¿Y España qué, otra vez campeona del mundo?

¿Y España qué, otra vez campeona del mundo?

Corría el año 1994 cuando Mitsubishi lanzó una campaña de publicidad en la que en una apartada aldea de Guadalajara, un afable pastor preguntaba acerca de los cambios que habían ido sucediendo en los últimos años y terminaba con esa pregunta que se convertiría en mítica: ¿Y el Madrid qué, otra vez campeón de Europa?

Para un chaval de 10 años, como los tenía yo por aquel entonces, había cierta mística alrededor de los años de sequía en el Bernabéu. Parecía que alcanzar el cetro europeo era una gesta que tenía mucho de leyenda antigua.

Una leyenda que hablaba de épica, de logros por encima de la lógica, en la que jugadores extraordinarios alcanzaron la gloria coronándose múltiples veces como los mejores futbolistas en competiciones de clubes y mostrando al mundo una hegemonía en su fútbol tan incomparable que se llegó a transformar el éxito en normalidad esperada.

Pero entonces, la diosa Fortuna decidió que la historia debía convertirse en leyenda y que, para eso, pasasen decenas de años en los que el Madrid no fuera capaz de lograr un título europeo.

Y de ahí, el buen pastor, alejado de todo el cambio, preguntando por aquella época dorada, ajeno a la maldición que asolaba las urnas del Bernabeu.

Cierto es que cuatro años más tarde Pedrag Mijatovic rompería con esa maldición y daría paso a una de las etapas más gloriosas del equipo merengue en Europa, pero esa es otra historia.

Fue en ese mismo año, en 1994, cuando Italia nos apeó del mundial de EE.UU. (al final, todo está conectado de alguna forma) en aquel partido para la historia en el que Tassotti le fracturó el tabique nasal a Luis Enrique.

Mi memoria alcanza hasta ahí, 1994, luego llegarían los sucesivos Francia 98, con el error de Zubi, Corea y Japón 2002, con el atraco de Al Ghandour o Alemania 2006 cayendo ante la Francia de Zidane.

Existía, enmarañada en esa memoria, una especie de sensación latente en todas las sobremesas donde se hablaba de fútbol: a España, como selección nacional, no se la tenía en cuenta en los pronósticos.

Se hablaba de quizá alcanzar alguna vez una final europea como horizonte final en las aspiraciones del aficionado español, pero un Mundial eran palabras demasiado grandes para un equipo supuestamente tan pequeño. Siempre caeríamos en algunos fatídicos cuartos de final.

En 1994 ganó el Mundial la Brasil de Bebeto y Romario ante la Italia de Baggio, con esa icónica imagen suya tras fallar el penalti decisivo.

En el 98 fue la Francia de Zizou ante una Brasil de videojuego.

Cuando el adolescente que era por aquel entonces trataba de entrometerse en las conversaciones de adultos, la sensación era que nuestra selección no tenía la historia, ni la mística, ni el empaque que sí que tenían otras, especialmente las sudamericanas: la Brasil de Pelé, la Argentina de Maradona o la Uruguay de Varela y su Maracanazo.

No estábamos preparados, decíamos, y lo decíamos con la tranquilidad resignada de quien ya ha aceptado su lugar en el escalafón de la historia del fútbol. Quizá ni siquiera queríamos estarlo: hay una comodidad extraña en la derrota anunciada, en pasar de fase de grupos como expectativa, en la broma que uno se hace a sí mismo antes de que se la hagan los demás. Y eso es muy nuestro.

Pero la historia, que rara vez avisa y nunca pide permiso, ya había puesto en marcha un reloj distinto. Faltaban catorce años para que un chaval llamado Fernando Torres empujara un balón por encima de Lehmann en el Ernst Happel de Viena y, con ese gesto que parecía sencillo, partiera en dos la historia de una selección que hasta entonces solo sabía perder con dignidad. 2008. Cuarenta y cuatro años de travesía liquidados en un solo toque.

Y en esa España del cuestionadísimo Luis Aragonés, empezó a cristalizar la pregunta que ha hecho famosa Laporte estos últimos días: ¿Y por qué no?

Dos años más tarde Iniesta, en el 116 de nuestras vidas, nos respondía a todos.

Quedaba en el aire, por entonces, la duda de si esto había sido el fogonazo de una generación irrepetible o algo más.

Los siguientes tres mundiales desenterraron las viejas tradiciones españolas de tirarnos por tierra antes de que vengan a hacerlo los de fuera: Sí, habíamos sido campeones del mundo, pero por una combinación única de factores excepcionales. Tocaba aceptar que no volvería a pasar.

Tras el último fracaso llegó otro Luis, De la Fuente, cuestionado como el primero (me pregunto si en este país solo se puede creer en aquellos que antes se dudó), y decidió que al futbol, al moderno y al antiguo, al de la calle y al del Metlife Stadium, se juega en equipo.

Construyó sobre esa base un proyecto que volvería a lanzar al mundo el mismo mensaje que el de la generación de 2008: mientras a otras selecciones se las recuerda por sus estrellas, a nosotros se nos recordará siempre por nuestra forma de jugar al fútbol.

Y volvió a pasar, una tarde de bochorno de julio, a miles de kilómetros de España, en la batalla de todos los tiempos ante la Argentina de Messi, veintiséis jugadores convirtieron 120 minutos en un escaparate para el mundo entero de cómo se gana al fútbol: destrozando el discurso cancherista que había arropado tantas tropelías durante tantos años y enterrando definitivamente la mentira de que los equipos se construyen alrededor de una estrella.

Lo único que gira alrededor de una estrella son los planetas, pero en el universo del fútbol, quienes más brillan no son las estrellas solitarias, sino las constelaciones.

Quizá entonces, dentro de treinta o cuarenta años, algún niño escuche hablar de aquella España que ganó una Eurocopa, un Mundial, otra Eurocopa, la Nations League y volvió a conquistar el mundo cuando nadie la señalaba entre las favoritas. Quizá le parezca una exageración, una de esas historias que los mayores adornan con el paso del tiempo, como nos parecían a nosotros las cinco Copas de Europa seguidas del Madrid o el Maracanazo de Uruguay.

Y tal vez, en algún bar de carretera, en una sobremesa cualquiera o en un pueblo perdido donde el tiempo parezca haberse detenido, alguien pregunte con la misma ingenuidad de aquel pastor de Guadalajara:

– ¿Y España qué? ¿Otra vez campeona del mundo?

Y sonreiremos.

Porque entenderemos que la pregunta ya no habla del presente. Habla de la leyenda.

De esa extraña forma que tiene el deporte de convertir lo imposible en costumbre y, con el paso de los años, transformar la costumbre en nostalgia.

Eso es lo que ocurre cuando una generación consigue cambiar la historia: que quienes llegan después dejan de discutir si fue verdad y empiezan a preguntarse si alguna vez volverá a repetirse.

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