El Blog de Sergio Madrigal

Blog personal de Sergio Madrigal donde encontrar textos sobre ciencia y tecnología, psicología, cine y literatura y quizá alguna cosita más.

Cuarenta

Cuarenta sólo es un número, esa es la consigna de hoy.

Cuarenta sólo es una cifra vacía de significado, aunque tras ella se esconda toda una vida.

En este mismo instante, hace justo 5 años, hablaba sobre tomar perspectiva, de hacer análisis del tiempo pasado y de alejarme de encorsetar decisiones en fotografías ajenas.

Lo irónico de la vida, porque la vida es justo eso, pura ironía, es que cinco años después estoy más cerca que nunca de encajar en esa instantánea que me era tan extraña por aquel entonces.

Esos mensajes que enviaba a 1500 km de distancia hoy son conversaciones en la noche, entre susurros, que hablan de ilusión y de futuro, de ganas de lo que está por venir.

Así que esa vida que parece no dejar de girar y dar vueltas, termina ordenándose de un modo u otro.

Quizá esa sea la lección que me ha costado cuarenta años aprender: todo tiene su tiempo y su momento.

El tiempo, ese compañero infatigable de mis reflexiones, no es un contínuo. No traza en línea recta y perfectamente estructurada el devenir de lo que te sucede. Muy al contrario, es absolutamente impredecible.

Esa lucha contra la intertidumbre ha sido, es, y será, mi gran batalla perdida. Mi gran fracaso existencial. Porque aún ahora, con la certeza de que todo es incierto, me sorprendo intentando controlar lo incotrolable.

Hoy, eso sí, acepto mucho mejor que todo sigue una lógica incomprensible. Y siento cómo me alejo cada día un poco más de aquel adolescente con demasiada prisa por vivir.

Cómo me encantaría poder acercarme a él un día como hoy, hace 20 o 25 años y decirle que esté tranquilo, que como dice la que será una de sus poesías favoritas, todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

Calmarle esos miedos asegurándole que llegará el día en el que todo encaje, y las decisiones pasadas, tanto las buenas como las que en su día consideró malas, cobrarán sentido.

Decirle que disfrute de cada historia que viva, porque estas no regresan, y quedan solamente grabadas en la retina por un tiempo hasta que terminan diluyéndose en el injusto territorio del olvido.

Pero no puedo, claro. De eso se trata vivir, de descubrir las respuestas mientras las vives.

Lo que sí que puedo hacer es guardarme todos esos consejos que una vez quise darme, todas esas lecciones que esos tiempos convulsos me regalaron, para entregárselos a quien espera, en esa línea del tiempo imposible de predecir, empezar a escribir su propia historia.

Reseña: El Bosque Oscuro – Cixin Liu

Me he dado cuenta de que no soporto la sobrexplicación dialéctica en narrativa. No sé ni siquiera si existe el concepto como tal, pero vendría a ser esa técnica, totalmente prescindible, mediante la que el autor nos pretende explicar algo relacionado con la trama a través de conversaciones inverosímiles entre personajes.

El Bosque Oscuro, segunda novela de la Trilogía de Los Tres Cuerpos, de Cixin Liu, es uno de sus máximos exponentes. Se trata de más de 600 páginas convertidas en una oda a esa sobrexplicación dialéctica.

Dos terceras partes de la novela son absolutamente irrelevantes, resumibles probablemente a una centésima parte sin perder valor para la historia. Los bandazos argumentativos son enormes, las conversaciones, tediosas hasta el sopor y la evolución de la novela y de los personajes, inexistente.

Con más de la mitad de la novela cumplida sigues sin entender la mayoría de situaciones y anhelas que su desenlace te permita comprenderlo todo. Pero no es así.

A diferencia de los grandes maestros de la Ciencia Ficción, a Cixin Liu se le ven las costuras desde casi el comienzo.

El último tercio consigue alcanzar cierto ritmo y los eventos se precipitan, pero la historia lleva ya páginas herida de muerte y no hay forma posible de revivirla.

Hay tantas situaciones absolutamente inverosímiles, algunas completamente absurdas, que no ha habido una sola vez que no haya sentido como la novela me empujaba fuera de sus páginas.

Donde muchos ven revolución en la ciencia ficción yo solo he podido reconocer un batiburrillo de referencias a otros autores, una mezcla insalubre de conceptos científicos con los que cimentar una historia que se cae a pedazos y unos personajes tan vacíos como el camino que pretenden recorrer.

Una absoluta decepción.

Nota: 3/10

Yo ideal

Envejecer proporciona, entre otras muchas cosas, cierta perspectiva ante el paso del tiempo.

Escuchaba el otro día decir a Claudio Serrano, conocido por doblar a actores del nivel de Christian Bale o Ben Afflect, que hay una edad, a eso de los treinta y tantos, que parece que lo sepamos todo, y no.

De repente te encuentras en lo que se supone el ecuador de una vida y descubres que muchas de las cosas que dabas por sentadas no lo son tanto. Y no es lo mismo notar que el suelo se tambalea con 20 que con 40.

Con 20 aprendes a bailar en medio del terremoto, tienes poco que perder, pero con 40 ya es otra cosa.

El psicólogo Carl Rogers dividió el yo en dos subconjuntos: el yo real y el yo ideal. En la distancia entre ambos residen muchos de esos fantasmas que emergen al llegar a la cuarentena.

El yo ideal, según Rogers, representa tus aspiraciones, tus expectativas, a dónde quieres llegar, quién te gustaría ser. Mientras que el yo real encarna la persona que realmente eres.

Pasamos toda la vida tratando de acortar la distancia entre ambos porque, cuanto más cerca estén el uno del otro, más felices se supone que seremos. Y esa separación se puede reducir fundamentalmente de dos formas: o trabajas tu yo real, o redefines tu yo ideal.

Estas dos maneras tienen su reflejo en las dos grandes corrientes pseudo-psicológicas que azotan nuestra generación: por un lado están los «coaches» que te exigen ser la mejor versión de ti mismo cada minuto de tu vida, obligándote a conformar un yo ideal absurdo y empujándote a aceptar sus dogmas como mecanismo para llegar algún día a lograrlo.

En contraposición, encontramos a los «gurús» de la meditación oriental que abogan por una aceptación absoluta de uno mismo sin cuestionamiento alguno. Todo vale, porque si lo sientes así ya lo validas, lo que en esencia elimina la poca capacidad de desobediencia que nos queda.

Es a eso de los 40 cuando, como dice Claudio Serrano, le das la vuelta a la pata del jamón y surge la necesidad de evaluar dónde estás. Porque la realidad te empuja a cambiar el reloj de modo y empiezas a sentir que los minutos descuentan.

Si la separación entre el yo real y el yo ideal es demasiado grande, aparecen los problemas, las dudas y los miedos.

Ante eso, unos se centran en esforzarse, a veces hasta la extenuación, en acercar su yo real lo máximo a su yo ideal: los vendedores de bicicletas o de material deportivo conocen bien este nicho. Otros asumen su realidad (que no es lo mismo que aceptar, por mucho que se empeñen) dejándose llevar por las falsas promesas de una felicidad espiritual fatua.

Existe una tercera opción en la que puedes, en un ejercicio de salud mental tan costoso como necesario, redibujar ese yo ideal que esbozaste con 20 años adaptándolo a esa nueva realidad con sus nuevos límites, sus nuevos desafíos, pero también con sus nuevas ilusiones. E iniciar el camino de tu yo real en esa dirección, sin prisas, sin exigencias, pero sin dejar de moverte.

No hay ningún secreto en el equilibrio, lo único que necesitas es sentir las olas.

Frank Herbert

Reseña: Friday Night Lights (serie)

Cuando el fenómeno de Sensación de Vivir estalló en España yo todavía era demasiado pequeño para ni siquiera comprender de qué trataba todo el tema.

Sin embargo me subí al tren de las series de instituto poco después y, desde aquel entonces, me convertí en un apasionado fan de las mismas.

Dawson Crece

Unos años después de que las aventuras de Brenda y Brandon hicieran las delicias de los adolescentes españoles, una de sus coetáneas, Dawson Crece, llegaba a la televisión en abierto.

Fue entonces cuando coincidió con mi etapa en el instituto y no tardé en aficionarme a una serie que reunía los ingredientes ideales para un chaval en plena pubertad: estudiantes, triángulos amorosos y problemas juveniles.

One Tree Hill

Más tarde aterrizaría la que considero justa y digna heredera de Dawson Crece, One Tree Hill, que mantenía la esencia de su predecesora, y extendía su capacidad de acción a personajes ya en una adolescencia tardía y principio de juventud.

De nuevo coincidía justo con mi momento vital y no pude evitar caer en sus intensas redes de relaciones, superación personal y desafíos ante las responsabilidades de hacerse mayor.

Si Dawson Crece se centraba en el descubrimiento de las emociones adolescentes, de los primeros amores fugaces y del inicio del camino hacia una versión más adulta de nosotros, One Tree Hill conectaba con una visión más madura de las relaciones. El foco pasaba ahora a temas más complejos y los analizaba desde la mirada de quienes ya habían superado sus amores de verano.

Pese a todo, seguía siendo una perspectiva edulcorada de la realidad, que todavía adolecía de la inocencia de quienes comienzan el viaje con ilusión pero con desconocimiento.

Friday Night Ligths

Y llegamos a la tercera de la triada, la que, para mí, cierra ese ciclo de series adolescentes con las que puedo relatar mi paso por aquella etapa de mi vida.

Lo curioso de esta es que la dejé a medio terminar y no fue hasta hace unos días que no completé la quinta temporada.

Diez años después.

Friday Night Lights es una serie que extiende una película homónima estrenada 2 años antes. Se distingue del resto de series por una narrativa algo más cruda y una forma de realización distinta, con planos movidos y tonos mucho más apagados.

Busca trasladar al espectador una sensación más realista, a veces tratando de imitar una especie de documental, con planos de la ciudad tejana donde se desarrollan los acontecimientos.

Ambientada en un pueblo ficticio de la profunda Texas, la historia se centra en el equipo de futbol americano del Instituto: Los Dillon Panthers. FNL es una serie que desarrolla temas mucho más complejos que Dawson Crece u One Tree Hill. A pesar de que mantiene cierto contacto con los problemas adolescentes, en este caso pone el foco en cuestiones como la presión social, la educación sexual o el desarrollo profesional y personal.

Es cierto que es una serie irregular. Una primera temporada muy buena seguida de unas cuantas que se van desinflando (hecho en parte marcado por la larga huelga de actores y guionista que trastocó el número de episodios y que atropelló el desarrollo de la trama).

Las últimas dos temporadas recuperan algo de ese tono inicial concluyendo con dos capítulos que cierran bastante bien la serie.

A pesar de esta falta de uniformidad en el relato, Friday Night Lights tiene mucho que ofrecer y, a diferencia de las dos anteriores, pulsa mucho mejor las emociones de sus protagonistas.

Si se sostiene a lo largo de sus 5 temporadas es, fundamentalmente gracias a dos personajes con profundidad y complejidad: el entrenador Eric Taylor (Kyle Chandler) y Tim Riggins (Taylor Kitsch).

Dos figuras que participan en las tramas más importantes y en las que percibes una verdadera evolución a lo largo de toda la serie.

El resto de personajes, tanto los que forman parte temporalmente, como los que se mantienen las cinco temporadas, parecen tener menos impacto.

A pesar de ello la serie en su conjunto mantiene una narración creíble y disfrutable y me ha permitido regresar por momentos a aquella ya lejana etapa de mi vida.

Y lo mejor es que, finalmente, habiendo terminado Friday Night Lights, siento que he cerrado ese ciclo de series adolescentes que inicié hace más de 10 años.

Nota: 7/10

Adiós a Akira Toriyama

Las emociones juegan un papel nuclear en nuestra capacidad de recordar.

Esto explica por qué un olor, una canción, o cualquier otro tipo de elemento que nos conecte con una emoción pasada mejora nuestra habilidad para evocar momentos de nuestro pasado.

Los primeros acordes de Cha-la Head Cha-la de Hironobu Kageyama me transportan automáticamente a mis primeros recuerdos. A la felicidad en estado puro al llegar del colegio y dar con el capítulo de Bola de Drac Z sin empezar. Sí, en catalán. Siempre.

Nuestra construcción se cimenta en muchos de esos momentos que, inconscientemente, nos han ido definiendo. No podemos comprender quiénes somos ahora si no hacemos el ejercicio de mirar hacia quienes fuimos por aquel entonces.

Akira Toriyama ha muerto hoy. Y más allá de la tristeza humana por la partida, queda el enorme vacío en su marcha por todo lo que supuso, supone y supondrá su maravillosa obra que hoy queda huérfana. Sus trazos dieron vida a personajes que, además de perdurar en el tiempo, son piezas clave que nos permiten completar y comprender el puzle de nuestra existencia.

Hace unos meses despedíamos al irrepetible Ibáñez, sin cuyas viñetas el olor a periódico las tardes de los domingos no me habría hecho enamorarme de la lectura.

Hoy se ha marchado el culpable de que pasasemos las tardes merendando embobados frente a un barrigudo televisor cuadrado de 14 pulgadas.

Si a Ibáñez le estaré agradecido siempre por haberme dado el placer de amar el mundo del cómic, a Toriyama le debo mi idilio con la animación y la cultura japonesa.

Muchos le debemos, también, nuestro primer contacto con ciertos valores fundamentales de nuestra cultura: la amistad, la familia, el honor o el esfuerzo son temas centrales en todas sus historias. Ideas que sutilmente van dejando el poso de esos puntos comunes entre occidente y oriente. Aquellos lugares donde la humanidad no entiende de fronteras.

Akira Toriyama ha partido hacia ese cielo en el que le espera el Gran Rey Enma. Quien a buen seguro le granjeará el paso hacia el infinito camino de la serpiente.

Estoy convencido de que, desde el minúsculo planeta de Kaíto, observará con orgullo su tremendo legado y sonreirá de agradecimiento al sentir nuestra expresión más sincera de amor por sus irreemplazables historias.

Yasuraka ni nemuru Toriyama-sensei!

Viviendo a través de un cristal

El pasado 2 de Febrero, Apple lanzaba al mercado su nuevo revolucionario invento: las Apple Vision Pro.

Estas gafas de Realidad Aumentada llegaron con la intención de cambiar nuestra forma de interactuar con el mundo. Su capacidad de añadir elementos audiovisuales en un entorno real supone un paso hacia adelante en esa visión de un mundo donde la tecnología y la realidad sean prácticamente indistinguibles.

Una herramienta, una consecuencia de nuestra generación

Sin embargo, desde hace ya tiempo, todas estas supuestas herramientas maravillosas esconden una triste verdad generacional: hoy se vive cada vez menos en la realidad y cada vez más a través de una pantalla.

Lo irónico del asunto es que sonreímos a nuestros carceleros mientras aceptamos y normalizamos vivir encerrados tras unos barrotes de cristal.

Nadie se sorprende de ver cómo en una mesa llena de amigos impera el silencio mientras las cabezas agachadas interactúan frenénticamente un un cristal templado.

Se acepta como normal que en los vagones de un tren los teléfonos hayan sustituido a las conversaciones o a los libros.

Mires donde mires la presencia de las pantallas nos es imperceptible: han pasado a formar parte de nuestra vida.

Educamos, maduramos, sentimos y vivimos en ellas

Esto me hace reflexionar y preguntarme si no estamos ante la droga del siglo XXI.

Una droga mucho más adecuada para los tiempos en los que la química y los trastornos asociados a su abuso nos asustan. Una droga más silenciosa, pero tanto o más tóxica que las que arrasaron a finales del pasado siglo.

Aceptamos que esta nueva clase de droga la consuman niños, que la consuman nuestros amigos o que lo hagamos nosotros mismos.

Con todo y así, todavía hay personas que se niegan a reconocer que la adicción a las redes sociales o a los teléfonos móviles implican los mismos mecanismos de refuerzo y respuesta que cualquier droga química.

Y, como sucede con el alcohol y, en menor medida, el tabaco, su aceptación social la convierte en muchísimo más peligrosa porque el riesgo percibido es muy bajo.

Cada vez más aislados

Olvidémonos por un momento de toda la parafernalia técnica, del análisis psicólogo de la propia adicción y profundicemos más en la raíz social del problema y en una de sus peores consecuencias.

Es el momento en la historia que más aislados estamos. Aceptamos la transición hacia la autoreclusión con la misma alegría con la que muchos abrazaron los psicofármacos y su alienación de la realidad hace 30 o 40 años.

La soledad hoy se percibe como virtud, como objetivo vital. Las interacciones sociales, críticas en la supervivencia de nuestra especie, se producen a través de un sinfín de plataformas que nos deshumanizan.

Recuperarnos es volver al pasado

Por mucho avance tecnológico que nos ofrezca la ciencia, jamás deberíamos renegar de quiénes somos y de los elementos nucleares que nos han traído hasta este mismo momento del tiempo.

El ser humano es, en esencia, su contexto social, su red de relaciones que tejen una intrincada maraña de conexiones que nos permiten llegar más lejos de lo que lo haríamos solos. Que nos protegen, tanto física como mentalmente, de los golpes de la vida.

Renegar de ese espacio de reclusión, alejado de todos, es regresar a nuestra forma humana de comprender la vida como un camino que transitamos de la mano de muchas personas.

En definitiva, todo avance debería pasar por convertirnos en un poco más humanos y un poco menos máquinas.

Rituales

De un tiempo a esta parte he experimentado una fascinación especial por comprender muchos de los procesos asociados con la producción.

Desde el artesano japonés que dedica toda su vida a perfeccionar el arte de crear pinceles caligráficos hasta la gestión de pedidos en un Dunkin Donuts. Todas estas actividades comparten, en esencia, la puesta en valor de las rutinas.

Rutinas vs Rituales

Todo proceso conlleva necesariamente manejar rutinas establecidas.

Leí hace poco una frase que me encantó. Decía algo así como «un ritual es una rutina con significado para ti». Eso me hizo reflexionar sobre cómo los rituales terminan siendo fundamentales para aquellos que convierten una actividad en su pasión.

El ritual es una sucesión de acciones que representan algo. A diferencia de una rutina, un ritual no requiere un fin específico ni tiene por qué ir enfocado a un objetivo determinado, pero sí que exige que el completarlo tenga cierta trascendencia.

El ritual ha sido la forma que hemos tenido toda la vida de transmitir un mensaje. Ya sea a una comunidad, como a nosotros mismos.

Está tanto en la coreográfica ceremonia católica ejecutada al milímetro durante una misa, como en esa copa de vino tinto que se sirve mi padre justo antes de disfrutar de una buena comida.

Rituales que nos dirigen

Que un ritual no tenga un objetivo definido no implica que no podamos utilizarlo como mecanismo para alcanzar nuestras metas.

Si un ritual nos transmite un mensaje, ¿por qué no modular ese mensaje en nuestro beneficio? Podemos emplear el ritual para predisponernos hacia una tarea o, como mínimo, hacia una dirección determinada.

Para lograrlo, podemos convertir muchas de nuestras rutinas en rituales si les otorgamos un verdadero significado. Si vinculamos la acción con la emoción.

Acción y Emoción

Aquí está el elemento fundamental. La acción, entendida como la acción voluntaria, es un proceso que ejercemos de forma consciente y que, generalmente, está dirigido por nuestro lóbulo frontal.

En cambio, las emociones surgen de forma inconsciente desde otra parte completamente distinta de nuestro cerebro: amígdala, hipotálamo, etc.

Son dos circuitos independientes que puede ir de la mano si se aprende a relacionar la accion con la emoción. De esta manera, a través de este vínculo, desencadenar comportamientos, siguiendo un poco la idea de Albert Ellis y su Terapia Racional Emotiva Conductual.

Rituales en la vida real

La conclusión de todo esto es que quiero probar estas ideas en mi día a día.

Por ejemplo, justo antes de irme a dormir, quiero tratar de asociar todas esas pequeñas acciones que realizo casi de forma automática con un sentido real.

Quiero convencerme de que todo ese pequeño proceso desemboca en una sensación de placer cuando, después de un largo día, por fin me permito descansar.

Y ahí agregar aquellos pequeños pasos que quiero que doten de verdadero valor al ritual: diez minutos de lectura, dejar todo listo para el día siguiente… Cualquier cosa que me haga sentir que el proceso tiene sentido.

Igual es la enésima ida de olla que me viene de tanto mezclar filosofía, psicología y productividad barata de mercadillo.

Pero imagínate que funciona.

Crítica: La Sociedad de la Nieve

Hay muchas formas de hacer cine y todas y cada una de ellas tienen de alguna forma cabida en la gran pantalla.

J.A. Bayona es de esos directores que no hacen un tipo de cine, sino que hacen Cine, como concepto: único y sin especificar.

En su nueva producción, La Sociedad de la Nieve, podemos disfrutar de ese Cine. Una película que combina emoción, drama y personajes en una trágica epopeya basada en hechos reales.

Una misma historia, dos formas de contarla

¡Viven! (1993) alcanzó la fama en su momento por contarnos la dramática crónica de aquel accidente aéreo en los Andes, de las dificultades a las que se tuvieron que enfrentar los supervivientes para lograrlo. Es una grandísima película.

¿Qué sentido tiene hacer una nueva versión de la historia?

Pues porque si bien ¡Viven! se centra en el qué y el cómo de lo sucedido: en qué pasó y en cómo sobrevivieron (haciendo especial hincapié, aunque con elegancia, en ciertos elementos clave de su supervivencia), en La Sociedad de la Nieve, Bayona explora el por qué.

Toda la película transita en el bosque de emociones de los supervivientes, a veces en forma de susurros y otras veces convertidas en gritos, pero siempre buscando la humanidad de cada individuo: tanto de aquellos que salieron vivos de aquel trance, como de quienes se quedaron en el camino.

No son números de un desastre, no hay personajes más protagonistas que otros. Hay personas, cada una de ellas individualmente, representando un universo propio.

Una factura al alcance de pocos

Para poder contar en condiciones los hechos y dotar al conjunto de verosimilitud, J.A. Bayona se rodea de todo lo necesario: una fotografía impoluta, unos actores a la altura de las circunstancias, banda sonora, efectos, que hacen del conjunto una pieza para el deleite (y el esperado sufrimiento) del espectador.

Pero, por encima de todo, está la forma de contar. Porque te puedes rodear del mejor equipo y aún así, para que una película trascienda, necesitas saber contar su historia de tal manera que traspase la pantalla.

La Sociedad de la Nieve lo consigue prácticamente desde el primer minuto, absorbiendo la atención del espectador hasta su escena final.

Una oda a la amistad en medio de los límites de la supervivencia. Un cuento acerca de la bondad humana, del vínculo entre personas, de la vida y de la muerte como elementos antagónicos pero inseparables.

Es una maravillosa, tanto en lo trágico como en lo virtuoso, historia.

Nota: 7/10

Propósitos para 2024

Otro año termina.

Así de simple. 365 días después, aquí otra vez, intentando hacer el ejercicio de mirar hacia atrás y ser mínimamente honesto conmigo mismo.

Y, cómo ya dije hace un año: Los propósitos de año nuevo son una quimera y un arma de doble filo que lo mismo que nos divierte se puede convertir en una verdadera frustración vital.

Así que frente al papel en blanco, y con la lista de este 2023 en el cogote, me dispongo a enfrentarme al Sergio de hace un año.

Revisión de 2023

Aunque escribí la lista el 31 de diciembre de 2023, hice una pequeña revisión en Abril. La intención era continuar 3 meses después, pero bueno, ya conocemos las buenas intenciones.

Hoy me centraré en esa lista revisada, porque traté de ser más realista y más conciso y me vino bien para acotar mis expectativas:

Objetivos para 2023

  1. Leer 15 libros (~1/mes) ✅
  2. Publicar 24 posts (2/mes) ❌
  3. Hay 4 series que quiero empezar y terminar
  4. Quiero obtener 3 Certificaciones.
  5. Hacer deporte 2 veces a la semana. / Bajar a 80kg.
  6. Terminar el libro de Latín. 
  7. Completar el Proyecto Legendarium. Poner en marcha el Proyecto Alianza Digital.
  8. Viajar a 3 destinos diferentes a lo largo del año.

Visto así, 5 fracasos frente a 3 logros, uno se queda con la sensación de que no ha ido bien.

Pero es cierto que muchos de esos objetivos fallidos se han conseguido parcialmente.

  • He publicado 14 entradas, duplicando las que escribí en 2022.
  • He mantenido una rutina de hacer deporte que, si bien no me ha alcanzado para llegar al objetivo, me ha demostrado que puedo ser consistente también en ello.
  • He completado proyectos web y applicaciones que me han permitido profundizar en el aprendizaje de tecnologías muy interesantes para este 2024.

Por otro lado, dentro de los objetivos cumplidos, este ha sido un año de mucha más lectura (más de 15 libros), mucho viaje (más de 40.000 km recorridos en 3 meses) y mucho, muchísimo aprendizaje.

Así que, en realidad, este 2023 cierra con un balance muy positivo y con la vista puesta en un 2024 que se aventura tan interesante y apasionante.

Propósitos para 2024

Pero aquí hemos venido a jugar. Está claro que esto es un ejercicio que tiene mucho de ficción y poco de ciencia, pero yo siempre he sido un amante de las dos:

Para este 2024, estos son mis propósitos:

  1. Leer 20 libros: Ahora que le he cogido el gusto, y con una lista de pendientes, tanto en físico como en digital, bastante considerable, ha llegado el momento de dar otro pasito adelante.
  2. Publicar 24 posts: Aquí repito, quizá por cabezonería, pero creo que es posible alcanzar un ritmo de publicación en este espacio que me lleve a escribir dos veces al mes.
  3. Retomar el piano (2 piezas): Hay pocas cosas que me eche más en cara este 2023, como de mi total dejadez para con el piano. En 2024 es una de las cosas que pretendo cambiar sí o sí.
  4. Deporte (2 veces semana/82 kg): El camino ya está iniciado, ahora falta asentarse y complementarlo no sólo con el gimnasio sino con salir a correr de vez en cuando. De nuevo, metas asequibles.
  5. 300 contribuciones en mis repositorios: Esta es nueva, pero este año he pasado de 160 contribuciones a 110 en mis repositorios y este 2024 debe ser el año de desarrollar y desplegar los múltiples proyectos que tengo en mente.
  6. Certificaciones (3): No tiene mucho más. Con el cambio de trabajo y los múltiples frentes que he tenido abiertos, me he ido formando de forma paralela a las certificaciones regladas, en 2024 ha llegado el momento de consolidar ese conocimiento.
  7. Multiplicar mis números en internet. Hoy en día hay cada vez más plataformas, más mecanismos que nos permiten comunicarnos y este 2024 pretendo aprender a usarlos (al menos en aquellos que me siento más cómodo) y que eso conlleve más contenido.
  8. Aprender a estar. Llevo mucho, muchísimo tiempo, machacándome con la idea de que vivo 5 minutos hacia adelante, siempre lejos del presente, tratando de vivir en un futuro que no existe. Es un comportamiento aprendido durante años que me impide, en muchos momentos, disfrutar del presente. Y, como todo comportamiento aprendido, se puede desaprender.

Y ya estaría. Ocho nuevos propósitos para un año cuyas cifras suman 8. Poco más voy a pedir.

Hasta dentro de 365 366 días.

¡Feliz 2024!

La Incertidumbre

Enfilamos el último mes de un 2023 que ha tenido muchas cosas y, para ser honestos, la mayoría buenas.

Acaba, además, obligándome a enfrentarme a una de esas pesadas piedras que siempre he llevado en mi mochila: la intolerancia a la incertidumbre.

Cuando todo es incierto, nada es incierto

Como seres humanos, nuestro neocortex nos proporciona una serie de capacidades avanzadas que nos han convertido en la única especie soberana de la Tierra, o eso se nos supone.

Entre muchas de esas habilidades destaca la de la toma de decisiones. Nuestra capacidad de razonamiento, al igual que la de un ordenador, no es infinita, y esto nos obliga a buscar zonas de seguridad donde la mayoría de nuestro contexto se perciba bajo control.

He escogido con cuidado las palabras en la última expresión porque no existe nada bajo control, sino la percepción de que lo está.

Esto se ha convertido en pieza clave para nuestro desarrollo mental y emocional.

Por eso, cuando nos sobrevienen circunstancias que alteran significativamente nuestro contexto (digamos que lo «descontrolan»), nuestro cuerpo buscará recobrar el equilibrio o homeostasis mediante mecanismos de estrés: liberará aquellas sustancias necesarias para ponernos en alerta y conducirnos a recuperar nuestra tranquilidad.

Cultivando la tolerancia

Albert Ellis sostenía en su teoria que el elemento fundamental que guía nuestro comportamiento y, en definitiva, sus consecuencias, son nuestras creencias.

Y es ese el único elemento que tenemos la capacidad de modificar. Pese a todo el empeño que le pongamos a pretender controlar el contexto, se trata de una batalla perdida de antemano que solo nos puede traer frustración.

Es en la arena de las creencias, donde el combate es mucho más favorable para nosotros.

La incertidumbre, así, deja de ser algo contra lo que luchar para pasar algo que saber gestionar. Cómo afronto aquellas situaciones donde la incertidumbre, la situación con un control limitado, lo desconocido, juegan un papel importante, va a ser la esencia para vivir una vida emocional mucho más saludable.

El método: exposición

Y cómo mejoramos nuestra tolerancia, como modificamos esas creencias que nos llevan a conductas tóxicas: como sucede con muchas de las experiencias negativas limitantes, con exposición.

La exposición en psicología es una terapia que ayuda a las personas a enfrentar y manejar sus miedos o ansiedades, exponiéndolas de manera segura y gradual a las situaciones que los causan. Es un método efectivo para superar fobias u otros comportamientos ansiógenos.

Mucha parte de las técnicas congintivo-conductuales fundamentan gran parte de su eficacia en este concepto y hay mucha literatura y experimentación detrás que sustentan su efectividad.

Mi caso personal

La forma que he tenido durante este mes de lidiar con esa necesidad de controlarlo todo ha sido permitir, de forma relativamente controlada (por irónico que parezca), cierto descontrol.

Eso me ha servido para aprender mediante la experiencia directa a lidiar con lo inesperado, reducir la necesidad de tenerlo todo planeado y aceptar que el contexto es incontrolable.

No siempre ha funcionado y he de reconocer que ha habido momentos en los que la situación ha parecido superarme, pero, como todo en esta vida, el tiempo es la herramienta definitiva para suavizar emociones, tanto las positivas como las negativas. Y el tiempo me ha permitido superar hasta esas situaciones y recoger cierto aprendizaje de ellas.

Creo que es la mejor forma de ir reconfigurando mi cerebro para alejarme de comportamientos controladores y poder flexibilizar mi forma de comprender la vida.

Y tú, ¿cómo lidias con la incertidumbre?