Categoría: Actualidad

  • Mateo

    Mateo

    Cuando supe que Mateo venía en camino recuerdo que entre la alegría y la sorpresa hubo espacio para las dudas y los miedos. Un compañero de trabajo me dijo entonces algo que quedó dando vueltas en mi cabeza: no son tanto los padres los que enseñan a los hijos como los hijos los que nos revelan quiénes somos realmente, con nuestras virtudes y defectos. Ahora, al sentir el latido de Mateo, entiendo que él no solo viene a aprender del mundo, sino a enseñarme el mío.

    Escribo estas líneas con su suave respiración en mi pecho que es, a su vez, el recordatorio constante de que hoy me necesita más de lo que me necesitará jamás.

    En estos poco más de treinta días ha sido capaz de enseñarme mucho más de lo que hubiera imaginado, mostrándome que mi mayor debilidad se esconde tras lo incierto.

    He crecido construyéndome un mundo interior seguro y lleno de certezas sin entender que el mundo de verdad jamás lo será. Que la incertidumbre es uno de los ingredientes principales de la receta de la vida.

    Y así, con su llegada, no necesitó más que un instante para correr las cortinas con las que el Sergio niño se protegía de lo que no podía controlar y, cogiéndome de la mano, me enseñó un mundo en el que ya nunca podría controlar nada.

    Así que he empezado, al igual que él, mis primeros días en este mundo más incierto, aunque mucho más interesante.

    Donde cada día es un desafío pero también una conquista y en el que el «todo está controlado» ha dejado hueco al «todo termina pasando».

    Lo perfecto ahora no es la expectativa cumplida o el objetivo logrado, sino el instante donde él te dice con la mirada que todo está bien. Hay veces que no hace falta nada más.

    En uno de los cumpleaños de mi padre le regalé una pequeña foto nuestra en la que una frase marcaba el cielo: «Solo hay dos legados que podemos dejar a nuestros hijos, uno son las raíces, el otro son las alas.»

    Pienso que tras los miedos y las dudas emerge un único deseo, después de todo: ser capaz de transmitirle ese amor por sus raíces, las de aquí y las de mar allá y ayudarle con esas alas para que vuele tan alto como mi padre me permitió volar a mí.

    Todo lo demás, terminará pasando.

  • Dragon Ball Daima – Primeras impresiones

    Dragon Ball Daima – Primeras impresiones

    Tras la marcha del gran maestro Akira Toriyama, la expectación por la que iba a ser su obra póstuma se multiplicó.

    Si la vuelta a la pantalla de los grandes personajes de Dragon Ball ya era el acotencimiento del año, ahora se había convertido en el evento de los últimos quince.

    Atrás quedaba la fallida Dragon Ball GT, de la que Toriyama siempre renegó y Dragon Ball Super, un intento con sus luces y sus sombras de darle continuidad a la saga.

    Dragon Ball Daima pretende volver a sus orígenes. Lo hace, además, reeditando los inicios de Dragon Ball GT, pero esta vez, en lugar de Son Goku, son todos los personajes principales quienes regresan a la infancia.

    Falta por ver, una vez definida la premisa, cómo de bien se iba a llevar a cabo el desarrollo.

    Llevamos tres episodios y hay cosas a desctacar:

    Una factura impoluta

    Si hablamos de la parte técnica, Dragon Ball Daima es, probablemente, la mejor animada de todas las series de Dragon Ball. Y en algunos momentos, con muchísima diferencia.

    Atrás quedan esos episodios lamentables de Dragon Ball GT, o esos personajes burdamente dibujados de Dragon Ball Super.

    En el primer episodio se hace un repaso a los grandes momentos de la saga con una reedición del dibujo asombrosa y la calidad se mantiene durante estas tres primeras entregas.

    Queda por ver si serán capaces de seguir al mismo nivel.

    Un desarrollo interesante

    Si bien la premisa ya está vista, por ahora la historia parece querer llevarnos de la mano al orígen de todo: la serie matriz Dragon Ball. A ese Goku pequeño y despreocupado que luchaba contra monstruos de un poder relativo sin que el mundo estuviera a punto de desaparecer en cada instante.

    Aunque todo se desarrolla en el mundo demoníaco, la percepción de que la historia nos devuelve a esa intrascendencia, a ese amor por las cosas más sencillas y menos relevantes, ha sido el mejor de los descubrimientos hasta ahora.

    Sí que es cierto que todo apunta a que no aguantará mucho: los personajes, aun siendo niños, mantienen sus poderes y entiendo que sus oponentes tendrán que estar a la altura.

    Pero ya no es todo esa carrera sin frenos hacia la enésima transformación, hacia el poder de los dioses super guerreros. Ahora las batallas se dan por unas cuantas hamburguesas. Y eso me encanta.

    La nostalgia

    Bien es cierto que todo esto parte de que muchos de los que nos acercamos a Daima lo hacemos con la retina cargada de recuerdos de Goku y sus aventuras hace más de veinte años.

    La nostalgia siempre ha sido un arma de doble filo, pues en su capacidad de atraer reside también el peligro de hacernos ver que nada volverá a ser como antes.

    Sin embargo Daima ha conseguido hasta ahora mostrarse lo suficientemente independiente de sus predecesoras para, aún llevándonos de vez en cuando por los senderos de los recuerdos, convencernos de que se trata de algo nuevo y diferente.

    Queda mucho por recorrer en esta nueva aventura, pero apunta a ser apasionante.

  • Jujutsu Kaisen: Más allá de la lucha entre bien y mal

    Jujutsu Kaisen: Más allá de la lucha entre bien y mal

    Si algo no es Jujutsu Kaisen es una serie de lucha entre hechiceros y maldiciones. O quizá más bien, no es sólo eso.

    Reducir una serie tan completa a la eterna lucha entre el bien y el mal es hacerle un flaco favor a uno de los mejores animes de los últimos tiempos.

    Es evidente que, en la superficie, puedes quedarte con eso. El enfrentamiento entre esa humanidad a la que nos aferramos y aquellos monstruos a los que les negamos ningún vínculo. Pero Jujutsu Kaisen es también un ejercicio de reflexión acerca de los demonios propios, acerca de la batalla interna de un adolescente que se encuentra en la encrucijada de no saberse héroe o villano.

    Sobre esa base, la serie desarrolla una amalgama poderosa de personajes que te acompañan en una narrativa épica y muy bien estructurada. Nada es superfluo y hay poco de exceso en sus dos primeras temporadas y en su OVA.

    Yuji Itadori es ese adolescente empeñado en enfadarse consigo mismo, incapaz de encontrar algo que le apasione en la vida y que no se reconoce en ninguno de los posibles futuros que le brinda su realidad. Es un héroe sin mística que en su búsqueda de respuestas encontrará a Satoru Gojo, sin duda el personaje en mayúsculas de la serie.

    Gojo es una brújula extraña en este viaje. No sabes si lleva tiempo estropeada o si todo obece a un plan superior, pero arrastra de una forma visceral al espectador a su mundo. Esconde mucho más de lo que muestra, pero intuyes que tras esos ojos reside un poder descomunal.

    Con ellos, como digo, Jujutsu Kaisen despliega un conjunto de personajes secundarios tan complejo como atrayente, tejiendo una intrincada historia que los termina conectando a todos y dejándote tras sus más de 40 episodios con ganas de mucho más.

    Maravillosa.

    Nota: 9/10

  • Desafío de los 100 intentos imperfectos

    Desafío de los 100 intentos imperfectos

    Durante años he entendido que los logros personales, en su mayoría, son aquellos que vienen de la mano de la repetición constante hasta alcanzar la suficiente experiencia como para considerarte bueno en algo.

    La constancia era, por tanto, la piedra filosofal de todo proyecto o idea. Si existía una receta para el éxito, cualquier tipo de éxito, esta debía llevar en la lista la capacidad de ser constante.

    Pero ahora concibo la constancia como un elemento dual, abrazado inexorablemente a otra noción crucial en el camino hacia cualquier destino: la consistencia.

    No se trata, pues, solo de repetir, sino de hacerlo además de forma consistente: manteniendo un mínimo que no puedes dejar de exigirte. Y siendo consciente en todo momento del proceso.

    Así se puede entender, por ejemplo, que el estado físico no depende en exclusiva de cuántas repeticiones o de cuanto peso levantes, es fundamental cómo ejecutas tu plan de entrenamiento y debes exigirte un mínimo para lograr objetivos.

    Estos días he leído un par de publicaciones que hacen referencia al concepto del «100 crappy things challenge», que vendría a ser algo como el Desafío de las 100 cosas cutres o imperfectas: en resumidas cuentas, te dicen que si empiezas con algo y eres capaz de repetirlo 100 veces, llegarás a ser un experto en esa materia.

    Esta idea entronca perfectamente en esa creencia de la constancia y la consistencia que lleva tiempo orbitando por mi cabeza, lo que me lleva a la intención de ponerlo a prueba.

    Durante el próximo año y eso que lo que se viene es profudamente exigente, quiero intentar alcanzar esa marca de 100 cosas imperfectas en determinadas áreas de mi vida. Por ahora es demasiado pronto para tener una lista definida, pero no tardaré en publicarla.

    El objetivo no es otro que demostrar o refutar que es en el camino de la constancia y la consistencia donde se alcanza la excelencia.

  • Yo ideal

    Yo ideal

    Envejecer proporciona, entre otras muchas cosas, cierta perspectiva ante el paso del tiempo.

    Escuchaba el otro día decir a Claudio Serrano, conocido por doblar a actores del nivel de Christian Bale o Ben Afflect, que hay una edad, a eso de los treinta y tantos, que parece que lo sepamos todo, y no.

    De repente te encuentras en lo que se supone el ecuador de una vida y descubres que muchas de las cosas que dabas por sentadas no lo son tanto. Y no es lo mismo notar que el suelo se tambalea con 20 que con 40.

    Con 20 aprendes a bailar en medio del terremoto, tienes poco que perder, pero con 40 ya es otra cosa.

    El psicólogo Carl Rogers dividió el yo en dos subconjuntos: el yo real y el yo ideal. En la distancia entre ambos residen muchos de esos fantasmas que emergen al llegar a la cuarentena.

    El yo ideal, según Rogers, representa tus aspiraciones, tus expectativas, a dónde quieres llegar, quién te gustaría ser. Mientras que el yo real encarna la persona que realmente eres.

    Pasamos toda la vida tratando de acortar la distancia entre ambos porque, cuanto más cerca estén el uno del otro, más felices se supone que seremos. Y esa separación se puede reducir fundamentalmente de dos formas: o trabajas tu yo real, o redefines tu yo ideal.

    Estas dos maneras tienen su reflejo en las dos grandes corrientes pseudo-psicológicas que azotan nuestra generación: por un lado están los «coaches» que te exigen ser la mejor versión de ti mismo cada minuto de tu vida, obligándote a conformar un yo ideal absurdo y empujándote a aceptar sus dogmas como mecanismo para llegar algún día a lograrlo.

    En contraposición, encontramos a los «gurús» de la meditación oriental que abogan por una aceptación absoluta de uno mismo sin cuestionamiento alguno. Todo vale, porque si lo sientes así ya lo validas, lo que en esencia elimina la poca capacidad de desobediencia que nos queda.

    Es a eso de los 40 cuando, como dice Claudio Serrano, le das la vuelta a la pata del jamón y surge la necesidad de evaluar dónde estás. Porque la realidad te empuja a cambiar el reloj de modo y empiezas a sentir que los minutos descuentan.

    Si la separación entre el yo real y el yo ideal es demasiado grande, aparecen los problemas, las dudas y los miedos.

    Ante eso, unos se centran en esforzarse, a veces hasta la extenuación, en acercar su yo real lo máximo a su yo ideal: los vendedores de bicicletas o de material deportivo conocen bien este nicho. Otros asumen su realidad (que no es lo mismo que aceptar, por mucho que se empeñen) dejándose llevar por las falsas promesas de una felicidad espiritual fatua.

    Existe una tercera opción en la que puedes, en un ejercicio de salud mental tan costoso como necesario, redibujar ese yo ideal que esbozaste con 20 años adaptándolo a esa nueva realidad con sus nuevos límites, sus nuevos desafíos, pero también con sus nuevas ilusiones. E iniciar el camino de tu yo real en esa dirección, sin prisas, sin exigencias, pero sin dejar de moverte.

    No hay ningún secreto en el equilibrio, lo único que necesitas es sentir las olas.

    Frank Herbert

  • Adiós a Akira Toriyama

    Adiós a Akira Toriyama

    Las emociones juegan un papel nuclear en nuestra capacidad de recordar.

    Esto explica por qué un olor, una canción, o cualquier otro tipo de elemento que nos conecte con una emoción pasada mejora nuestra habilidad para evocar momentos de nuestro pasado.

    Los primeros acordes de Cha-la Head Cha-la de Hironobu Kageyama me transportan automáticamente a mis primeros recuerdos. A la felicidad en estado puro al llegar del colegio y dar con el capítulo de Bola de Drac Z sin empezar. Sí, en catalán. Siempre.

    Nuestra construcción se cimenta en muchos de esos momentos que, inconscientemente, nos han ido definiendo. No podemos comprender quiénes somos ahora si no hacemos el ejercicio de mirar hacia quienes fuimos por aquel entonces.

    Akira Toriyama ha muerto hoy. Y más allá de la tristeza humana por la partida, queda el enorme vacío en su marcha por todo lo que supuso, supone y supondrá su maravillosa obra que hoy queda huérfana. Sus trazos dieron vida a personajes que, además de perdurar en el tiempo, son piezas clave que nos permiten completar y comprender el puzle de nuestra existencia.

    Hace unos meses despedíamos al irrepetible Ibáñez, sin cuyas viñetas el olor a periódico las tardes de los domingos no me habría hecho enamorarme de la lectura.

    Hoy se ha marchado el culpable de que pasasemos las tardes merendando embobados frente a un barrigudo televisor cuadrado de 14 pulgadas.

    Si a Ibáñez le estaré agradecido siempre por haberme dado el placer de amar el mundo del cómic, a Toriyama le debo mi idilio con la animación y la cultura japonesa.

    Muchos le debemos, también, nuestro primer contacto con ciertos valores fundamentales de nuestra cultura: la amistad, la familia, el honor o el esfuerzo son temas centrales en todas sus historias. Ideas que sutilmente van dejando el poso de esos puntos comunes entre occidente y oriente. Aquellos lugares donde la humanidad no entiende de fronteras.

    Akira Toriyama ha partido hacia ese cielo en el que le espera el Gran Rey Enma. Quien a buen seguro le granjeará el paso hacia el infinito camino de la serpiente.

    Estoy convencido de que, desde el minúsculo planeta de Kaíto, observará con orgullo su tremendo legado y sonreirá de agradecimiento al sentir nuestra expresión más sincera de amor por sus irreemplazables historias.

    Yasuraka ni nemuru Toriyama-sensei!

  • Viviendo a través de un cristal

    Viviendo a través de un cristal

    El pasado 2 de Febrero, Apple lanzaba al mercado su nuevo revolucionario invento: las Apple Vision Pro.

    Estas gafas de Realidad Aumentada llegaron con la intención de cambiar nuestra forma de interactuar con el mundo. Su capacidad de añadir elementos audiovisuales en un entorno real supone un paso hacia adelante en esa visión de un mundo donde la tecnología y la realidad sean prácticamente indistinguibles.

    Una herramienta, una consecuencia de nuestra generación

    Sin embargo, desde hace ya tiempo, todas estas supuestas herramientas maravillosas esconden una triste verdad generacional: hoy se vive cada vez menos en la realidad y cada vez más a través de una pantalla.

    Lo irónico del asunto es que sonreímos a nuestros carceleros mientras aceptamos y normalizamos vivir encerrados tras unos barrotes de cristal.

    Nadie se sorprende de ver cómo en una mesa llena de amigos impera el silencio mientras las cabezas agachadas interactúan frenénticamente un un cristal templado.

    Se acepta como normal que en los vagones de un tren los teléfonos hayan sustituido a las conversaciones o a los libros.

    Mires donde mires la presencia de las pantallas nos es imperceptible: han pasado a formar parte de nuestra vida.

    Educamos, maduramos, sentimos y vivimos en ellas

    Esto me hace reflexionar y preguntarme si no estamos ante la droga del siglo XXI.

    Una droga mucho más adecuada para los tiempos en los que la química y los trastornos asociados a su abuso nos asustan. Una droga más silenciosa, pero tanto o más tóxica que las que arrasaron a finales del pasado siglo.

    Aceptamos que esta nueva clase de droga la consuman niños, que la consuman nuestros amigos o que lo hagamos nosotros mismos.

    Con todo y así, todavía hay personas que se niegan a reconocer que la adicción a las redes sociales o a los teléfonos móviles implican los mismos mecanismos de refuerzo y respuesta que cualquier droga química.

    Y, como sucede con el alcohol y, en menor medida, el tabaco, su aceptación social la convierte en muchísimo más peligrosa porque el riesgo percibido es muy bajo.

    Cada vez más aislados

    Olvidémonos por un momento de toda la parafernalia técnica, del análisis psicólogo de la propia adicción y profundicemos más en la raíz social del problema y en una de sus peores consecuencias.

    Es el momento en la historia que más aislados estamos. Aceptamos la transición hacia la autoreclusión con la misma alegría con la que muchos abrazaron los psicofármacos y su alienación de la realidad hace 30 o 40 años.

    La soledad hoy se percibe como virtud, como objetivo vital. Las interacciones sociales, críticas en la supervivencia de nuestra especie, se producen a través de un sinfín de plataformas que nos deshumanizan.

    Recuperarnos es volver al pasado

    Por mucho avance tecnológico que nos ofrezca la ciencia, jamás deberíamos renegar de quiénes somos y de los elementos nucleares que nos han traído hasta este mismo momento del tiempo.

    El ser humano es, en esencia, su contexto social, su red de relaciones que tejen una intrincada maraña de conexiones que nos permiten llegar más lejos de lo que lo haríamos solos. Que nos protegen, tanto física como mentalmente, de los golpes de la vida.

    Renegar de ese espacio de reclusión, alejado de todos, es regresar a nuestra forma humana de comprender la vida como un camino que transitamos de la mano de muchas personas.

    En definitiva, todo avance debería pasar por convertirnos en un poco más humanos y un poco menos máquinas.

  • Rituales

    Rituales

    De un tiempo a esta parte he experimentado una fascinación especial por comprender muchos de los procesos asociados con la producción.

    Desde el artesano japonés que dedica toda su vida a perfeccionar el arte de crear pinceles caligráficos hasta la gestión de pedidos en un Dunkin Donuts. Todas estas actividades comparten, en esencia, la puesta en valor de las rutinas.

    Rutinas vs Rituales

    Todo proceso conlleva necesariamente manejar rutinas establecidas.

    Leí hace poco una frase que me encantó. Decía algo así como «un ritual es una rutina con significado para ti». Eso me hizo reflexionar sobre cómo los rituales terminan siendo fundamentales para aquellos que convierten una actividad en su pasión.

    El ritual es una sucesión de acciones que representan algo. A diferencia de una rutina, un ritual no requiere un fin específico ni tiene por qué ir enfocado a un objetivo determinado, pero sí que exige que el completarlo tenga cierta trascendencia.

    El ritual ha sido la forma que hemos tenido toda la vida de transmitir un mensaje. Ya sea a una comunidad, como a nosotros mismos.

    Está tanto en la coreográfica ceremonia católica ejecutada al milímetro durante una misa, como en esa copa de vino tinto que se sirve mi padre justo antes de disfrutar de una buena comida.

    Rituales que nos dirigen

    Que un ritual no tenga un objetivo definido no implica que no podamos utilizarlo como mecanismo para alcanzar nuestras metas.

    Si un ritual nos transmite un mensaje, ¿por qué no modular ese mensaje en nuestro beneficio? Podemos emplear el ritual para predisponernos hacia una tarea o, como mínimo, hacia una dirección determinada.

    Para lograrlo, podemos convertir muchas de nuestras rutinas en rituales si les otorgamos un verdadero significado. Si vinculamos la acción con la emoción.

    Acción y Emoción

    Aquí está el elemento fundamental. La acción, entendida como la acción voluntaria, es un proceso que ejercemos de forma consciente y que, generalmente, está dirigido por nuestro lóbulo frontal.

    En cambio, las emociones surgen de forma inconsciente desde otra parte completamente distinta de nuestro cerebro: amígdala, hipotálamo, etc.

    Son dos circuitos independientes que puede ir de la mano si se aprende a relacionar la accion con la emoción. De esta manera, a través de este vínculo, desencadenar comportamientos, siguiendo un poco la idea de Albert Ellis y su Terapia Racional Emotiva Conductual.

    Rituales en la vida real

    La conclusión de todo esto es que quiero probar estas ideas en mi día a día.

    Por ejemplo, justo antes de irme a dormir, quiero tratar de asociar todas esas pequeñas acciones que realizo casi de forma automática con un sentido real.

    Quiero convencerme de que todo ese pequeño proceso desemboca en una sensación de placer cuando, después de un largo día, por fin me permito descansar.

    Y ahí agregar aquellos pequeños pasos que quiero que doten de verdadero valor al ritual: diez minutos de lectura, dejar todo listo para el día siguiente… Cualquier cosa que me haga sentir que el proceso tiene sentido.

    Igual es la enésima ida de olla que me viene de tanto mezclar filosofía, psicología y productividad barata de mercadillo.

    Pero imagínate que funciona.

  • Propósitos para 2024

    Propósitos para 2024

    Otro año termina.

    Así de simple. 365 días después, aquí otra vez, intentando hacer el ejercicio de mirar hacia atrás y ser mínimamente honesto conmigo mismo.

    Y, cómo ya dije hace un año: Los propósitos de año nuevo son una quimera y un arma de doble filo que lo mismo que nos divierte se puede convertir en una verdadera frustración vital.

    Así que frente al papel en blanco, y con la lista de este 2023 en el cogote, me dispongo a enfrentarme al Sergio de hace un año.

    Revisión de 2023

    Aunque escribí la lista el 31 de diciembre de 2023, hice una pequeña revisión en Abril. La intención era continuar 3 meses después, pero bueno, ya conocemos las buenas intenciones.

    Hoy me centraré en esa lista revisada, porque traté de ser más realista y más conciso y me vino bien para acotar mis expectativas:

    Objetivos para 2023

    1. Leer 15 libros (~1/mes) ✅
    2. Publicar 24 posts (2/mes) ❌
    3. Hay 4 series que quiero empezar y terminar
    4. Quiero obtener 3 Certificaciones.
    5. Hacer deporte 2 veces a la semana. / Bajar a 80kg.
    6. Terminar el libro de Latín. 
    7. Completar el Proyecto Legendarium. Poner en marcha el Proyecto Alianza Digital.
    8. Viajar a 3 destinos diferentes a lo largo del año.

    Visto así, 5 fracasos frente a 3 logros, uno se queda con la sensación de que no ha ido bien.

    Pero es cierto que muchos de esos objetivos fallidos se han conseguido parcialmente.

    • He publicado 14 entradas, duplicando las que escribí en 2022.
    • He mantenido una rutina de hacer deporte que, si bien no me ha alcanzado para llegar al objetivo, me ha demostrado que puedo ser consistente también en ello.
    • He completado proyectos web y applicaciones que me han permitido profundizar en el aprendizaje de tecnologías muy interesantes para este 2024.

    Por otro lado, dentro de los objetivos cumplidos, este ha sido un año de mucha más lectura (más de 15 libros), mucho viaje (más de 40.000 km recorridos en 3 meses) y mucho, muchísimo aprendizaje.

    Así que, en realidad, este 2023 cierra con un balance muy positivo y con la vista puesta en un 2024 que se aventura tan interesante y apasionante.

    Propósitos para 2024

    Pero aquí hemos venido a jugar. Está claro que esto es un ejercicio que tiene mucho de ficción y poco de ciencia, pero yo siempre he sido un amante de las dos:

    Para este 2024, estos son mis propósitos:

    1. Leer 20 libros: Ahora que le he cogido el gusto, y con una lista de pendientes, tanto en físico como en digital, bastante considerable, ha llegado el momento de dar otro pasito adelante.
    2. Publicar 24 posts: Aquí repito, quizá por cabezonería, pero creo que es posible alcanzar un ritmo de publicación en este espacio que me lleve a escribir dos veces al mes.
    3. Retomar el piano (2 piezas): Hay pocas cosas que me eche más en cara este 2023, como de mi total dejadez para con el piano. En 2024 es una de las cosas que pretendo cambiar sí o sí.
    4. Deporte (2 veces semana/82 kg): El camino ya está iniciado, ahora falta asentarse y complementarlo no sólo con el gimnasio sino con salir a correr de vez en cuando. De nuevo, metas asequibles.
    5. 300 contribuciones en mis repositorios: Esta es nueva, pero este año he pasado de 160 contribuciones a 110 en mis repositorios y este 2024 debe ser el año de desarrollar y desplegar los múltiples proyectos que tengo en mente.
    6. Certificaciones (3): No tiene mucho más. Con el cambio de trabajo y los múltiples frentes que he tenido abiertos, me he ido formando de forma paralela a las certificaciones regladas, en 2024 ha llegado el momento de consolidar ese conocimiento.
    7. Multiplicar mis números en internet. Hoy en día hay cada vez más plataformas, más mecanismos que nos permiten comunicarnos y este 2024 pretendo aprender a usarlos (al menos en aquellos que me siento más cómodo) y que eso conlleve más contenido.
    8. Aprender a estar. Llevo mucho, muchísimo tiempo, machacándome con la idea de que vivo 5 minutos hacia adelante, siempre lejos del presente, tratando de vivir en un futuro que no existe. Es un comportamiento aprendido durante años que me impide, en muchos momentos, disfrutar del presente. Y, como todo comportamiento aprendido, se puede desaprender.

    Y ya estaría. Ocho nuevos propósitos para un año cuyas cifras suman 8. Poco más voy a pedir.

    Hasta dentro de 365 366 días.

    ¡Feliz 2024!

  • La Incertidumbre

    La Incertidumbre

    Enfilamos el último mes de un 2023 que ha tenido muchas cosas y, para ser honestos, la mayoría buenas.

    Acaba, además, obligándome a enfrentarme a una de esas pesadas piedras que siempre he llevado en mi mochila: la intolerancia a la incertidumbre.

    Cuando todo es incierto, nada es incierto

    Como seres humanos, nuestro neocortex nos proporciona una serie de capacidades avanzadas que nos han convertido en la única especie soberana de la Tierra, o eso se nos supone.

    Entre muchas de esas habilidades destaca la de la toma de decisiones. Nuestra capacidad de razonamiento, al igual que la de un ordenador, no es infinita, y esto nos obliga a buscar zonas de seguridad donde la mayoría de nuestro contexto se perciba bajo control.

    He escogido con cuidado las palabras en la última expresión porque no existe nada bajo control, sino la percepción de que lo está.

    Esto se ha convertido en pieza clave para nuestro desarrollo mental y emocional.

    Por eso, cuando nos sobrevienen circunstancias que alteran significativamente nuestro contexto (digamos que lo «descontrolan»), nuestro cuerpo buscará recobrar el equilibrio o homeostasis mediante mecanismos de estrés: liberará aquellas sustancias necesarias para ponernos en alerta y conducirnos a recuperar nuestra tranquilidad.

    Cultivando la tolerancia

    Albert Ellis sostenía en su teoria que el elemento fundamental que guía nuestro comportamiento y, en definitiva, sus consecuencias, son nuestras creencias.

    Y es ese el único elemento que tenemos la capacidad de modificar. Pese a todo el empeño que le pongamos a pretender controlar el contexto, se trata de una batalla perdida de antemano que solo nos puede traer frustración.

    Es en la arena de las creencias, donde el combate es mucho más favorable para nosotros.

    La incertidumbre, así, deja de ser algo contra lo que luchar para pasar algo que saber gestionar. Cómo afronto aquellas situaciones donde la incertidumbre, la situación con un control limitado, lo desconocido, juegan un papel importante, va a ser la esencia para vivir una vida emocional mucho más saludable.

    El método: exposición

    Y cómo mejoramos nuestra tolerancia, como modificamos esas creencias que nos llevan a conductas tóxicas: como sucede con muchas de las experiencias negativas limitantes, con exposición.

    La exposición en psicología es una terapia que ayuda a las personas a enfrentar y manejar sus miedos o ansiedades, exponiéndolas de manera segura y gradual a las situaciones que los causan. Es un método efectivo para superar fobias u otros comportamientos ansiógenos.

    Mucha parte de las técnicas congintivo-conductuales fundamentan gran parte de su eficacia en este concepto y hay mucha literatura y experimentación detrás que sustentan su efectividad.

    Mi caso personal

    La forma que he tenido durante este mes de lidiar con esa necesidad de controlarlo todo ha sido permitir, de forma relativamente controlada (por irónico que parezca), cierto descontrol.

    Eso me ha servido para aprender mediante la experiencia directa a lidiar con lo inesperado, reducir la necesidad de tenerlo todo planeado y aceptar que el contexto es incontrolable.

    No siempre ha funcionado y he de reconocer que ha habido momentos en los que la situación ha parecido superarme, pero, como todo en esta vida, el tiempo es la herramienta definitiva para suavizar emociones, tanto las positivas como las negativas. Y el tiempo me ha permitido superar hasta esas situaciones y recoger cierto aprendizaje de ellas.

    Creo que es la mejor forma de ir reconfigurando mi cerebro para alejarme de comportamientos controladores y poder flexibilizar mi forma de comprender la vida.

    Y tú, ¿cómo lidias con la incertidumbre?