aunque sea de forma inconsciente, estamos cediendo parte de nuestra libertad individual. Aceptamos como válidas muchas de las informaciones que recibimos si existe tras ellas un cierto consenso social. Adquirimos determinadas conductas imitando al grueso del grupo al que queremos parecernos o pertenecer. La «mayoría» se ha convertido en un concepto variable que va modelándonos a su antojo.

El problema radica en qué modelos son los que terminan imponiéndose y por qué. Lejos de buscar extrañas conspiraciones, el dinero y sus ramificaciones son el órgano rector de estas influencias milimetradas. Hoy todo tiene el sello del consumo, de la publicidad, de la venta. Bombardeos de imágenes tremendamente filtradas que nos alejan de una realidad para acercanos a una necesidad.

No es un problema nuevo, evidentemente. Las modas han estado siempre y han tenido un impacto en la opinión pública, una capacidad de acción sobre nuestras decisiones. El cambio, aunque pase por impercetible, es que en la actualidad las modas son espúreas, las influencias vienen y van en cuestión de días.

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Cada cambio, cada giro en lo que se espera que seamos, cada aceptación e integración de lo que la mayoría considera que debemos ser, es un trozo más que perdemos de nuestra propia identidad.

Es por eso que quizá hoy más que nunca sean necesarias altas dosis de educación en filosofía: necesitamos ciudadanos que desarrollen sus capacidades de reflexión y de crítica. Que piensen, que crean en su intuición, que acepten más lo que ven que lo que les dicen los demás que deberían estar viendo.

En definitiva, que si la línea que ven es más corta, sean capaces de ir en contra del resto para defender sus propios principios.